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Voz de los celestes viajeros

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Por Carlos Balaguer |

La voz de Cima Taí y del arquero -celestes viajeros que juntos buscaban cada quien su propio destino- era repetida por los montes. De igual manera, si el equintauro relinchaba, el eco de los desfiladeros repetía también sus relinches. Así la montaña, también fue corcel y libertad. Si Kania, por su parte, gritaba su nombre a la soledad -para no olvidarlo y olvidarse a sí mismo- los desfiladeros lo repetían. Su nombre —Rhuna (“montaña”) en la lengua de un lejano reino— era pronunciado entonces por el viento. “Rhuna” —repetía el eco de los riscos. Acaso similar a la misma voz de los gigantes del desierto de Uma que quedaron borrados en la anchurosa noche estelar. Similar a la voz del infinito Acashia -los cielos- repitiendo el nombre de toda la Creación universal. Fue así como de tanto oír la voz de la montaña, el arquero errante aprendió también el lenguaje de las montañas. Que era el mismo que hablaban los gigantes y que había sido olvidado por los extraviados hombres del páramo. Lengua de los seres sin tiempo. Aquellos que buscaron a lo largo de su vida su cumbre interior. Que volvieron a recordarse a sí mismos, aún siendo sueño, delirio, irrealidad. Peñasco. La inmensa sombra del monte a la luz de la leyenda. (LXV) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>

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