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Honor al Maestro

La sagrada, profesión del maestro, después de la del médico, es el oficio más importante, aquí y en todas partes, porque sin la enseñanza del maestro no existiera ningún profesional; y sin la atención del médico no habría salud, que es el tesoro más valioso del mundo.

Por Carlos Alberto Saz

El pasado 22 de junio celebramos en el país el Día del Maestro,  en honor a ese difusor de la cultura y de la educación en todas  sus dimensiones; a ese adalid de la enseñanza en las aulas, y cuya voz resuena como un rayo  de luz  corruscante en el firmamento del magisterio nacional.

          Sí, queridos maestros, dulces himnos cantemos de gloria,  de contento, de felicidad, porque ustedes elevan con orgullo la bandera azul  y blanco de la didáctica y la pedagogía.

          Sí, cantemos esos himnos, regocijados, en loor, a ustedes abnegados mentores, que entregan toda su vida a enseñar al que no sabe, casi siempre  remunerados con un salario irrisorio.

          Y ensalcemos doquier la memoria de cada uno entre cantos sblimes de amor, de entrega total por la enseñanza, esa enseñanza que llevan  en  el corazón y en el alma , como una medalla de oro que presentan con orgullo después de jubilarse, y la presentan al pueblo salvadoreño diciéndole:  “He aquí mi obra, amado pueblo, una  obra educativa en la que dejé mi vida, con las sienes ya cubiertas con la nieve del tiempo, un tiempo que dediqué con orgullo a mis queridos alumnos, a quien amo tanto”.

          Y  es  que, realmente, la sagrada, profesión del maestro, después de la del médico, es el oficio más importante, aquí y en todas partes, porque sin la enseñanza del maestro no existiera ningún profesional; y sin la atención del médico no habría salud, que es el tesoro más valioso del mundo.

          Oportuno es señalar aquí la heroica tarea del maestro rural, el maestro de la campiña, que tiene muchas veces que caminar hasta seis kilómetros, desde su pueblo, hasta llegar a su escuelita destartalada, con láminas como techo y paredes de adobes ya gastados por el tiempo; y en época de lluvias tiene que atravesarse ríos crecidos. Y este héroe de la enseñanza recibe un  salario irrisorio. Pero él ama su vocación y a sus alumnos y se entrega de lleno a ellos.

          Mil felicidades, pues, al maestro salvadoreño en su día y siempre. Un saludo a mis maestros de las escuelas de Atiquizaya y del Instituto Nacional Cornelio Azenón Sierra, de la ciudad,  que me enseñaron con devoción y esmero. Vaya extensiva mi gratitud a los maestros de las universidades Doctor José Matías Delgado  y Alberto Masferrer, que contribuyen al enriquecimiento de mi cultura en general.

          Que el mejor regalo que este día ofrezca el Gobierno a los maestros sea el otorgarles una pensión digna al jubilarse, tal como ellos lo están solicitando desde hace ratos. ¡Sí, señor!

Maestro, psicólogo, gramático.

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