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Entendiendo la persecución

Los autócratas garantizan la libertad de culto, pero para quienes se encuentran plegados al poder. En cambio, para quienes son fieles a los principios evangélicos de compasión, honestidad, reconciliación y transparencia los hostigan con andanadas de calumnias, desprecio y discriminación. Jesús calificó todo eso como persecución. En el fondo, la persecución es un intento por impedir que las personas crean y piensen de manera independiente, así como impedir la libertad de enseñar conforme a los dictados de la conciencia.

Por Mario Vega

En décadas pasadas la persecución religiosa en nuestro país fue cruel, hasta el extremo de los asesinatos. Esa memoria ha producido en las personas la idea de relacionar la persecución con hechos violentos, de manera que si no hay violencia física o muertes se concluye que no hay persecución. Pero ¿realmente qué debemos entender por persecución religiosa? La respuesta la podemos encontrar en las mismas Escrituras ya que la persecución es un tema constante que aparece en toda la Biblia como expresión de la alienación que sufre el ser humano. El pecado ha enemistado al hombre con Dios, pero también con sus semejantes. El rechazo a la luz y a la verdad deriva en intolerancia contra los cristianos.

Jesús calificó como persecución las calumnias que se levantan en contra de sus seguidores: «Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias» (Mateo 5:11). También se trata de persecución cuando las personas son despreciadas, como le ocurrió a Jesús cuando lo trataron de samaritano y endemoniado (Juan 8:48). También aseveró Jesús que persecución es la que se produce cuando las personas son discriminadas y aisladas: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre» (Lucas 6:22). En sus manifestaciones más severas la persecución también puede incluir la cárcel: «Echarán mano de ustedes y los perseguirán. Los entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y por causa de mi nombre los llevarán ante reyes y gobernadores» (Lucas 21:12). La persecución también puede incluir el despojo de los bienes: «Cuando a ustedes les confiscaron sus bienes, lo aceptaron con alegría, conscientes de que tenían un patrimonio mejor y más permanente» (Hebreos 10:34). La persecución generalmente está motiva por cuestiones políticas y sociales y se enfoca contra aquellos que difieren con el estado de cosas por convicciones de fe y perspectivas sociales. Aunque la persecución puede ser una acción individual, históricamente ha sido dirigida por poderes hostiles organizados, como el Imperio Romano o los Estados totalitarios modernos.

De acuerdo con las enseñanzas del Nuevo Testamento la persecución no se limita a la violencia criminal, sino que puede manifestarse en un amplio espectro de insultos, ofensas y calumnias que pueden ir escalando en agresividad. Los intentos de desprestigiar son agudizados porque los cristianos honestos siempre son minoría. Los prejuicios y la ignorancia de la mayoría son explotados por el poder para fomentar el maltrato a las minorías y convertirlas en chivos expiatorios. La intolerancia de los atacantes puede llevarlos a la convicción de que la violencia que ejercen es un servicio que agrada a Dios. «Viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios» (Juan 16:2).

Un poder totalitario no necesariamente debe prohibir una expresión religiosa para ser catalogado como perseguidor. El autócrata necesita dar la apariencia de respeto a la libertad de culto permitiendo que los religiosos sigan con sus prácticas rituales siempre y cuando no censuren o mencionen sus abusos y pecados. En ese afán, patrocinan y hasta motivan manifestaciones religiosas que les resultan inocuas o que validan ideológicamente sus actuaciones abusivas. La agudización de la persecución en contra de los cristianos es coincidente con la multiplicación de notorias expresiones religiosas de los regímenes que buscan crear la apariencia de respeto a las libertades religiosas.

Los autócratas garantizan la libertad de culto, pero para quienes se encuentran plegados al poder. En cambio, para quienes son fieles a los principios evangélicos de compasión, honestidad, reconciliación y transparencia los hostigan con andanadas de calumnias, desprecio y discriminación. Jesús calificó todo eso como persecución. En el fondo, la persecución es un intento por impedir que las personas crean y piensen de manera independiente, así como impedir la libertad de enseñar conforme a los dictados de la conciencia. Los perseguidores evitan en lo posible el uso de la fuerza homicida o la prohibición tajante de un culto y prefieren seguir la ruta de los ataques sistemáticos de desacreditación. Es en los tiempos de persecución cuando se manifiesta el verdadero temple de los creyentes. ¡Qué Dios nos ayude en este tiempo a ser fieles a sus enseñanzas!

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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Cristianismo Lucha Contra La Corrupción Opinión

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