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“Mi yo migrante”

Era un shock cultural gigantesco, un poco irreal. Una vez el frenesí de turista se me pasó, comencé las clases de la universidad y aterricé en la vida real.

Por Adriana Mojica |

Ser una migrante -aunque seas una “legal”- no es algo fácil de sobrellevar. Llegas a un lugar nuevo donde las palabras que consideras de lo más común, como “chivo” y “bolado”, se reciben con miradas extrañas que te hacen sentir que necesitas dar una explicación, la cual, muchas veces, deriva en comentarios -a veces incómodos- acerca de tu país. Al llegar a España con dieciocho años, sentí como mis preocupaciones pasaron de pedir permisos para fiestas, a aprenderme qué línea del bus debía tomar para llegar a todos lados sin perderme. De un día a otro, el paso grande de saltar el charco hacia una vida más independiente se hizo inevitable. Con mucha suerte, conseguí un chalet en la montaña relativamente lejos de la ciudad que, si bien la distancia al principio parecía una desventaja, terminó siendo una fuente de paz inmensa.


Pasé los primeros días disfrutando de las nuevas vistas, los edificios fastuosos, los museos, la cultura y la comida. Parecía una realidad alterna a todo lo que yo conocía. Al ver a gente de mi edad caminando por la calle me preguntaba ¿Cómo es que pueden andar por ahí, así como si nada? ¿Sus papás los dejan salir solos por la noche sin estarse reportando a cada rato, como lo hacíamos en El Salvador? Era un shock cultural gigantesco, un poco irreal. Una vez el frenesí de turista se me pasó, comencé las clases de la universidad y aterricé en la vida real.


Lo primero fue encontrar una manera de que el dinero del mes alcance para todo (incluyendo los cafés después de clase o los zapatos que vi en descuento por ahí). Siendo honesta, estoy tan agradecida de cuanto esta experiencia me hizo cambiar mi perspectiva sobre el dinero. Mi primer paso: abrir mi cuenta de banco personal. ¡Yo sola en el banco! Imposible de creer. Después, mi primera compra del super (incluyendo vegetales, por cierto). Y, por último, termine intentando tantas recetas y aprendiendo a cocinar tan bien, que me podrían llevar a master chef (declaración aprobada por mi hermana).


Segundo paso, realizar que ahora tengo total responsabilidad de mis espacios. Mi cuarto, un lienzo en blanco para decorar y reordenar. Mi sala, aproximadamente compuesta por una silla y un banquito… y mi cocina: 3 tenedores, 3 cucharas y 3 cuchillos. Esto, obviamente evolucionó con los meses y los hábitos (aunque un poco a la fuerza) se fueron creando. Ahora, hago miles de quehaceres en el apartamento, desde limpiar hasta darles conciertos gratis a los vecinos. Aunque, como cualquier humano, a veces se me olvida la ropa en la lavadora, dejo los platos sucios para mañana, o salgo rápido de mi casa sin hacer la cama (que puedo decir, no soy robot).


Tercer paso, aprender a vivir con la melancolía y la soledad. Sí, estoy en España, ¿quién más suertuda que yo? Bueno, a veces no parece así. Me acuerdo de mis días en la playa, los coctelitos en el estero, mis amigos, mis hobbies que ahora son tan difíciles de realizar, mi perrita, mi familia. Cosas que antes parecían constantes ahora son lo que más pesa en mi corazón. Hay días que pienso ¿Cómo puedo disfrutar esta vista sola? ¿Quién puede disfrutar cualquier cosa estando solo? Pero como dijo el filósofo Heráclito: “Todo fluye y nada permanece”. Intento no mirar atrás, pero hay días que cuestan más que otros… especialmente porque tengo muy buena memoria y mil cosas que contarles.


Al final, una vez dominadas estas cosas (continuando en una lucha constante de aprendizaje), he llegado a vivir una vida muy tranquila y de paz… lo cual es el tesoro más grande que me he regalado a mí misma. Así como todo lo bueno de mi país ahora es mucho más preciado y grande para mí, todo lo malo que deje atrás se hizo mucho más pequeño e insignificante. Si algo me ha enseñado este país de arte y castillos, es que, entre tramite y tramite, la vida vuela. Ahora tengo amigos, pocos y mejor seleccionados. Ahora tengo otros hobbies, saludables y enriquecedores. Ahora leo en parques, lloro en el teatro, salgo a correr, y cuando llega la noche, en la intimidad de mi cuarto quedo sola con un sentimiento que ya me es demasiado familiar: extrañar, extrañar y extrañar… solo para caer luego en la certeza que un futuro se está abriendo para mí.

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