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"Mal paga el diablo, a quien bien le sirve"

Así, la reflexión se torna imperativa: ¿se dan cuenta las figuras de autoridad de que, en el juego efímero y caprichoso del poder, podrían convertirse en víctimas de la misma arbitrariedad y crueldad que ellos presencian en otros? ¿O persisten en la ilusión de una invulnerabilidad que, tarde o temprano, les mostrará el verdadero sentido de la frase "Mal paga el diablo, a quien bien le sirve"?

Por Jonatan Orellana |

En El Salvador, un país rico en dichos y refranes populares, se encuentra una sabiduría ancestral que advierte sobre la paradoja del servicio desinteresado. Entre estos adagios, resuena con particular fuerza el que advierte: "Mal paga el diablo a quien bien le sirve". Este dicho encapsula la triste realidad de quienes, con lealtad y entrega, han ayudado a figuras de poder solo para ser castigados con crueldad cuando su utilidad aparentemente ha llegado a su fin.

Dos historias, emblemas contemporáneos de esta amarga ironía, se tejen en el contexto político actual. Dos individuos que, en su momento, apoyaron al actual presidente, brindándole su confianza, esfuerzo, lealtad y dedicación durante la campaña y su mandato. Sin embargo, el agradecimiento se convirtió en represión y la lealtad en persecución.

Hoy, uno de ellos yace en un hospital psiquiátrico, su mente fracturada por el sufrimiento infligido por aquel a quien consideró líder. El otro, en estado vegetal, fruto de un presunto ataque cerebrovascular que podríamos pensar que es resultado de las torturas, tratos inhumanos y abusos sufridos tras haber caído en desgracia a los ojos del poder.

Ante estas desgarradoras realidades, una pregunta lúgubre se cierne sobre el panorama político de la nación: ¿están conscientes los funcionarios del gobierno, diputados y demás autoridades de que podrían correr el mismo destino una vez hayan agotado su utilidad para el régimen?

La historia nos ofrece reiteradas lecciones sobre el efímero valor de la lealtad en ciertos círculos de poder. Aquellos que hoy ostentan el favor del poder pueden, en un giro inesperado, encontrarse en la periferia de la aceptación oficial, enfrentando la represión que antes ellos mismos ejecutaban.

El refrán popular cobra vida de manera cruel en estos casos, sirviendo como advertencia para aquellos que actualmente rodean el núcleo de poder. ¿Hasta qué punto están dispuestos a ir para mantenerse en el favor del régimen? ¿Y qué ocurrirá cuando, inevitablemente, su valor para los designios del poder se desvanezca?

El refrán advierte sobre la ingratitud que a menudo recompensa el servicio leal. Más allá de un simple dicho, se transforma en una alarma a la conciencia colectiva: la traición a quienes alguna vez fueron fieles no solo se convierte en una pérdida para el individuo, sino en un espejo del futuro incierto que puede aguardar a aquellos que hoy ocupan el círculo interior del poder.

Así, la reflexión se torna imperativa: ¿se dan cuenta las figuras de autoridad de que, en el juego efímero y caprichoso del poder, podrían convertirse en víctimas de la misma arbitrariedad y crueldad que ellos presencian en otros? ¿O persisten en la ilusión de una invulnerabilidad que, tarde o temprano, les mostrará el verdadero sentido de la frase "Mal paga el diablo, a quien bien le sirve"?

Quiero cerrar estas reflexiones con la invitación a la organización social, en este país la historia nos ha demostrado que la única lealtad que sobrevive es a un proyecto donde no hay un líder supremo, los proyectos que tienen como base la dignidad humana, los derechos humanos y la consigna que nadie quede atrás son los proyectos que merecen nuestra lealtad. Este país y su gente merece que le entreguemos nuestro amor convertido en organización dispuesta a vencer el miedo y a defender lo poco que nos queda: la dignidad.

Analista político

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