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Familias viven en la lava endurecida del Chaparrastique

A pesar de estar acostumbrados a los estados de ánimo del volcán Chaparrastique, sienten cierto temor de tener a un vecino tan temperamental.

Por Yessica Hompanera y Mauro Arias | Nov 29, 2022- 22:31

Los niños de la familia Fernández Granados están tan acostumbrados a la roca vidriosa que caminan descalzos sobre ella. Arturo Fernández sale con una barra y una almádana a extraer piedra volcánica para luego venderla. Es el sustento de su familia. La familia Fernández Granados vive cerca tan cerca del volcán que se pueden escuchar los sonidos que produce durante todo el día. Foto EDH Yessica Hompanera

Arturo Fernández y Ana Mercedes Granados, junto con sus cuatro hijos, han tenido que desvelarse por varias noches en la zona conocida como El Borbollón, ubicada al sur del cono del volcán Chaparrastique, en el municipio de El Tránsito, San Miguel. Quienes más miedo tienen son los niños.

Ana Mercedes Granados tiende la ropa de su familia en el playón del volcán Chaparrastique en El Borbollón, municipio de El Tránsito. Foto Yessica Hompanera
Ana Mercedes Granados tiende la ropa de su familia en el playón del volcán Chaparrastique en El Borbollón, municipio de El Tránsito, San Miguel. La piedra volcánica del lugar fue expulsada por el volcán en 1819 y 1855. Foto Yessica Hompanera

A las 2:45 de la tarde del domingo 27 de noviembre, el Ministerio de Medio Ambiente informó que las explosiones del volcán aumentaron de intensidad y de altura, al expulsar rocas calientes y columnas de gases. Eso ocurrió luego que se decretara alerta por actividad eruptiva en su fase uno.

Ayer fue el noveno día en el que la familia tuvo que estar pendiente de cada retumbo que se escucha, y se siente, desde el interior del volcán. Los niños más pequeños salen corriendo a ver qué es lo que está saliendo del cráter. Justo después de 20 minutos que Medio Ambiente publicó en Twitter la noticia, se escuchó un “bum” como si el volcán diera una sentencia y la familia guardó silencio. “¡Oiga!”, exclamó Ana Mercedes después de la pausa.

Arturo Fernández posa con sus hijos frente a su casa que le ha costado mucho esfuerzo físico conseguir. Él, como otros hombres de El Borbollón, se ganan la vida extrayendo piedra volcánica. Foto Yessica Hompanera
Arturo Fernández posa con sus hijos frente a su casa que le ha costado mucho esfuerzo físico conseguir. Él, como otros hombres de El Borbollón, se ganan la vida extrayendo piedra volcánica. Foto Yessica Hompanera

“Aquí se siente en las paredes como tiembla”, aseguró Arturo. “Yo lo que hago es que no dejó que vean (las columnas de gas y ceniza) porque se asustan y dicen que son monstruos que salen del volcán. Cuando tiembla, yo salgo. En la noche no dormimos”, agregó Ana.

La familia tiene siete años de vivir en este árido lugar. De hecho, viven sobre un gran playón de piedra volcánica que mide unos cinco kilómetros de largo por dos kilómetros en su parte más ancha. Esa extensión es muy similar al playón de Quezaltepeque. Esta piedra es resultado de dos coladas de lava que ocurrieron en el siglo 19, precisamente en 1819 y 1855, por lo que no es raro que el volcán expulse lava. El geólogo Miguel Hernández, Coordinador de la nueva carrera de Ingeniería Geológica de la Universidad de El Salvador, explica que como El Chaparrastique es un volcán joven, la expulsión de lava sería algo de lo más normal.

El pasado histórico lo comprueba, como en 1772, cuando una significativa colada de lava que fluía directamente a la ciudad de San Miguel se detuvo, según creencias de la época, gracias a la intervención de la Virgen de La Paz.

Este volcán no expulsa lava desde su cráter, sino de fisuras en sus flancos, como que si el cono estuviera fracturado por sus costados y la presión de la lava buscara las fisuras para salir. Algunas de esos flujos de lava ya no son visibles en el paisaje porque la vegetación crece sobre la roca volcánica. Caso contrario a El Borbollón, donde las coladas fueron tan recientes que la naturaleza no ha tenido tiempo de reforestar.

En este lugar, se ganan la vida precisamente extrayendo piedra volcánica para venderla como material de construcción (Una camionada cuesta 15 dólares). Mucha de la roca ya ha desaparecido por la actividad extractiva de décadas. Cada vez hay que ir más lejos para buscarla.

Arturo Fernández sale con una barra y una almádana a extraer piedra volcánica para luego venderla. Es el sustento de su familia. La familia Fernández Granados vive cerca tan cerca del volcán que se pueden escuchar los sonidos que produce durante todo el día. Foto EDH Yessica Hompanera Chaparrastique El Borbollón
Arturo Fernández sale con una barra y una almádana a extraer piedra volcánica para luego venderla. Es el sustento de su familia. La familia Fernández Granados vive cerca tan cerca del volcán que se pueden escuchar los sonidos que produce durante todo el día. Foto EDH Yessica Hompanera

Esto causa un daño al medio ambiente porque los mantos de roca volcánica son conocidos como uno de los mejores recolectores de agua lluvia que alimentan directamente los mantos acuíferos. Al sur del El Borbollón se encuentra la laguna El Jocotal, donde el agua cristalina y fresca recolectada por el volcán sale de “a borbollones” en la orilla de la laguna, fenómeno que dio el nombre a este cantón.

Desde el Mirador de La Cruz, uno de los puntos más altos de la extensa superficie, la luz del sol luce diferente y el calor es muy intenso porque lo oscuro y denso de la roca absorbe y guarda los rayos solares. La lava contiene hasta 60% de silicio, el material con el que se fabrica el vidrio.

A pesar de todos los sonidos y vibraciones que causa el coloso en estos días, las familias se sienten algo tranquilas y están seguras de que “no pasará a más”.

A unos 20 metros más adelante de la casa de Arturo y Ana Mercedes vive Virginia Mendoza, que desde hace 15 años tienen al volcán Chaparrrastique de vecino. En 2013, el volcán migueleño levantó columnas de ceniza de 9.7 kilómetros sobre el nivel del mar, cosa que asustó mucho a la familia de Virginia que apenas tenía cuatro años de haberse mudado a esta zona desde Usulután.

Georgina Mendoza alimenta a su cabra con vegetación silvestre que crece alrededor de su casa en El Borbollón, San Miguel.
Georgina Mendoza alimenta a su cabra con vegetación silvestre que crece alrededor de su casa en El Borbollón, San Miguel. Ella está contenta de tener un lugar donde vivir a pesar de las duras condiciones climáticas del lugar. Foto Yessica Hompanera

“Nosotros veníamos de una iglesia cuando vimos la gran columna”, recuerda ella lo ocurrido años atrás en el volcán.

El Borbollón es una zona poblada por personas de diferentes zonas del país, sobre todo de Oriente. “Me siento contenta de estar en esta casita, aunque tengamos al volcán que nos da aflicción”, señaló con risas afuera de su vivienda.

Las columnas de ceniza expulsada por el volcán pueden parecer unos monstruos para los niños e intimidantes para los adultos, pero son beneficiosas para la naturaleza. El geólogo Miguel Hernández apunta que los suelos de El Salvador son fértiles porque están abonados con materiales que expulsan los volcanes.

Él explica que los análisis de la ceniza volcánica muestran que contiene con frecuencia altas cantidades de calcio, magnesio, hierro, azufre, silicio, molibdeno, zinc, boro, valiosos para la tierra. “Es como que el volcán echara un potente fertilizante sobre la tierra, un fertilizante que tiene la bondad que, mezclado con el agua de lluvia, puede ser absorbido directamente por las plantas y su efecto en la tierra es de largo plazo”.

El geólogo agrega que las expulsiones de ceniza pueden causar alguna destrucción cuando caen muy cerca del volcán, porque pueden estar calientes y dañar bosques enteros y cultivos. También por su peso pueden crear algún peligro para las plantas y viviendas. Pero la naturaleza es bondadosa y a largo plazo, en donde causaron destrucción, traen beneficios. 

Un camión sale cargado de piedra volcánica de El Borbollón. Es un área de recarga acuífera y por lo tanto debería estar protegida por el Estado aunque sea la fuente de trabajo para muchos. Foto Yessica Hompanera
Un camión sale cargado de piedra volcánica de El Borbollón. Es un área de recarga acuífera y por lo tanto debería estar protegida por el Estado aunque sea la fuente de trabajo para muchos. Foto Yessica Hompanera

Cuando la noche cae en El Borbollón, las nubes se mezclaron con la ceniza y gas que emana del volcán hasta cubrir completamente su cúspide, como un gorro, formando un paisaje pintoresco. La noche del domingo, en la total oscuridad, cuando las personas estaban refugiadas en sus casas, cayó una fuerte lluvia de noviembre y con relámpagos que también hacían temblar el suelo. Ya no se distinguía si eran también explosiones en el cráter.

Las autoridades anunciaron que la lluvia podría formar correntadas peligrosas mezcladas con la ceniza expulsada estos días por el dominante Chaparrastique.

Pero ni la lava, ni ceniza, ni correntadas de ella mezclada con agua son realmente el mayor peligro que representa vivir cerca de un volcán activo. Para Hernández, son los flujos piroclásticos, o nube ardiente, los eventos más peligrosos que puede tener cualquier volcán y El Chaparrastique los ha tenido. Este volcán los ha emanado en el pasado, esto aproximadamente hace unos 1,700 años, según estudios del SNET.

Ese flujo dejo depósitos de 30 cm de espesor en lugares hasta 12 kilómetros alejados del cráter, y estuvo compuesta de nubes de polvo, rocas y gases pudieron alcanzar temperaturas hasta de 2,000 grados y bajar por las laderas hasta a 200 kilómetros por hora. En la finca Alpina, a 3.5 kilómetros del cráter, la capa es de cuatro y medio metros de espesor.  Al final, el área cubierta fue de 170 kilómetros cuadrados.

Pero, de cualquier forma, los volcanes son creadores de vida. De hecho, nuestro territorio, la tierra que forma a El Salvador, ha sido creada por la actividad volcánica, como todo el istmo centroamericano. Así que “la tierra que nos sustenta”, se la debemos a los volcanes.

Vista a la laguna El Jocotal desde el mirador La Cruz, en el playón en El Borbollón. El agua que alimenta la laguna es producto del la lluvia que se infiltra en el volcán. Foto Yessica Hompanera
Vista a la laguna El Jocotal desde el mirador La Cruz, en el playón en El Borbollón. El agua que alimenta la laguna es producto del la lluvia que se infiltra en el volcán. Los volcanes pueden ser fuente de destrucción, pero también de vida. Foto Yessica Hompanera

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