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Los rostros de los “abuelos” que pasan sus días en el dormitorio público

María, Isidro y E.M. son tres de los actuales inquilinos de los dormitorios. Aunque los caminos recorridos en su juventud fueron diferentes, sus pasos los han llevado a convivir en el mismo dormitorio.

Por Lissette Monterrosa | Mar 04, 2023- 23:04

Los llaman “abuelos”, no como resultado de un lazo sanguíneo sino, quizá, para aminorar lo duro que puede ser vivir la vejez en un dormitorio público. Donde las sábanas pueden calentar el cuerpo, pero resultan insuficientes para sustituir el calor de la familia; sin embargo para cientos de ancianos, a lo largo de 29 años, los dormitorios públicos de Fusate se han convertido en el techo que los cobija en esta etapa de su vida, e incluso, para algunos, el lugar donde mueren.

María, Isidro y E.M. son tres de los actuales inquilinos de los dormitorios. Aunque los caminos recorridos en su juventud fueron diferentes, sus pasos los han llevado a convivir en el mismo dormitorio. Ellos acceden a compartir sus historias para dar un consejo no pedido a los jóvenes y porque también quieren ser escuchados.

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“Soy feliz aquí … aunque hay momentos en los que sí me siento sola”

María Sánchez tiene 75 años. Este mes cumple seis años de vivir en el dormitorio público. No tuvo hijos y se dedicó a una familia por décadas.

Ella es originaria de Tonacatepeque y muy joven llegó a San Salvador en busca de trabajo, el cual encontró con una pareja que recién iniciaba su hogar. Ahí se quedó por 40 años, cocinó, limpió y vio crecer a los hijos de la pareja.

A uno de los hijos “yo lo cuidé desde que la mamá salió del hospital con él. Lo quiero como a mi hijo y él como si fuera su mamá”. Estuvo cerca de él hasta que “el joven se casó y se fue a vivir al extranjero”, dice.

“El joven” es así como María lo nombra, sin ocultar que esa palabras van llenas de cariño y recuerdos ; y como para afirmarlo expresa: “Lo bonito de él es que no se ha olvidado de mí, aunque sea un poquito de dinero me manda. Yo sé que les cuesta, pero yo me pongo alegre con lo que me da”.

“Yo soy feliz aquí (dormitorio público) porque nos dan comida, nos cuidan y tengo amistades. Aunque hay momentos en los que sí me siento sola”, confiesa.

Y cuando ese sentimiento de soledad llega, también aparecen los recuerdos de juventud.

“Me salía para casarme, pero era yo la que no quería. No traía para ser casada; además, soy muy delicada de carácter”, expresa a manera de justificar aquella decisión.

María está decidida a quedarse en el dormitorio público hasta su último aliento.

“Pueden quedarse el tiempo que consideren necesario”, dice el doctor Mario Óscar Hernández Castro, administrador del centro de Día Fusate, en Soyapango.

El médico explica que en muchas ocasiones las personas mueren bajo la responsabilidad de los dormitorios.

Hay casos que los parientes llegan por el cuerpo, en otras esa responsabilidad le queda a Fusate.

Como los decesos son una realidad que enfrentan con cierta frecuencia, la fundación tiene una logística definida.

El cadáver es llevado directamente del hospital o del dormitorio público al cementerio municipal, en donde ya existe una coordinación con la alcaldía de San Salvador o Santa Tecla, para usar la fosa común.

Al entierro asisten los más allegados al difunto y empleados del dormitorio.

“No pienso morir en este lugar”

Isidro Torres tiene 73 años. Salió huyendo de su casa por la amenaza de las pandillas; solo se llevó sus recuerdos y el oficio de jardinero, el cuál aún sigue practicando.

Aunque Isidro no formó una familia propia, tiene muy vigentes los sentimientos de ser parte de una y recuerda con cariño a sus parientes en Honduras.

Él es originario de Villa Victoria, departamento de Cabañas. Cuando era un infante, los padres de Isidro decidieron migrar a Honduras, huyendo de la violencia. Tiempo después, los padres se separan; cada uno se hizo cargo de dos de los cuatro hijos que habían procreado.

Isidro, un hermano y su padre regresan a El Salvador. Cuando cumplió los 17 años comenzó a trabajar en la construcción, aprendió a cultivar, pintar casas y jardinería, el oficio del cual percibe ingresos.

“Casi me sirve más de ejercicio, para encontrar nuevos amigos, amigas. Le digo a los encargados de este lugar, que no lo hago por ir a vagar, si no para mantenerme ocupado”, explica Isidro.

Trabajar es algo que él siempre practica; incluso producto de ese esfuerzo le permitió comprar un terreno en el Chaparral 2, en Lourdes, Colón. Ahí con su manos construyó su casa y cultivó árboles frutales, cuya cosecha compartía con los vecinos.

Pero esa dicha terminó abruptamente cuando fue amenazado por las pandillas para que se fuera del lugar. Aunque se rehusaba a hacerlo, un día cuando Isidro estaba en la iglesia, uno de los vecinos llegó apresurado a avisarle que su casa se estaba quemando.

Ese mismo día Isidro fue escoltado por policías para salir de ese lugar en afán de proteger su vida. Atrás quedaron los 20 años de vida en esa comunidad y por el apuro vendió su propiedad en $3,000.

“Vendí barato, el terreno quizá, ni lo de la luz saque”, manifestó. Con su nueva realidad presente, Isidro se fue a alquilar habitaciones, pero esa situación duró poco debido a que ya no pudo pagar.

Tras ello se fue a vivir con un pariente. Luego una de sus amistades le ofreció que construyerá una champa en un terreno, lo cual hizo y vivió ahí algún tiempo hasta que le pidieron desalojar.

Con la edad avanzada, sin ganar mucho dinero con sus oficios, sin parientes cercanos a quién acudir, alguien le comentó sobre los dormitorios públicos de Fusate. De eso ya han pasado 15 años.

Isidro aún trabaja como jardinero y pinta casa; “ya a la edad mía, lo que yo trabajo no alcanza pagar un lugar tan carísimo (casa)”, dice Torres.

Sin embargo Isidro tiene la convicción de volver a ver a su familia en Honduras. “No pienso morir en este lugar, voy a buscar a mi familia cuando ya me sienta algo cansado, enfermo. Mis sobrinos me aprecian mucho”, expresa.

La razón porque Isidro quiere volver con su familia es que en el dormitorio ha visto la diferencia de no tener ningún familiar que acompañe en los últimos días y el destino de la fosa común. “Es terrible. No es igual morir con la familia, por lo menos lo llevan y le dan una cristiana sepultura”, dice.

“Los adultos mayores entran al dormitorio por la razón de que no tienen hogar donde vivir o porque están de acuerdo que un familiar los lleve. La mayoría entra con cierto grado de depresión y ansiedad”,

Doctor Mario Hernández, Fusate, sede Soyapango

Para ser beneficiario de los dormitorios de Fusate se debe:

  • Tener 60 años o más

-Sin problemas psiquiátricos

-Sin padecer de alcoholismo crónico

  • Chequeo de salud y psicológico

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