Lunes 4 de septiembre


Una década por la Libertad

Aquella no era una madrugada normal sobre la ciudad de San Salvador. Hacía pocos momentos, los veladores o serenos habían terminado de cantar las salves a la Virgen María en casi todas las esquinas de aquella localidad colonial, aún envuelta en la niebla y el sueño.

De repente, los badajos de las campanas de la Iglesia de la Merced comenzaron a chocar con estrépito contra el interior metálico. El tañido fue fuerte y rápido, como de alguien desesperado porque se oiga su canto. Era el cinco de noviembre de 1811 y la historia patria romántica, tan dada a crear leyendas y edificar mitos, ha querido ver en aquellas manos anónimas las de presbítero y doctor José Matías Delgado, o bien, las del prócer popular Pedro Pablo Castillo.

Desde esa alborada, el estado político, social, económico y cultural de aquel territorio de la Intendencia de San Salvador y del de toda Centro América jamás volvería a ser el mismo.

PROCESO INDEPENDENTISTA

Aquel acontecimiento sansalvadoreño no era el inicio de la emancipación centroamericana de la corona imperial española, sino tan solo la consecuencia de un proceso de adquisición de conciencia propia por parte de los criollos y de una serie de grandes transformaciones suscitadas tanto en Europa como en América.

ta serie de efemérides y acontecimientos cívicos no fue fácil, aunque muchas personas han querido minimizarla frente a las guerras de emancipación que se dieron en otros puntos del continente americano. La riqueza de esta lucha ístmica no estriba tanto en las escaramuzas y muertos en combate -que, de todas formas, los hubo-, sino que su atractivo está en la rica discusión y debate político suscitado en los círculos de poder.

En ellos ejercieron influencia las revoluciones estadounidense (1776) y francesa (1789), la cual tendría profundo impacto en los independentistas de toda América con su Declaración de los Derechos del Hombre y las contribuciones humanistas de la Ilustración, manifiestas en la "Enciclopedia" de Diderot y en el "Contrato Social" de Jean-Jacques Rousseau.

La Ilustración buscaba superar el oscurantismo, la superstición, la ignorancia y el absolutismo por medio de la revalorización de la razón, el predominio de la ciencia y la promoción de la educación como forma de mejoramiento de la sociedad, principio basado en que el progreso moral y material no tiene límites pues depende de la voluntad y del conocimiento.

Como resultado de ello se esperaba obtener que las personas se volvieran críticas y autónomas de la autoridad institucional y que la Iglesia comenzase a perder terreno como autoridad capaz de dominar la vida privada y pública, pues surgen principios reguladores de la acción humana basados en una racionalidad terrenal.

La persona dejó de ser un elemento más de un universo determinado y condicionado, para ser considerado el eje alrededor del cual deberían girar las instituciones sociales, en un plano de libertad e igualdad natural, lo que implicaba mayor grado de tolerancia y respeto a la libertad de pensamiento y expresión.

Por otro lado, España se vio inmersa en las disputas entre potencias imperiales europeas que la llevaron a costosas guerras que, al dejar exhaustas las arcas reales, obligaron a aumentar las exigencias económicas sobre sus colonias americanas, acrecentando el descontento ya existente entre los criollos que cada vez exigían más autonomía y poder local a la corona imperial.

La aspiración criolla por controlar el poder político resurgió con más fuerza en el marco de la constitución española, promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, jurada en San Salvador el 8 de octubre.

Con el cuestionamiento y las paulatinas caídas de los regímenes absolutistas europeos se inició la elaboración de proyectos políticos constitucionales que propugnaban por sistemas parlamentarios y la división del poder. Sin embargo, también existían intereses contrapuestos entre las elites locales que se disputaban el control provincial, lo cual originó pugnas que al final condujeron a la ruptura de la unidad centroamericana en 1838.

Además, muchas de las preocupaciones de los próceres e intelectuales centroamericanos de la época independentista estuvieron relacionadas con los problemas económicos. España pretendía mantener el monopolio comercial sobre las colonias, en detrimento de las aspiraciones de libre comercio de las elites criollas. Esta contradicción dio lugar a muchos debates y propició el surgimiento de interesantes propuestas para desarrollar y modernizar la economía centroamericana. Entre esas acciones cabe destacarse la derogación de impuestos, el fomento de la agricultura, las artes, la industria y el comercio; así como la supresión de los diezmos, el trabajo forzoso indígena y la esclavitud.

La llegada de las ideas de la Ilustración, de la física newtoniana y otras ciencias experimentales propició una revolución intelectual en el seno de la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala, principal centro de formación superior en la región centroamericana.

Los conocimientos revolucionarios procedentes de Europa brindaron una nueva cosmovisión a los intelectuales locales que allí se educaban, a la vez que les proporcionó herramientas teóricas para abordar de manera más crítica la realidad de las Intendencias que entonces formaban el antiguo Reino de Guatemala. Muchas de esas nuevas opiniones comenzaron a ver la luz en los periódicos guatemaltecos "Gazeta de Guatemala", "El editor constitucional" y "El amigo de la patria", dirigidos respectivamente por Alejandro Ramírez, Justo Villaurrutia y los doctores Pedro Molina y José Cecilio del Valle.

GRITOS LIBERTARIOS

Inicialmente no hubo un consenso para optar por la independencia, sino que más bien se pedía autonomía, hecho que también tendría capital importancia en el segundo intento revolucionario de San Salvador, ocurrido en la noche del 24 de enero de 1814.

Fue solo en la medida en que España se negó a hacer concesiones y que los movimientos independentistas se extendían por América que los grupos menos dispuestos a la secesión política del imperio cambiaron su posición.

De hecho, hay que decir que la emancipación de España no fue la única opción que tenían las elites criollas y los pueblos americanos, ya que existían otras alternativas políticas para cambiar su futuro, entre las que se encontraba continuar siendo parte de la monarquía constitucional española, la institución de la Monarquía Americana -en parte causa de la posterior anexión de algunos puntos de Centro América al Imperio del Septentrión, creado en México por el brigadier Agustín de Iturbide- o la anexión a un potencia creciente, como lo era Estados Unidos de Norte América, la cual se buscó en 1822.

Con la convicción criolla de la independencia, muchos hombres ilustrados, al igual que muchos varones y féminas de la clase popular, se lanzaron a la lucha activa por lograr la libertad de las antiguas intendencias centroamericanas.

Así, la historia patria, en lo que respecta a la Intendencia de San Salvador, hoy recuerda a personajes de la talla de los próceres civiles Manuel José Arce, Santiago José Celis, Juan Manuel Rodríguez, Domingo Antonio de Lara, Pedro Pablo Castillo y los eclesiásticos José Matías Delgado, José Simeón Cañas, Nicolás, Vicente y Manuel Aguilar. Pero ella misma ha condenado al olvido a otros patriotas que ofrecieron sus bienes y sus afanes por la causa emancipadora, en localidades como Santa Ana, Metapán, Sensuntepeque y Usulután.

Entre esos primeros patriotas o protoindependientes -como los llamara Francisco Gavidia- se encuentran Leandro Fagoaga, Juan Miguel y Francisco Delgado, Juan y Pedro Aranzamendi, Fulgencio Morales, Antonio Campos, Juan de Dios Jacobo Trigueros y su compañera Juana de Dios Arriaga, Lucas Monzón y su compañera Inés Anselma Ascencio, Juan de Dios Mayorga, Juan José Escobar, Francisco Román Reina, el negro José Agustín Alvarado, las hermanas María Feliciana de los Angeles y Manuela Miranda, Gregorio Melara, Juan José Mariona


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