Una década
por la Libertad
Aquella no era una madrugada normal sobre
la ciudad de San Salvador. Hacía pocos
momentos, los veladores o serenos habían
terminado de cantar las salves a la Virgen
María en casi todas las esquinas de
aquella localidad colonial, aún envuelta
en la niebla y el sueño.
De
repente, los badajos de las campanas de la
Iglesia de la Merced comenzaron a chocar con
estrépito contra el interior
metálico. El tañido fue fuerte y
rápido, como de alguien desesperado
porque se oiga su canto. Era el cinco de
noviembre de 1811 y la historia patria
romántica, tan dada a crear leyendas y
edificar mitos, ha querido ver en aquellas manos
anónimas las de presbítero y
doctor José Matías Delgado, o
bien, las del prócer popular Pedro Pablo
Castillo.
Desde esa alborada, el estado
político, social, económico y
cultural de aquel territorio de la Intendencia
de San Salvador y del de toda Centro
América jamás volvería a
ser el mismo.
PROCESO
INDEPENDENTISTA
Aquel acontecimiento sansalvadoreño no
era el inicio de la emancipación
centroamericana de la corona imperial
española, sino tan solo la consecuencia
de un proceso de adquisición de
conciencia propia por parte de los criollos y de
una serie de grandes transformaciones suscitadas
tanto en Europa como en América.
ta serie de efemérides y
acontecimientos cívicos no fue
fácil, aunque muchas personas han querido
minimizarla frente a las guerras de
emancipación que se dieron en otros
puntos del continente americano. La riqueza de
esta lucha ístmica no estriba tanto en
las escaramuzas y muertos en combate -que, de
todas formas, los hubo-, sino que su atractivo
está en la rica discusión y debate
político suscitado en los círculos
de poder.
En ellos ejercieron influencia las
revoluciones estadounidense (1776) y francesa
(1789), la cual tendría profundo impacto
en los independentistas de toda América
con su Declaración de los Derechos del
Hombre y las contribuciones humanistas de la
Ilustración, manifiestas en la
"Enciclopedia" de Diderot y en el "Contrato
Social" de Jean-Jacques Rousseau.
La Ilustración buscaba superar el
oscurantismo, la superstición, la
ignorancia y el absolutismo por medio de la
revalorización de la razón, el
predominio de la ciencia y la promoción
de la educación como forma de
mejoramiento de la sociedad, principio basado en
que el progreso moral y material no tiene
límites pues depende de la voluntad y del
conocimiento.
Como resultado de ello se esperaba obtener
que las personas se volvieran críticas y
autónomas de la autoridad institucional y
que la Iglesia comenzase a perder terreno como
autoridad capaz de dominar la vida privada y
pública, pues surgen principios
reguladores de la acción humana basados
en una racionalidad terrenal.
La persona dejó de ser un elemento
más de un universo determinado y
condicionado, para ser considerado el eje
alrededor del cual deberían girar las
instituciones sociales, en un plano de libertad
e igualdad natural, lo que implicaba mayor grado
de tolerancia y respeto a la libertad de
pensamiento y expresión.
Por otro lado, España se vio inmersa
en las disputas entre potencias imperiales
europeas que la llevaron a costosas guerras que,
al dejar exhaustas las arcas reales, obligaron a
aumentar las exigencias económicas sobre
sus colonias americanas, acrecentando el
descontento ya existente entre los criollos que
cada vez exigían más
autonomía y poder local a la corona
imperial.
La aspiración criolla por controlar el
poder político resurgió con
más fuerza en el marco de la
constitución española, promulgada
en Cádiz el 19 de marzo de 1812, jurada
en San Salvador el 8 de octubre.
Con el cuestionamiento y las paulatinas
caídas de los regímenes
absolutistas europeos se inició la
elaboración de proyectos políticos
constitucionales que propugnaban por sistemas
parlamentarios y la división del poder.
Sin embargo, también existían
intereses contrapuestos entre las elites locales
que se disputaban el control provincial, lo cual
originó pugnas que al final condujeron a
la ruptura de la unidad centroamericana en
1838.
Además, muchas de las preocupaciones
de los próceres e intelectuales
centroamericanos de la época
independentista estuvieron relacionadas con los
problemas económicos. España
pretendía mantener el monopolio comercial
sobre las colonias, en detrimento de las
aspiraciones de libre comercio de las elites
criollas. Esta contradicción dio lugar a
muchos debates y propició el surgimiento
de interesantes propuestas para desarrollar y
modernizar la economía centroamericana.
Entre esas acciones cabe destacarse la
derogación de impuestos, el fomento de la
agricultura, las artes, la industria y el
comercio; así como la supresión de
los diezmos, el trabajo forzoso indígena
y la esclavitud.
La llegada de las ideas de la
Ilustración, de la física
newtoniana y otras ciencias experimentales
propició una revolución
intelectual en el seno de la Real y Pontificia
Universidad de San Carlos de Guatemala,
principal centro de formación superior en
la región centroamericana.
Los conocimientos revolucionarios procedentes
de Europa brindaron una nueva cosmovisión
a los intelectuales locales que allí se
educaban, a la vez que les proporcionó
herramientas teóricas para abordar de
manera más crítica la realidad de
las Intendencias que entonces formaban el
antiguo Reino de Guatemala. Muchas de esas
nuevas opiniones comenzaron a ver la luz en los
periódicos guatemaltecos "Gazeta de
Guatemala", "El editor constitucional" y "El
amigo de la patria", dirigidos respectivamente
por Alejandro Ramírez, Justo Villaurrutia
y los doctores Pedro Molina y José
Cecilio del Valle.
GRITOS
LIBERTARIOS
Inicialmente no hubo un consenso para optar
por la independencia, sino que más bien
se pedía autonomía, hecho que
también tendría capital
importancia en el segundo intento revolucionario
de San Salvador, ocurrido en la noche del 24 de
enero de 1814.
Fue solo en la medida en que España se
negó a hacer concesiones y que los
movimientos independentistas se extendían
por América que los grupos menos
dispuestos a la secesión política
del imperio cambiaron su posición.
De hecho, hay que decir que la
emancipación de España no fue la
única opción que tenían las
elites criollas y los pueblos americanos, ya que
existían otras alternativas
políticas para cambiar su futuro, entre
las que se encontraba continuar siendo parte de
la monarquía constitucional
española, la institución de la
Monarquía Americana -en parte causa de la
posterior anexión de algunos puntos de
Centro América al Imperio del
Septentrión, creado en México por
el brigadier Agustín de Iturbide- o la
anexión a un potencia creciente, como lo
era Estados Unidos de Norte América, la
cual se buscó en 1822.
Con la convicción criolla de la
independencia, muchos hombres ilustrados, al
igual que muchos varones y féminas de la
clase popular, se lanzaron a la lucha activa por
lograr la libertad de las antiguas intendencias
centroamericanas.
Así, la historia patria, en lo que
respecta a la Intendencia de San Salvador, hoy
recuerda a personajes de la talla de los
próceres civiles Manuel José Arce,
Santiago José Celis, Juan Manuel
Rodríguez, Domingo Antonio de Lara, Pedro
Pablo Castillo y los eclesiásticos
José Matías Delgado, José
Simeón Cañas, Nicolás,
Vicente y Manuel Aguilar. Pero ella misma ha
condenado al olvido a otros patriotas que
ofrecieron sus bienes y sus afanes por la causa
emancipadora, en localidades como Santa Ana,
Metapán, Sensuntepeque y
Usulután.
Entre esos primeros patriotas o
protoindependientes -como los llamara Francisco
Gavidia- se encuentran Leandro Fagoaga, Juan
Miguel y Francisco Delgado, Juan y Pedro
Aranzamendi, Fulgencio Morales, Antonio Campos,
Juan de Dios Jacobo Trigueros y su
compañera Juana de Dios Arriaga, Lucas
Monzón y su compañera Inés
Anselma Ascencio, Juan de Dios Mayorga, Juan
José Escobar, Francisco Román
Reina, el negro José Agustín
Alvarado, las hermanas María Feliciana de
los Angeles y Manuela Miranda, Gregorio Melara,
Juan José Mariona