Un kínder
ejemplar en el centro
Una casa cuna del centro
de San Salvador es un oasis en el desierto de la
educación. La mayoría de los
niños pertenece a familias de escasos
recursos
Dena
Torres
El Diario de
Hoy
Sor
Reina Magdalena, una mujer de mediana estatura y
mirada dulce, es la subdirectora del Centro de
Desarrollo Integral, conocido como Sala Cuna.
Esta institución es una de los 16 que
existen en el país, y depende del
Instituto Salvadoreño de
Protección al Menor (ISPM).
La religiosa se podría
definir como una mujer polifacética,
capaz de analizar los problemas de los
niños, como de sentarse en el suelo a
jugar con ellos.
Nunca camina sola por el
kinder. Cada uno de sus pasos está
acompañado por un grupo de seis o siete
niños, a los que responde siempre con una
palabra o una caricia.
El Centro alberga a 250
infantes, desde los seis meses hasta los seis
años. Está ubicado en el centro de
San Salvador, en la 9a. Calle Oriente y Av.
Cuscatancingo.
Cuando la puerta de metal se
abre, unos sesenta niños giran la cabeza
para ver al intruso. Sin dejar de jugar,
guían sus grandes ojos hacia el
visitante. Algunos se acercan a preguntar el
nombre, otros para darle un beso y, los menos,
para curiosear.
Todo es alegre y
atrayente
El kinder está
dividido en tres áreas: la zona de los
lactantes, desde los seis meses hasta los dos
años; la maternal o medianitos, desde los
dos años hasta los cuatro, y el
kínder propiamente, desde los cuatro a
los seis años.
Los dos patios de la casa
están franqueados por aulas, en las que
hay un constante devenir de niños. Desde
cualquier lugar del Centro se oye el ruido, que
causa tanta alegría. Las educadoras no
les quitan el ojo de encima y procuran de que
haya orden y disciplina.
Las aulas están
pintadas con tonos claros y atrayentes. Esto
favorece el clima de alegría que reina en
la institución.
Beatriz Huezo, coordinadora
del Centro, aclara: "El concepto por el que se
ha creado así es porque los niños
pasan aquí mucho tiempo, y tiene que ser
un lugar agradable". Cualquiera puede ver a
Heidi, el Pato Donald o Mickey Mouse sonriendo a
los niños que juegan en el jardín.
Dos canastas de baloncesto,
amarillas y pequeñas, sirven de excusa a
dos niños para lanzar, en una de las dos,
una pelota de reducidas dimensiones.
Entre juego y juego, una
educadora explica a un grupo de niñas
cómo deben pasarse un balón.
Todas llevan pantalón
rojo y camisa blanca. Como explica Sor Reina
Magdalena, en la costurería se les
confecciona a los niños la ropa que
necesitan: "Cuando llegan por la mañana
les cambiamos de ropa y cuando se van les
volvemos a poner la que traían,
así no estropean tanto la suya".
Los lactantes
La separación entre
los patios es una cuestión de edad. En el
segundo se encuentran los lactantes. En vez de
una cancha de baloncesto, hay un castillo de
plástico con todo tipo de artilugios para
distracción de los niños.
La
galería que rodea al patio está
llena de corralitos. Dentro de ellos, los
más pequeños hacen un esfuerzo
constante por ponerse de pie. El que lo
consigue, esboza una sonrisa, y el que no, el
susto de la caída provoca su
llanto.
Esta zona de la Casa Cuna
dispone de una cocina aparte. En ella, una mujer
va preparando los biberones y papillas de los
más pequeños.
El edificio que cobija a este
Centro de Desarrollo es viejo. Llama la
atención que las hermanas Hijas de la
Caridad que lo administran saben ocultar muy
bien la pobreza del inmueble, con
pequeños detalles.
Son mujeres valiosas que,
además de cuidar a los niños, se
hacen cargo de un edifico de casi 100
años.
La suciedad brilla por su
ausencia, y en casi todos los rincones hay
muchas señoras que con trapeador en mano
se encargan de eliminar cualquier vestigio
posible.
Es un ambiente agradable del
que cuesta irse. La gran mayoría de los
niños sigue con su cuestionario personal
de preguntas.
Además, todos quieren
despedirse del visitante con un beso. Y ya se
sabe que un niño no acepta un "no" por
respuesta.