Martes 2 de enero 2001


Santa Ana ardió

La pesadilla comenzó cuando el año estaba por terminar. De repente, las llamas desvanecieron la celebración y los buenos augurios. Con el sacrificio y valentía de muchos, el fuego fue extinguido rápido

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

A la 1:30 de la noche del recién iniciado año nuevo, el quisquilloso sonido de los motores de dos cisternas era lo único que perturbaba el extraño silencio, que regresó al Hospital Nacional de Santa Ana luego del incendio que destruyó uno de los viejos pabellones. En el fondo, una columna de humo recordaba el lugar donde un día padeció una legión de desahuciados. Entre tanto alboroto de fin de año, el gigantesco estruendo y las nubes de humo de pólvora que se sueltan indetenibles por las calles, la juerga era ciega y sorda. Faltaban 10 minutos para la medianoche. De un lado para otro, todos corrían a abrazarse y desearse "un feliz 2001". Otros lloraban a los ausentes, a aquellos seres queridos que aunque cerca, estaban muy lejos. Una oración, un pensamiento en un sitio lejano.

Fue el vapor, como salido de una gigantesca caldera que se había descompuesto, lo que inquieto a los primeros. En medio de la celebración, algunos empleados del hospital se alejaron un poco del barullo y el nuevo año los aterrorizó: llamas de hasta 15 metros de altura se levantaban a sus espaldas, sobre un pabellón, situado en los últimos rincones del recinto hospitalario. Allí padecían sus últimos días los tuberculosos. Le llamaban el "salón Zaldívar", instalado en el abandono de los cautelas.

Desde hace mucho, dejó de albergar tuberculosos. Las autoridades sellaron las puertas y convirtieron el lugar en una bodega, una especie de cementerio hospitalario. Unas encima de otras estaban tiradas las sillas de rueda viejas, camillas destartaladas y otros objetos.

Pero hoy, lo que un día estaba tan lejano, comparte el mismo espacio con la nueva sala de emergencias del hospital. A ambos espacios sólo los divide una pared.

El auxilio

Luego de la sorpresa vino el pánico, la angustia por los enfermos que reposaban a pocos metros del lugar del incendio, que se sospecha fue provocado por un "silbador".

En un santiamén, todos dejaron de abrazarse y corrieron a socorrer a los desválidos. Con la ayuda de policías, soldados, socorristas y empleados del lugar, evacuaron a unas doscientas personas que estaban internadas en la zona del incendio.

En un furtivo exilio, como que si con el fin del año comenzará el fin del mundo, mujeres, niños, ancianos, hombres; recién operados y convalecientes, ciegos y minusválidos, fueron llevados a un lugar menos tormentoso, al aire libre.

Otros sacaron lo que pudieron de la gran sala de emergencias, cuando el fuego ya se sentía cerca.

En tanto los bomberos, rodearon el viejo salón y dejaron caer la tormenta sobre las llamas que retorcían los oxidados hierros. El techo, de tejas, voló en mil pedazos, al igual que los cristales de las amplias ventanas. Así se incineró el último aliento que un día dejaron los tuberculosos.

A la una de la madrugada, todo estaba controlado. Nadie salió lesionado ni quemado. Sólo les quedó el desaliento y la incertidumbre de un año que comenzaba mal.

La vocación

En el recinto estaba un ejército de valientes y sacrificados salvadoreños, quienes desde hace mucho tiempo viven las fiestas de otra manera.

Los bomberos y los socorristas. Sudados y mugrientos de tanto enfrentar las llamas, llegaron justo cuando los necesitaban. "A nosotros nos avisaron como 10 para las doce. Inmediatamente, nos movimos y comenzamos a trabajar. Como no había agua aquí, tuvimos que ocupar agua de una cisterna de nosotros y otra de ANDA". A las 2:30 de la madrugada, cerraron el grifo y salieron del pequeño infierno, a respirar aire fresco.

Los soldados y los policías. Unos 65 militares de la Segunda Brigada de Infantería, que poco saben de fiestas y parrandas, abandonaron el garitón. "Si de nosotros sólo un grupo está para este tipo de emergencia. Los demás estábamos descansando o teníamos turno. Yo, por ejemplo, iba a agarrar el puesto a las tres de la madrugada y mire aquí andamos. Ni modo, así es esto... ¡Feliz año!".

Los empleados del hospital. Fueron los primeros en correr, para poner a salvo a sus protegidos y enseres. De repente, nadie tuvo tiempo para festejar. El director del hospital, Jaime Arturo Salmán, se olvidó de todo: "Yo en mi casa estaba, en Ciudad Merliot, cuando a las 12 en punto, me avisaron de que se estaba quemando el hospital. Y me vine. Por suerte sólo chatarra se quemó. El susto ha sido grande...".

Los periodistas. De a poco, un grupo de conocidos se junto en la oscuridad, entre los escombros. Son los mismos que siempre se encuentran en los mismos lugares, para atestiguar la desgracia y la felicidad ajena. Tan sólo la voz fue suficiente para reconocerse, abrazarse y desearse un "feliz 2001" y un "ojalá que este año sea mejor...".

Entre los hierros retorcidos, los buenos augurios también extinguían cualquier sacrificio, desvelo o pena. Milagro Vallecillos, la amable reportera de Canal 12 de televisión, dejó lo que mas quería: "Yo cenando en mi casa estaba, porque mi mamá había hecho una comida riquísima, cuando me avisaron y nos venimos volando desde San Salvador". "Creo que no es la primera ni la última vez que nos vamos a encontrar así...".

La tranquilidad

Cuando muchos ya se habían retirado, a las 3:00 de la madrugada, todo volvió a la normalidad, al llanto de siempre, al canto del grillo que acompaña soledades. En la improvisada sala de emergencias, instalada en la zona de consultas externas, comenzaron a llegar las primeras víctimas de la tragedia de siempre, la de la imprudencia y la violencia.

Así llegó Natividad Escobar, un menudo jovencito de 15 años, con su mano izquierda semidestrozada. Vestía su ropa de todos los días, un pantalón ajado y unos zapatos deportivos para jugar fútbol. La hemorragia en su mano no se detenía. Y, asombrosamente, ni lloraba ni se lamentaba, a pesar de haber perdido tres dedos, al explotarle un cohete.

Entre angustias y esperanzas, el hospital volvía a ser el mismo, aunque el humo aún salía de entre los escombros del desdichado salón "Zaldívar".


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