Santa Ana
ardió
La pesadilla comenzó cuando el
año estaba por terminar. De repente, las
llamas desvanecieron la celebración y los
buenos augurios. Con el sacrificio y
valentía de muchos, el fuego fue
extinguido rápido
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
A
la 1:30 de la noche del recién iniciado
año nuevo, el quisquilloso sonido de los
motores de dos cisternas era lo único que
perturbaba el extraño silencio, que
regresó al Hospital Nacional de Santa Ana
luego del incendio que destruyó uno de
los viejos pabellones. En el fondo, una columna
de humo recordaba el lugar donde un día
padeció una legión de
desahuciados. Entre tanto alboroto de fin de
año, el gigantesco estruendo y las nubes
de humo de pólvora que se sueltan
indetenibles por las calles, la juerga era ciega
y sorda. Faltaban 10 minutos para la medianoche.
De un lado para otro, todos corrían a
abrazarse y desearse "un feliz 2001". Otros
lloraban a los ausentes, a aquellos seres
queridos que aunque cerca, estaban muy lejos.
Una oración, un pensamiento en un sitio
lejano.
Fue el vapor, como salido de una gigantesca
caldera que se había descompuesto, lo que
inquieto a los primeros. En medio de la
celebración, algunos empleados del
hospital se alejaron un poco del barullo y el
nuevo año los aterrorizó: llamas
de hasta 15 metros de altura se levantaban a sus
espaldas, sobre un pabellón, situado en
los últimos rincones del recinto
hospitalario. Allí padecían sus
últimos días los tuberculosos. Le
llamaban el "salón Zaldívar",
instalado en el abandono de los cautelas.
Desde hace mucho, dejó de albergar
tuberculosos. Las autoridades sellaron las
puertas y convirtieron el lugar en una bodega,
una especie de cementerio hospitalario. Unas
encima de otras estaban tiradas las sillas de
rueda viejas, camillas destartaladas y otros
objetos.
Pero hoy, lo que un día estaba tan
lejano, comparte el mismo espacio con la nueva
sala de emergencias del hospital. A ambos
espacios sólo los divide una pared.
El auxilio
Luego de la sorpresa vino el pánico,
la angustia por los enfermos que reposaban a
pocos metros del lugar del incendio, que se
sospecha fue provocado por un "silbador".
En un santiamén, todos dejaron de
abrazarse y corrieron a socorrer a los
desválidos. Con la ayuda de
policías, soldados, socorristas y
empleados del lugar, evacuaron a unas doscientas
personas que estaban internadas en la zona del
incendio.
En un furtivo exilio, como que si con el fin
del año comenzará el fin del
mundo, mujeres, niños, ancianos, hombres;
recién operados y convalecientes, ciegos
y minusválidos, fueron llevados a un
lugar menos tormentoso, al aire libre.
Otros sacaron lo que pudieron de la gran sala
de emergencias, cuando el fuego ya se
sentía cerca.
En tanto los bomberos, rodearon el viejo
salón y dejaron caer la tormenta sobre
las llamas que retorcían los oxidados
hierros. El techo, de tejas, voló en mil
pedazos, al igual que los cristales de las
amplias ventanas. Así se incineró
el último aliento que un día
dejaron los tuberculosos.
A la una de la madrugada, todo estaba
controlado. Nadie salió lesionado ni
quemado. Sólo les quedó el
desaliento y la incertidumbre de un año
que comenzaba mal.
La vocación
En
el recinto estaba un ejército de
valientes y sacrificados salvadoreños,
quienes desde hace mucho tiempo viven las
fiestas de otra manera.
Los bomberos y los socorristas. Sudados y
mugrientos de tanto enfrentar las llamas,
llegaron justo cuando los necesitaban. "A
nosotros nos avisaron como 10 para las doce.
Inmediatamente, nos movimos y comenzamos a
trabajar. Como no había agua aquí,
tuvimos que ocupar agua de una cisterna de
nosotros y otra de ANDA". A las 2:30 de la
madrugada, cerraron el grifo y salieron del
pequeño infierno, a respirar aire
fresco.
Los soldados y los policías. Unos 65
militares de la Segunda Brigada de
Infantería, que poco saben de fiestas y
parrandas, abandonaron el garitón. "Si de
nosotros sólo un grupo está para
este tipo de emergencia. Los demás
estábamos descansando o teníamos
turno. Yo, por ejemplo, iba a agarrar el puesto
a las tres de la madrugada y mire aquí
andamos. Ni modo, así es esto...
¡Feliz año!".
Los empleados del hospital. Fueron los
primeros en correr, para poner a salvo a sus
protegidos y enseres. De repente, nadie tuvo
tiempo para festejar. El director del hospital,
Jaime Arturo Salmán, se olvidó de
todo: "Yo en mi casa estaba, en Ciudad Merliot,
cuando a las 12 en punto, me avisaron de que se
estaba quemando el hospital. Y me vine. Por
suerte sólo chatarra se quemó. El
susto ha sido grande...".
Los periodistas. De a poco, un grupo de
conocidos se junto en la oscuridad, entre los
escombros. Son los mismos que siempre se
encuentran en los mismos lugares, para
atestiguar la desgracia y la felicidad ajena.
Tan sólo la voz fue suficiente para
reconocerse, abrazarse y desearse un "feliz
2001" y un "ojalá que este año sea
mejor...".
Entre los hierros retorcidos, los buenos
augurios también extinguían
cualquier sacrificio, desvelo o pena. Milagro
Vallecillos, la amable reportera de Canal 12 de
televisión, dejó lo que mas
quería: "Yo cenando en mi casa estaba,
porque mi mamá había hecho una
comida riquísima, cuando me avisaron y
nos venimos volando desde San Salvador". "Creo
que no es la primera ni la última vez que
nos vamos a encontrar así...".
La tranquilidad
Cuando muchos ya se habían retirado, a
las 3:00 de la madrugada, todo volvió a
la normalidad, al llanto de siempre, al canto
del grillo que acompaña soledades. En la
improvisada sala de emergencias, instalada en la
zona de consultas externas, comenzaron a llegar
las primeras víctimas de la tragedia de
siempre, la de la imprudencia y la
violencia.
Así llegó Natividad Escobar, un
menudo jovencito de 15 años, con su mano
izquierda semidestrozada. Vestía su ropa
de todos los días, un pantalón
ajado y unos zapatos deportivos para jugar
fútbol. La hemorragia en su mano no se
detenía. Y, asombrosamente, ni lloraba ni
se lamentaba, a pesar de haber perdido tres
dedos, al explotarle un cohete.
Entre angustias y esperanzas, el hospital
volvía a ser el mismo, aunque el humo
aún salía de entre los escombros
del desdichado salón
"Zaldívar".