Lunes 6 de noviembre 2000


Vida entre penumbras
Las sombras del alcohol metílico

Las manos que por mucho tiempo sostuvieron una cuma, ahora cuidan un bastón: el único instrumento que permite movilizarse a Antonio y José entre las sombras de la ceguera de un alcohol metílico que un día cambió sus vidas.

Margarita Sánchez
El Diario de Hoy

La tristeza de vivir entre las sombras se refleja en los rostros de Antonio López Maldonado y José Roberto Ruiz. No se conocen, pero ahora tienen muchas cosas en común: la ceguera, la pobreza, un bastón en sus manos y a Dios en su corazón.

Imposibilitados de ver la luz, se refugian en el apoyo espiritual, esa fuerza invisible para aceptar su nueva realidad y acostumbrarse a una nueva vida. Sin embargo, un tenue rayo de luz en el alma les hace esperar un milagro que les permita volver siquiera apreciar los rostros más cercanos.

La oscuridad que nubla su vida tiene nombre y apellido, además de un apodo explosivo: la ingestión de alcohol metílico destruyó la retina de sus ojos y la posibilidad de volver a ver con normalidad.

Nunca imaginaron que unos pocos tragos de ocasión acabarían por darle un vuelco su vida.

Hace un mes, ambos se dedicaban a la agricultura y eran el pilar económico que sostenía a su circulo familiar. Ahora, esa estructura se desquebraja: ya no son el sostén...por el contrario, necesitan el apoyo de sus familiares, hasta para movilizarse.

Por si fuera poco, otro agravante de su situación es la pobreza en la que ellos y su familia viven. Sus esposas e hijas han tenido que salir a trabajar para poder llevar dinero y alimentar, al menos, a los más pequeños de casa.

Pero, como popularmente se dice, "la fe mueve montañas" y a eso se aferra don Antonio, convencido que algún día recuperará su vista.

La espera

"Don Toño" tiene 51 años y es el mayor de cinco hermanos. La muerte de su papá cuando tenía 20 años le sumió en continuas depresiones que, terminaron implacablemente, en el refugio del alcohol.

Hoy, don Antonio, esposo de Josefina Rivas, es padre de cinco hijos y tiene tres nietos. Ocho niños y un adulto que dependían de su trabajo y que, hoy, deben pedir comida y trabajo (lavando y planchando) para sobrevivir en la humilde vivienda del cantón Chamoco, San Vicente.

-Se come cuando se tiene-, afirma Candelaria López, la hija mayor de don Antonio.

-¿Y si no se tiene?, pregunté.

-Salimos a pedir... aunque sea para los pequeños, responde Candelaria, mientras Rony, el más hijo, llora por la picazón de una alergia que recorre todo su cuerpo.

El bahareque y el barro del humilde hogar encierra los sonidos de una narración que se felicita por la compra de medicinas para su padre, gracias a los donativos de la comunidad Cristiana de Valle Nuevo, en ese cantón.

Lavar ropa, recoger leña en las cercanías del río Acapahuapa hacen el pequeño milagro para sobrevivir: un menú de frijoles, arroz o maíz.

Antonio sembró milpa en un terreno cerca de su casa, pero no puede ver la cosecha. El tiempo de arrancar la "mazorca" entró en su casa gracias a su hijo que le ha llevado los primeros elotes. Antonio levanta la cabeza, las agarra con una mano y las muestra con orgullo.

-Esto (el elote) es mi trabajo, dijo orgulloso. Luego le pidió a Ana María, otra de sus hijas, que asara algunos y los repartiera entre quienes visitábamos su casa.

En curioso, pero -casi siempre- los que tienen menos son los que dan más, porque dan lo único que tienen y no lo que les sobra.

Mientras saborea el elote, don Toño comenta que de las cosas que más extraña está contemplar el rostro de su familia, ver los atardeceres -mientras se sentaba en una piedra a tomar café o atol y pensar en el mañana-. Un futuro que jamás vislumbró tan negro. Ahora, la única referencia del día y la noche es el canto de un gallo, que le indica que son las cuatro de la mañana y que tiene que levantarse. Esta vez no va a trabajar, sino a seguir esperando contemplar alguna luz.

Don Toño tiene una esperanza de volver a ver. Es capaz de distinguir algunas formas, siluetas e, incluso, colores.

-¡Ese cancel es amarillo!, exclama emocionado mientras señalaba un enorme cartón que divide la única habitación del resto del ranchito.

Sus ojos buscaban con ansia un color o una forma que le demuestre que puede mejorar. Pero es en vano, no podía ver nada.

Mi incredulidad me hizo pensar que, tal vez, el ansia de volver a ver le juega una mala pasada, porque podría ser que recordara el color del cartón.

En su intento por reconocer alguna forma levanta los lentes oscuros de una sola pata. En la otra, un trozo de hule improvisado la sostiene en su oreja.

¿Pero para que usar lentes oscuros si no ve? -pregunté en silencio&endash;. Antes que terminara de pensarlo "Don Toño", parecía adivinar mi duda.

-Los lentes oscuros me evitan el "resplandor", me "refrescan" la vista y si evito el calor, puedo mejorar.

Su razonamiento no escapa a la lógica. El metanol dentro del organismo se convierte en ácido que -literalmente- quema el interior del cuerpo y, por tanto, el nervio óptico y causa su ceguera.

Ese ácido acabó con la vida de 35 personas, de las 62 atendidas en el Hospital Santa Gertrudis de San Vicente. Otras 27 sobrevivieron a la tragedia, pero dos de ellos quedaron ciegos.

"Mejor me muero y no pido"

José Roberto Ruiz fue otra de las víctimas del metanol. Para acabar con su vista solo bastaron tres tragos de alcohol metílico, que compró con cuatro colones que le prestó un amigo. Vive mejor, pero no porque tenga más dinero, sino porque cuida la casa de una amiga de la esposa, que es un techo más firme que el ranchito de bahareque donde vivían en el cantón los Arcos (Tecoluca).

José es más joven que don Antonio, tiene 35 años. En estas condiciones, su edad es arma de doble filo. Esa juventud y la fuerza que le permite seguir adelante desfallece con los recuerdos de unos días que mantenía a su familia con el sudor de su trabajo y, ahora, sólo llega el fruto de las labores de su esposa.

Cuando llegamos a su casa, José intentaba vender una pequeña cerdita que le asegurara unos platos de comida alimentación de su familia. El intento falló por la tierna edad del animal, ya que se necesitaba para destazarla y vender su carne.

Decepcionado, triste y cansado volvió la mirada hacia los crudos días de hospital.

Sólo recuerda las palabras de un médico: "Vos quedaste ciego". Una respuesta que tuvo la crueldad de comprobar momentos antes.

-...mejor me hubiera muerto, pensó José, al abrir los ojos.

- Enciendan la luz, insistió, negando la nueva y terrible realidad.

Han pasado tres semanas desde la salida del hospital. José y don Antonio aprecian con dificultad las primeras formas.

Con el sentido del oido un poco más desarrollado y un poco de atrevimiento, se atreve a salir solo a las calles, a pesar de los accidentes que ha tenido.

El sustento diario con el que limitadamente puede comer su familia.

Atrás quedaron los 339 colones que ganaba como jornalero y que unían con el dinero que recogía su esposa de los trabajos domésticos.

-De lo que ganaba, le daba 300 colones a mi esposa y me quedaba con el resto, dijo José.

A pesar de la desgracia de José, su compañera, Felipa Argelia Aguilar, asegura que estará siempre a su lado.

-Hoy es cuando más me necesita, afirmó Felipa, mientras un gallo cantaba en el patio de la casa.

-Los animalitos también pasan hambre-, recordó José... porque si no tenemos para nosotros, como les vamos a dar a ellos.

Como único consuelo, a don José le queda refugiarse en la esperanza divina que le puede dar una iglesia cristiana.

-Voy a aceptar a Cristo como mi salvador, confesó.

José y don Antonio juraron no volver a tomar. Ahora, sólo les queda la fe. La fe en un rayo de luz que les permita ver, por un instante, las personas que más desea.


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