Vida
entre penumbras
Las sombras del alcohol
metílico
Las manos que por mucho tiempo sostuvieron
una cuma, ahora cuidan un bastón: el
único instrumento que permite movilizarse
a Antonio y José entre las sombras de la
ceguera de un alcohol metílico que un
día cambió sus vidas.
- Margarita
Sánchez
- El Diario
de Hoy
La
tristeza de vivir entre las sombras se refleja
en los rostros de Antonio López Maldonado
y José Roberto Ruiz. No se conocen, pero
ahora tienen muchas cosas en común: la
ceguera, la pobreza, un bastón en sus
manos y a Dios en su corazón.
Imposibilitados de ver la luz, se refugian en
el apoyo espiritual, esa fuerza invisible para
aceptar su nueva realidad y acostumbrarse a una
nueva vida. Sin embargo, un tenue rayo de luz en
el alma les hace esperar un milagro que les
permita volver siquiera apreciar los rostros
más cercanos.
La oscuridad que nubla su vida tiene nombre y
apellido, además de un apodo explosivo:
la ingestión de alcohol metílico
destruyó la retina de sus ojos y la
posibilidad de volver a ver con normalidad.
Nunca imaginaron que unos pocos tragos de
ocasión acabarían por darle un
vuelco su vida.
Hace un mes, ambos se dedicaban a la
agricultura y eran el pilar económico que
sostenía a su circulo familiar. Ahora,
esa estructura se desquebraja: ya no son el
sostén...por el contrario, necesitan el
apoyo de sus familiares, hasta para
movilizarse.
Por si fuera poco, otro agravante de su
situación es la pobreza en la que ellos y
su familia viven. Sus esposas e hijas han tenido
que salir a trabajar para poder llevar dinero y
alimentar, al menos, a los más
pequeños de casa.
Pero, como popularmente se dice, "la fe mueve
montañas" y a eso se aferra don Antonio,
convencido que algún día
recuperará su vista.
La espera
"Don Toño" tiene 51 años y es
el mayor de cinco hermanos. La muerte de su
papá cuando tenía 20 años
le sumió en continuas depresiones que,
terminaron implacablemente, en el refugio del
alcohol.
Hoy, don Antonio, esposo de Josefina Rivas,
es padre de cinco hijos y tiene tres nietos.
Ocho niños y un adulto que
dependían de su trabajo y que, hoy, deben
pedir comida y trabajo (lavando y planchando)
para sobrevivir en la humilde vivienda del
cantón Chamoco, San Vicente.
-Se come cuando se tiene-, afirma Candelaria
López, la hija mayor de don Antonio.
-¿Y si no se tiene?,
pregunté.
-Salimos a pedir... aunque sea para los
pequeños, responde Candelaria, mientras
Rony, el más hijo, llora por la
picazón de una alergia que recorre todo
su cuerpo.
El bahareque y el barro del humilde hogar
encierra los sonidos de una narración que
se felicita por la compra de medicinas para su
padre, gracias a los donativos de la comunidad
Cristiana de Valle Nuevo, en ese
cantón.
Lavar
ropa, recoger leña en las
cercanías del río Acapahuapa hacen
el pequeño milagro para sobrevivir: un
menú de frijoles, arroz o
maíz.
Antonio sembró milpa en un terreno
cerca de su casa, pero no puede ver la cosecha.
El tiempo de arrancar la "mazorca" entró
en su casa gracias a su hijo que le ha llevado
los primeros elotes. Antonio levanta la cabeza,
las agarra con una mano y las muestra con
orgullo.
-Esto (el elote) es mi trabajo, dijo
orgulloso. Luego le pidió a Ana
María, otra de sus hijas, que asara
algunos y los repartiera entre quienes
visitábamos su casa.
En curioso, pero -casi siempre- los que
tienen menos son los que dan más, porque
dan lo único que tienen y no lo que les
sobra.
Mientras saborea el elote, don Toño
comenta que de las cosas que más
extraña está contemplar el rostro
de su familia, ver los atardeceres -mientras se
sentaba en una piedra a tomar café o atol
y pensar en el mañana-. Un futuro que
jamás vislumbró tan negro. Ahora,
la única referencia del día y la
noche es el canto de un gallo, que le indica que
son las cuatro de la mañana y que tiene
que levantarse. Esta vez no va a trabajar, sino
a seguir esperando contemplar alguna luz.
Don Toño tiene una esperanza de volver
a ver. Es capaz de distinguir algunas formas,
siluetas e, incluso, colores.
-¡Ese cancel es amarillo!, exclama
emocionado mientras señalaba un enorme
cartón que divide la única
habitación del resto del ranchito.
Sus ojos buscaban con ansia un color o una
forma que le demuestre que puede mejorar. Pero
es en vano, no podía ver nada.
Mi incredulidad me hizo pensar que, tal vez,
el ansia de volver a ver le juega una mala
pasada, porque podría ser que recordara
el color del cartón.
En su intento por reconocer alguna forma
levanta los lentes oscuros de una sola pata. En
la otra, un trozo de hule improvisado la
sostiene en su oreja.
¿Pero para que usar lentes oscuros si no
ve? -pregunté en silencio&endash;. Antes
que terminara de pensarlo "Don Toño",
parecía adivinar mi duda.
-Los lentes oscuros me evitan el
"resplandor", me "refrescan" la vista y si evito
el calor, puedo mejorar.
Su razonamiento no escapa a la lógica.
El metanol dentro del organismo se convierte en
ácido que -literalmente- quema el
interior del cuerpo y, por tanto, el nervio
óptico y causa su ceguera.
Ese ácido acabó con la vida de
35 personas, de las 62 atendidas en el Hospital
Santa Gertrudis de San Vicente. Otras 27
sobrevivieron a la tragedia, pero dos de ellos
quedaron ciegos.
"Mejor me muero y no pido"
José Roberto Ruiz fue otra de las
víctimas del metanol. Para acabar con su
vista solo bastaron tres tragos de alcohol
metílico, que compró con cuatro
colones que le prestó un amigo. Vive
mejor, pero no porque tenga más dinero,
sino porque cuida la casa de una amiga de la
esposa, que es un techo más firme que el
ranchito de bahareque donde vivían en el
cantón los Arcos (Tecoluca).
José
es más joven que don Antonio, tiene 35
años. En estas condiciones, su edad es
arma de doble filo. Esa juventud y la fuerza que
le permite seguir adelante desfallece con los
recuerdos de unos días que
mantenía a su familia con el sudor de su
trabajo y, ahora, sólo llega el fruto de
las labores de su esposa.
Cuando llegamos a su casa, José
intentaba vender una pequeña cerdita que
le asegurara unos platos de comida
alimentación de su familia. El intento
falló por la tierna edad del animal, ya
que se necesitaba para destazarla y vender su
carne.
Decepcionado, triste y cansado volvió
la mirada hacia los crudos días de
hospital.
Sólo recuerda las palabras de un
médico: "Vos quedaste ciego". Una
respuesta que tuvo la crueldad de comprobar
momentos antes.
-...mejor me hubiera muerto, pensó
José, al abrir los ojos.
- Enciendan la luz, insistió, negando
la nueva y terrible realidad.
Han pasado tres semanas desde la salida del
hospital. José y don Antonio aprecian con
dificultad las primeras formas.
Con el sentido del oido un poco más
desarrollado y un poco de atrevimiento, se
atreve a salir solo a las calles, a pesar de los
accidentes que ha tenido.
El sustento diario con el que limitadamente
puede comer su familia.
Atrás quedaron los 339 colones que
ganaba como jornalero y que unían con el
dinero que recogía su esposa de los
trabajos domésticos.
-De lo que ganaba, le daba 300 colones a mi
esposa y me quedaba con el resto, dijo
José.
A pesar de la desgracia de José, su
compañera, Felipa Argelia Aguilar,
asegura que estará siempre a su lado.
-Hoy
es cuando más me necesita, afirmó
Felipa, mientras un gallo cantaba en el patio de
la casa.
-Los animalitos también pasan hambre-,
recordó José... porque si no
tenemos para nosotros, como les vamos a dar a
ellos.
Como único consuelo, a don José
le queda refugiarse en la esperanza divina que
le puede dar una iglesia cristiana.
-Voy a aceptar a Cristo como mi salvador,
confesó.
José y don Antonio juraron no volver a
tomar. Ahora, sólo les queda la fe. La fe
en un rayo de luz que les permita ver, por un
instante, las personas que más desea.