Recuerdos de un
ángel valiente
A propósito del día de los
muertos, volvieron los recuerdos, la borrosa
estampa del que se fue hace tanto tiempo.
También regresó la sombra de una
pequeña que acaba de partir,
víctima de una desoladora peste
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
Jeimi
ha sido recordada con sonrisas y
agradecimientos. No hubo lágrimas ni
lamentos por la ausencia de esa pequeña,
que batalló 38 días contra el
dengue hemorrágico, hasta rendirse con el
corazón destrozado. Dejo una familia
humilde, pero decidida, que la ha honrado con
flores de papel y confeti de colores.
Su recuerdo reapareció con tal fuerza
que sus padres vieron su sombra pasar junto a
ellos, mientras la nombraban con la
devoción de la nostalgias. El silencio la
trajo de nuevo.
Ella nació un 19 de agosto de 1996 en
la penumbra de una pequeña casa levantada
en las orillas de la playa La Zunganera, en La
Paz, cerca del eterno murmullo del mar. Eran las
nueve de la noche cuando su llanto
silenció a los acongojados grillos.
Teresa del Carmen Iraheta recuerda con
claridad el momento en el que parió a su
hija. "Para ese entonces estaba de moda una
novela protagonizada por Laura León, que
se llamaba Dos mujeres y un camino...".
Iluminada por esos agitados destellos,
llegó la criatura. Durante el embarazo,
Teresa no había visitado hospital alguno.
Aunque menuda como una adolescente, tenía
el vigor de sus 28 años y los auspicios
de una luna nueva, para dar a luz a su
vástago en los rincones de su
fortaleza.
La recién nacida era la cuarta de una
tanda de mujercitas. Todas sus hermanas la
saludaron con sus nombres agradables y copados
de íes: Eldin Yamileth, Meibel Carolina y
Joselin Damaris.
Así no fue difícil encontrarle
nombre a la nueva inquilina. Revisaron los
viejos periódicos que guardaban en las
alacenas y luego de varias páginas de
modas y alcurnia, hallaron lo que buscaban.
Decidieron llamarla Jeimi Zelmira Pérez
Iraheta. Con el paso de los días,
simplemente la llamaron "Yemita".
Su nombre era tan dulce como su delicada
figura. Aunque tenía unos ojos grandes,
eran tímidos; su nariz era tan achatada
que parecía un pequeño
botón pegado en una blanca lana. Y su
boca, delicada, grabada por el mejor de los
ebanistas de esa acalorada comarca.
Pronto vino el quinto hijo. Esta vez fue
varón, por lo que no se rebuscaron con el
nombre. Lo llamaron igual que el papá:
José Atilio.
El pequeño fue la última
creación. Teresa se esterilizó y
se dedicó a criar a los hijos, mientras
su compañero siguió en la afanosa
tarea de pescador y de obrero, para mantener la
numerosa familia.
La agonía
Jeimi creció sana y fuerte, como las
olas que todos los días golpean por
última vez el final del solar que cuidan.
Se crió entre escurridizos conejos,
cerdos holgazanes y una fina arena en la que
nacieron cocoteros y árboles de
marañón. Un lugar tan apacible que
las horas se iban entre vapores y
correrías.
Su gran compañero y aliado era su
hermano Atilio. Además de sus rostros
parecidos, compartían la afición
por la Coca Cola y un modo tan tranquilo, que
parecían habitantes de un monasterio
medieval.
El 29 de junio, la niña perdió
el sosiego y la sonrisa. La sacudían los
calores de una repentina fiebre y los punzantes
dolores de cabeza y huesos. Su hermana mayor,
Eldin Yamileth, también estaba igual.
Teresa les dio unas pastillas de
acetaminofén y confió en la buena
de Dios.
Al día siguiente, Jeimi tenía
las manos moradas. Aterrorizada, Teresa la
llevó de inmediato hacia el hospital de
Zacatecoluca. Sin saberlo aún, la
pequeña era una víctima más
del dengue hemorrágico.
Debido a su estado delicado, fue trasladada
hacia el Hospital Bloom, el 30 de junio, en
horas de la mañana. Su cuadro era
patético: sangraba por todos lados (por
la nariz, el tubo digestivo, los pulmones...).
Estaba en estado de shock, a un paso de la misma
oscuridad que la había traído.
Desahuciada, pasó a la sala de
máxima urgencia y luego a la Unidad de
Ciudados Intensivos (UCI). Ninguno de los
doctores que la atendieron quería hablar
de mañana.
Víctor Velis, el médico
intensivista que la recibió en la UCI
&emdash;y que la cuidaría durante
semanas&emdash;, era uno de los
escépticos: "Honestamente,
creíamos que no iba a pasar de una hora.
Venía agonizando".
Entre convulsiones y despedidas,
ocurrió el primer milagro. Se detuvo el
sangramiento y los niveles de las presiones se
estabilizaron. Aunque el estado de shock
había desaparecido, no volvería a
levantarse de la cuna número 14 de la
UCI. Varias sondas la mantenían con
vida.
Su coraje la llevaba a los límites de
la histeria. A gritos le pedía a su
papá que le diera "gasiosa". Si no se la
podía dar en la boca, al menos que se la
mezclara con el suero. Eso era todo lo que
deseaba en sus ansias por vivir.
Cuando la fiebre regresaba, se mordía
con una gran fuerza sus brazos, en un
inútil esfuerzo por sacar el mal que
carcomía sus entrañas.
La esperanza
Desde entonces, los padres de Jeimi iniciaron
un diario peregrinaje tan escabroso, como la
polvorienta y pedregosa calle que une el
cantón en donde viven con el pueblo
más cercano, San Luis Talpa.
Todos los días que estuvo internada la
niña, Teresa la visitó.
Salía a las diez de la mañana de
su casa y llegaba al hospital al
mediodía. Se regresaba a las dos de la
tarde.
Por suerte, Eldin Yamileth sólo
padeció de dengue clásico, por lo
que se recuperó pronto. Ella, junto a sus
otros tres hermanos, quedaban bajo el cuidado de
la abuela; siempre recordaban a la "Yemita"
cuando comían carne, ya que a ella no le
gustaba. Sus pasos y sus gustos se habían
convertido en una absurda ausencia.
José Atilio, tan moreno y vigoroso
como su mujer, también visitaba todos los
días a su hija. Aunque más cerca
de ella, ya que trabajaba de obrero en unas
construcciones en San Salvador, hacia mil
esfuerzos para llegar al hospital. Para consuelo
de él, contaba con el apoyo de sus
jefes.
La última batalla
El estado de la niña era tan variable
que un día amanecía tranquila y al
otro convulsionando con el cuerpo hinchado,
irreconocible. Aunque el dengue había
sido controlado en los primeros 15 días,
la afectaban otras complicaciones. La sangre no
fluía como debía por las
coagulaciones provocadas para detener los
sangramientos. Además, uno de sus
pulmones se había roto. En fin, un
calvario que ella seguía enfrentando con
la mayor de las valentías.
Cada complicación requería otro
tratamiento y nuevas medicinas. Algunas las
proporcionaba el hospital, pero otras
había que comprarlas. Desde sus pobrezas,
José Atilio también libraba una de
sus luchas finales: "Una vez el doctor
(Víctor) Velis me consiguió unas
medicinas que costaba como cinco mil colones
cada frasquito. Yo le dije que se las iba a
pagar en unos dos meses y el me
respondió: no te preocupes que para
salvar a la niña, aunque sea de la tierra
vamos a sacar el dinero. A mí ya se me
estaban acabando el pisto, pero estaba decidido
a ir a pedir a los buses. Por un hijo, se da la
vida...".
En el hospital, todos los médicos
hacían todo lo posible por que Jeimi se
salvará. Más que un punto de
honor, el drama los había sacudido hasta
la compasión. Cada vez que podían,
daban esperanzas a Teresa y a José
Atilio, aunque ellos ya sentían -aunque
no quisieran- que la "Yemita" los comenzaban a
dejar.
A finales de julio, la pequeña
volvió a recaer, a tal punto que ya no
reconocía a nadie. Apenas movía
sus frágiles y salpicados dedos en un
noble gesto por responder a las caricias de sus
padres.
Esas eran las últimas agonías y
batallas que enfrentaría. Cansada y
desgastada, falleció el domingo 6 de
agosto, debido a una complicación en el
corazón. Partió 13 días
antes de que cumpliera su cuarta vuelta por ese
camino de mares y cocoteros.
Su lucha ha sido uno de los mejores ejemplos
de coraje y valentía para quienes
estuvieron cerca de ellos en el Hospital Bloom.
"Mi Jeimi me enseñó lo que pueden
llegar a hacer los espíritus valientes",
reflexiona su padre. Esta vez no hay
lágrima derramadas ni contenidas,
sólo un profundo agradecimiento, flores
de colores intensos y recuerdos de una peste que
se llevó tanta inocencia.