Viernes 3 de noviembre 2000


Recuerdos de un ángel valiente

A propósito del día de los muertos, volvieron los recuerdos, la borrosa estampa del que se fue hace tanto tiempo. También regresó la sombra de una pequeña que acaba de partir, víctima de una desoladora peste

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

Jeimi ha sido recordada con sonrisas y agradecimientos. No hubo lágrimas ni lamentos por la ausencia de esa pequeña, que batalló 38 días contra el dengue hemorrágico, hasta rendirse con el corazón destrozado. Dejo una familia humilde, pero decidida, que la ha honrado con flores de papel y confeti de colores.

Su recuerdo reapareció con tal fuerza que sus padres vieron su sombra pasar junto a ellos, mientras la nombraban con la devoción de la nostalgias. El silencio la trajo de nuevo.

Ella nació un 19 de agosto de 1996 en la penumbra de una pequeña casa levantada en las orillas de la playa La Zunganera, en La Paz, cerca del eterno murmullo del mar. Eran las nueve de la noche cuando su llanto silenció a los acongojados grillos.

Teresa del Carmen Iraheta recuerda con claridad el momento en el que parió a su hija. "Para ese entonces estaba de moda una novela protagonizada por Laura León, que se llamaba Dos mujeres y un camino...".

Iluminada por esos agitados destellos, llegó la criatura. Durante el embarazo, Teresa no había visitado hospital alguno. Aunque menuda como una adolescente, tenía el vigor de sus 28 años y los auspicios de una luna nueva, para dar a luz a su vástago en los rincones de su fortaleza.

La recién nacida era la cuarta de una tanda de mujercitas. Todas sus hermanas la saludaron con sus nombres agradables y copados de íes: Eldin Yamileth, Meibel Carolina y Joselin Damaris.

Así no fue difícil encontrarle nombre a la nueva inquilina. Revisaron los viejos periódicos que guardaban en las alacenas y luego de varias páginas de modas y alcurnia, hallaron lo que buscaban. Decidieron llamarla Jeimi Zelmira Pérez Iraheta. Con el paso de los días, simplemente la llamaron "Yemita".

Su nombre era tan dulce como su delicada figura. Aunque tenía unos ojos grandes, eran tímidos; su nariz era tan achatada que parecía un pequeño botón pegado en una blanca lana. Y su boca, delicada, grabada por el mejor de los ebanistas de esa acalorada comarca.

Pronto vino el quinto hijo. Esta vez fue varón, por lo que no se rebuscaron con el nombre. Lo llamaron igual que el papá: José Atilio.

El pequeño fue la última creación. Teresa se esterilizó y se dedicó a criar a los hijos, mientras su compañero siguió en la afanosa tarea de pescador y de obrero, para mantener la numerosa familia.

La agonía

Jeimi creció sana y fuerte, como las olas que todos los días golpean por última vez el final del solar que cuidan. Se crió entre escurridizos conejos, cerdos holgazanes y una fina arena en la que nacieron cocoteros y árboles de marañón. Un lugar tan apacible que las horas se iban entre vapores y correrías.

Su gran compañero y aliado era su hermano Atilio. Además de sus rostros parecidos, compartían la afición por la Coca Cola y un modo tan tranquilo, que parecían habitantes de un monasterio medieval.

El 29 de junio, la niña perdió el sosiego y la sonrisa. La sacudían los calores de una repentina fiebre y los punzantes dolores de cabeza y huesos. Su hermana mayor, Eldin Yamileth, también estaba igual. Teresa les dio unas pastillas de acetaminofén y confió en la buena de Dios.

Al día siguiente, Jeimi tenía las manos moradas. Aterrorizada, Teresa la llevó de inmediato hacia el hospital de Zacatecoluca. Sin saberlo aún, la pequeña era una víctima más del dengue hemorrágico.

Debido a su estado delicado, fue trasladada hacia el Hospital Bloom, el 30 de junio, en horas de la mañana. Su cuadro era patético: sangraba por todos lados (por la nariz, el tubo digestivo, los pulmones...). Estaba en estado de shock, a un paso de la misma oscuridad que la había traído.

Desahuciada, pasó a la sala de máxima urgencia y luego a la Unidad de Ciudados Intensivos (UCI). Ninguno de los doctores que la atendieron quería hablar de mañana.

Víctor Velis, el médico intensivista que la recibió en la UCI &emdash;y que la cuidaría durante semanas&emdash;, era uno de los escépticos: "Honestamente, creíamos que no iba a pasar de una hora. Venía agonizando".

Entre convulsiones y despedidas, ocurrió el primer milagro. Se detuvo el sangramiento y los niveles de las presiones se estabilizaron. Aunque el estado de shock había desaparecido, no volvería a levantarse de la cuna número 14 de la UCI. Varias sondas la mantenían con vida.

Su coraje la llevaba a los límites de la histeria. A gritos le pedía a su papá que le diera "gasiosa". Si no se la podía dar en la boca, al menos que se la mezclara con el suero. Eso era todo lo que deseaba en sus ansias por vivir.

Cuando la fiebre regresaba, se mordía con una gran fuerza sus brazos, en un inútil esfuerzo por sacar el mal que carcomía sus entrañas.

La esperanza

Desde entonces, los padres de Jeimi iniciaron un diario peregrinaje tan escabroso, como la polvorienta y pedregosa calle que une el cantón en donde viven con el pueblo más cercano, San Luis Talpa.

Todos los días que estuvo internada la niña, Teresa la visitó. Salía a las diez de la mañana de su casa y llegaba al hospital al mediodía. Se regresaba a las dos de la tarde.

Por suerte, Eldin Yamileth sólo padeció de dengue clásico, por lo que se recuperó pronto. Ella, junto a sus otros tres hermanos, quedaban bajo el cuidado de la abuela; siempre recordaban a la "Yemita" cuando comían carne, ya que a ella no le gustaba. Sus pasos y sus gustos se habían convertido en una absurda ausencia.

José Atilio, tan moreno y vigoroso como su mujer, también visitaba todos los días a su hija. Aunque más cerca de ella, ya que trabajaba de obrero en unas construcciones en San Salvador, hacia mil esfuerzos para llegar al hospital. Para consuelo de él, contaba con el apoyo de sus jefes.

La última batalla

El estado de la niña era tan variable que un día amanecía tranquila y al otro convulsionando con el cuerpo hinchado, irreconocible. Aunque el dengue había sido controlado en los primeros 15 días, la afectaban otras complicaciones. La sangre no fluía como debía por las coagulaciones provocadas para detener los sangramientos. Además, uno de sus pulmones se había roto. En fin, un calvario que ella seguía enfrentando con la mayor de las valentías.

Cada complicación requería otro tratamiento y nuevas medicinas. Algunas las proporcionaba el hospital, pero otras había que comprarlas. Desde sus pobrezas, José Atilio también libraba una de sus luchas finales: "Una vez el doctor (Víctor) Velis me consiguió unas medicinas que costaba como cinco mil colones cada frasquito. Yo le dije que se las iba a pagar en unos dos meses y el me respondió: no te preocupes que para salvar a la niña, aunque sea de la tierra vamos a sacar el dinero. A mí ya se me estaban acabando el pisto, pero estaba decidido a ir a pedir a los buses. Por un hijo, se da la vida...".

En el hospital, todos los médicos hacían todo lo posible por que Jeimi se salvará. Más que un punto de honor, el drama los había sacudido hasta la compasión. Cada vez que podían, daban esperanzas a Teresa y a José Atilio, aunque ellos ya sentían -aunque no quisieran- que la "Yemita" los comenzaban a dejar.

A finales de julio, la pequeña volvió a recaer, a tal punto que ya no reconocía a nadie. Apenas movía sus frágiles y salpicados dedos en un noble gesto por responder a las caricias de sus padres.

Esas eran las últimas agonías y batallas que enfrentaría. Cansada y desgastada, falleció el domingo 6 de agosto, debido a una complicación en el corazón. Partió 13 días antes de que cumpliera su cuarta vuelta por ese camino de mares y cocoteros.

Su lucha ha sido uno de los mejores ejemplos de coraje y valentía para quienes estuvieron cerca de ellos en el Hospital Bloom. "Mi Jeimi me enseñó lo que pueden llegar a hacer los espíritus valientes", reflexiona su padre. Esta vez no hay lágrima derramadas ni contenidas, sólo un profundo agradecimiento, flores de colores intensos y recuerdos de una peste que se llevó tanta inocencia.


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