Flores para un
final
Con muchas ansias, las hermanas de Jeimi
Zelmira esperaron el día de los difuntos,
para ir a "enflorarla" y colocarle una cruz, que
lleva incrustada su fotografía y su
nombre
El
jueves fue un día de fiesta. Por primera
vez en sus cortas vidas, los hijos de Teresa del
Carmen y de José Atilio visitarían
un cementerio con tanto entusiasmo.
Todo estaba listo. Durante días,
Teresa, junto con sus pequeñas Eldin
Yamileth, Meybel Carolina y Joselyn Damaris,
había elaborado delicados ramos con
flores de plástico, de colores azul, rojo
y amarillo; cadenitas de papel teñido y
confeti.
Al amanecer, se pusieron muy bonitas. Sacaron
del viejo ropero sus mejores trajes, vestidos de
un rojo carmín tan profundo como el color
de esas flores llamadas borlas, que
llevarían por esas polvorientas calles.
Se peinaron y esperaron la partida.
La visita
Cuando llegó la hora de irse, cargaron
rápido la cruz de concreto que
pondrían en la tumba de la hermana. Con
la foto en el centro de la cruz y el nombre
Jeimi, se fueron para San Luis Talpa, a unos 10
kilómetros del lugar en donde viven,
presurosos por cumplir con una esperada y
ansiada cita.
Entre suspiros de Teresa y las preocupaciones
de José Atilio para que el puesto de su
hija quedará lo mejor posible, las
pequeñas toparon el pequeño
espacio con las candorosas borlas.
Sólo bastaron diez minutos para poner
igual de bonito el sepulcro, con sus adornos y
los "te recordamos yemita". Con mucho esmero
sacaron las semillas que tenían esas
borlas y las esparcieron en la tierra removida
para "que nazcan muchas plantitas, den muchas
flores y siempre esté adornada la tumba
de la Jeimi."
Sus restos descansan en una ladera, rodeados
de cruces irremediablemente azules y verdes,
como el mar que los consuela. El sol quema tanto
que el vapor destiñe rápido las
flores. Pero no importa, el recuerdo es
más intenso y perenne.