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Santa
ilusión
El
bullicio de su carcajada y el sonido de su campana sobresalen entre
el ruido de un centro comercial capitalino.
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Parte
de la tradición navideña de adultos y niños
es tomarse fotos con Papá Noel y enumerar una lista
de regalos, con la esperanza de encontrarlos bajo el árbol
en Navidad.
Por ello, las tiendas y almacenes de los centros comerciales
buscan a los que más se parecen a San Nicolás
para que puedan llamar la atención de los clientes.
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Bajo una larga barba blanca, unas rosadas mejillas y un par de
pequeñas gafas, muy semejantes a las del Papá Noel
de los cuentos, se esconde un triste sonrisa, ocasionada por el
cansancio que le produce representar a este personaje durante más
de 14 horas diarias.
Su contagiosa alegría tiene el poder de hacer feliz a los
que se lo encuentran frente a la sucursal de un almacén de
electrodomésticos.
Su trabajo en este lugar no es para vender. Al contrario, regala
la ilusión de una Navidad en la que pocos creen todavía.
Douglas Crespín, de 30 años, se gana la vida encarnando
al místico personaje de traje rojo que, según los
cuentos anglosajones, labora todos los años en su fábrica
del Polo Norte construyendo juguetes para repartirlos durante la
Nochebuena a todos los niños del mundo.
Sus casi 400 libras de peso hacen innecesarias las almohadas para
abultar su figura. Los pequeños se acercan con la esperanza
de obtener algún regalo o, simplemente, para abrazarlo.
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Transformación.
Crespín tarda aproximadamente una media hora en vestirse.
Lo más complicado es colocarse la barba y los lentes
de contacto.
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Pero Crespín no tiene una fábrica de juguetes ni
duendes ayudantes, y mucho menos trineo y renos voladores.
Sin embargo, transita en la mayoría de colonias de la capital
cargado de regalos para los chicos de buena conducta.
¡Mami, mami contale a Santa que me he portado bien todo
el año, para me lleve una bicicleta!, exclamó
una niña que no dejó pasar la oportunidad para abrazar
al hombre de los enormes ojos azules.
¡Feliz Navidad!, ¡feliz Navidad!, ¡pórtense
bien niños!, exclama con su ronca voz acompañado
de su ruidosa campana. Ahora no es Douglas Crespín. Es el
personaje que llena de magia e ilusión las mentes infantiles.
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Un
pequeño
pide un deseo a
Santa Claus, en un centro comercial de la capital. Detrás
de él, cientos de chiquitos hacen cola .
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No
es un artista, pero muchos niños quieren tomarse una
foto con él o que escuche su lista de regalos para
Navidad.
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Al
final de una ardua
jornada de trabajo, Santa guarda, cuidadosamente, su barba.
Para que ésta no se enrede y le cueste ponérsela
al siguiente día, la cuelga en una perchera en el lugar
donde labora.
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El
traje rojo cuesta más de $500 y es elaborado en Estados
Unidos.
Actualmente, tiene más de cinco vestimentas iguales.
Una de ellas era de su hermano, quien tiene el mismo oficio.
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