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Santa ilusión

El bullicio de su carcajada y el sonido de su campana sobresalen entre el ruido de un centro comercial capitalino.

Texto y Fotos: Arturo Silva
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Parte de la tradición navideña de adultos y niños es tomarse fotos con Papá Noel y enumerar una lista de regalos, con la esperanza de encontrarlos bajo el árbol en Navidad.
Por ello, las tiendas y almacenes de los centros comerciales buscan a los que más se parecen a San Nicolás para que puedan llamar la atención de los clientes.

Bajo una larga barba blanca, unas rosadas mejillas y un par de pequeñas gafas, muy semejantes a las del Papá Noel de los cuentos, se esconde un triste sonrisa, ocasionada por el cansancio que le produce representar a este personaje durante más de 14 horas diarias.

Su contagiosa alegría tiene el poder de hacer feliz a los que se lo encuentran frente a la sucursal de un almacén de electrodomésticos.

Su trabajo en este lugar no es para vender. Al contrario, regala la ilusión de una Navidad en la que pocos creen todavía.

Douglas Crespín, de 30 años, se gana la vida encarnando al místico personaje de traje rojo que, según los cuentos anglosajones, labora todos los años en su fábrica del Polo Norte construyendo juguetes para repartirlos durante la Nochebuena a todos los niños del mundo.

Sus casi 400 libras de peso hacen innecesarias las almohadas para abultar su figura. Los pequeños se acercan con la esperanza de obtener algún regalo o, simplemente, para abrazarlo.

Transformación. Crespín tarda aproximadamente una media hora en vestirse. Lo más complicado es colocarse la barba y los lentes de contacto.

Pero Crespín no tiene una fábrica de juguetes ni duendes ayudantes, y mucho menos trineo y renos voladores.

Sin embargo, transita en la mayoría de colonias de la capital cargado de regalos para los chicos de buena conducta.

“¡Mami, mami contale a Santa que me he portado bien todo el año, para me lleve una bicicleta!”, exclamó una niña que no dejó pasar la oportunidad para abrazar al hombre de los enormes ojos azules.

“¡Feliz Navidad!, ¡feliz Navidad!, ¡pórtense bien niños!”, exclama con su ronca voz acompañado de su ruidosa campana. Ahora no es Douglas Crespín. Es el personaje que llena de magia e ilusión las mentes infantiles.

Un pequeño
pide un deseo a
Santa Claus, en un centro comercial de la capital. Detrás de él, cientos de chiquitos hacen cola .
No es un artista, pero muchos niños quieren tomarse una foto con él o que escuche su lista de regalos para Navidad.
Al final de una ardua
jornada de trabajo, Santa guarda, cuidadosamente, su barba. Para que ésta no se enrede y le cueste ponérsela al siguiente día, la cuelga en una perchera en el lugar donde labora.
El traje rojo cuesta más de $500 y es elaborado en Estados Unidos.
Actualmente, tiene más de cinco vestimentas iguales. Una de ellas era de su hermano, quien tiene el mismo oficio.

 

 

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