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Don Carlos purgó condena por un homicidio que no cometió

El hombre fue sentenciado a 28 años de cárcel en 1948

El reo inocente que se convirtió en un excelente fotoperiodista

El salvadoreño pasó durante 14 años preso injustamente por un crimen que no cometió en los años 40, al salir de la cárcel se convirtió en un extraordinario...

Don Carlos Edmundo Herrarte pasó la mayor parte de su juventud en prisión, tras ser condenado en 1948 de un homicidio que no cometió. El hombre, hoy de 92 años, se atribuyó la culpa para salvarle la vida a Julio Martínez, su amigo y compañero de trabajo en una agencia de café. 

Siete décadas después, don Carlos -quien es periodista y fotógrafo jubilado- decidió relatar esa experiencia en el libro “Desde la cárcel hacia las cumbres”, publicado a finales de 2015. 

En diciembre de 1944, Herrarte cumplió 21 años y salió de baja de la Guardia Nacional. Meses antes fue derrocado el general Maximiliano Hernández Martínez y asumió la presidencia provisional de El Salvador el general Andrés Ignacio Menéndez. 

Para entonces había un decreto de amnistía que eximía de responsabilidad a quien se le atribuyera algún delito. 

Por eso cuando Herrarte vio que seis hombres pretendían matar a Martínez para vengar la muerte de un “millonario de Ahuachapán”, quien era estudiante universitario, no dudó en autoinculparse. 

“No lo mató él sino yo. Qué hay”, les dijo a los hombres que rodearon a Martínez en la zona conocida como “Cinco calles”, en Ahuachapán.

Cuando vieron que don Carlos les apuntaba con una pistola se marcharon. Algunos no le creyeron; otros repitieron sus palabras hasta que en la ciudad se rumoró que él era “el matador de Manuel Ariz”. 

Herrarte se arrepintió después de lo que dijo pero, según él, fue la única forma en que podía ayudar a su amigo. 

“Sabía que había un decreto de amnistía y no me importó hacerme cargo de una cosa que no había hecho. Si hubiera tenido las luces que hoy tengo no hubiera ido preso”, cuenta el hombre resignado. 

Además de señalarlo de homicida, especularon sobre cómo “mató” a Ariz: unos contaban que le disparó 47 veces; otros que le había lanzado una máquina cuando lo sorprendió agrediendo a una mujer. 

Por el mismo caso don Carlos vivió varios incidentes de los que salió ileso. Eso le creó fama de “gánster”, como publicó un diario capitalino. 

Batalla entre romeristas y castanedistas 

Tras el derrocamiento de Hernández Martínez hubo un clima hostil en El Salvador debido al enfrentamiento político entre el doctor Arturo Romero y el general Salvador Castaneda Castro. Esto desató una lucha de clases que dividía a los “romeristas” de los “castanedistas”. 

Los primeros , a decir del escritor, eran casi todos de la clase alta de Ahuachapán. En el otro bando militaban agricultores de Santa Ana. Los últimos eran mal vistos porque tenían el respaldo de la Guardia y la Policía Nacional. 

Quienes apoyaban a Romero confiaban en que cuando el doctor Miguel Tomás Molina asumiera la presidencia acabaría con los castanedistas.

No fue así. En octubre de 1944, el director de la Policía, Osmín Aguirre y Salinas, fue impuesto como presidente provisional para sustituir a Menéndez, por sus “blandenguerías ante los ataques que sufría la Fuerza Armada por parte de los romeristas”. 

La Policía y la Guardia detuvieron a la mayoría de líderes del romerismo; muchos más emigraron a Guatemala. En ese grupo iba Ariz. 

Dos meses después, volvieron para quitar al presidente. Así inició la batalla entre romeristas y las fuerzas de seguridad, a quienes se unieron los castanedistas, entre ellos Herrarte. 

Los muertos se contaban por decenas y a don Carlos, junto con otras personas, les tocó recoger los cadáveres para llevarlos al cementerio.

El 13 de diciembre de 1944, estando en el camposanto, vio cuando otro grupo llevó el cadáver de Ariz: había muerto en la batalla. 

Ese día Herrarte les compró a unos soldados una chaqueta de cuero y un reloj, días después se rumoró que se las robó a Ariz tras asesinarlo. 

Según el escritor, el odio contra él creció y hubo confabulaciones para matarlo. “Me hicieron tan difícil la vida que tenía que cuidarme de asesinos pagados. Dios supo darme protección, las veces que me dispararon desde la sombra no me acertaron”, relata en su libro. 

En los años siguientes trabajó haciendo fotos en eventos sociales e incursionó en el teatro. Se casó y militó en política, ámbito en el que según él se hizo de varios enemigos.  

Luego se mudó a San Salvador mientras que en Ahuachapán, a dos años y medio de la muerte de Ariz, crecían las confabulaciones contra él.

En junio de 1947 viajó a Candelaria de la Frontera, Santa Ana, y fue detenido por uno de los “más crueles” tenientes de la Policía: José Gómez. Él ordenó que lo torturaran. 

Lo golpearon y colgaron de los pulgares por 48 horas para que se hiciera cargo del asesinato de Ariz. 

 “Gómez, al parecer, había sido comprado por algunas familias pudientes de Ahuachapán que querían que yo fuera indiciado, juzgado y condenado por la muerte de Manuel Ariz”, narra en la publicación. 

Cuando Herrarte ya no soportó el tormento, les dijo a los torturadores que redactaran la declaración como quisieran y la firmaría.

Así lo hizo ante tres testigos, quienes en el juicio negaron que hubiera sido martirizado y aseguraron que su confesión fue “espontánea”. 

Se cometió “una aberración jurídica” 

Herrarte asegura que contra él se cometió “una aberración jurídica”, porque cuando fue procesado por la muerte de Ariz le pidió a la Cámara de Occidente que hiciera prevalecer el derecho que le asistía, amparado en el decreto de amnistía. Este eximía de responsabilidad a soldados, civiles o guardias nacionales que hubieran participado en los sucesos ocurridos entre abril de 1944 y marzo de 1945. 

“La Cámara me dijo que no me amparaba el decreto porque yo alegaba inocencia y para que me amparara tenía que declarar que era culpable”, cuenta el señor. 

En octubre de 1948, con la declaración extrajudicial que las autoridades obtuvieron mediante la tortura, Herrarte fue condenado a 28 años de cárcel. 

Estando en la cárcel deseó morir pero su padre le llevó el libro: “Hacia las cumbres”, que aconsejaba que había que sacar el mayor provecho del lugar donde se estuviera. 

Herrarte encontró consuelo en aquellas páginas y desde entonces se dedicó a aprender diferentes oficios: carpintería, zapatería y sastrería. 

Además fue miembro de una marimba; integró el equipo de fútbol de la prisión y escribió Redención, un periódico mensual de ocho páginas. 

Don Carlos se ganó el aprecio del director y subdirector del presidio; también el de los reclusos, que veían en él un líder. 

En la prisión también conoció a su segunda esposa, con quien procreó tres niñas. La última se enfermó y murió a los 16 meses de nacida.

La carta que lo liberó 

El juez segundo de lo penal, Roque Molina, visitó un día la prisión y le recomendó a Carlos hablar con el abogado Ángel Góchez Marín, porque él sabía algo que le favorecería. El reo no le prestó atención. 

Después, la esposa de Herrarte contrató los servicio profesionales de Góchez Marín para reclamar una herencia. 

En una ocasión que la pareja tuvo que llegar al despacho del profesional, este le dijo que sabía que no era él quien había asesinado a Ariz.  

Góchez Marín le relató que estaba con la víctima cuando le quitaron la vida. El abogado le contó que había enviado un artículo a Diario Latino relatando el caso pero nunca fue publicado. 

A raíz de eso, don Carlos le pidió de favor a Góchez Marín que le extendiera una carta autenticada en la que narrara la forma en la que murió Ariz.  

Con ese documento pidió la conmutación de la pena y la Corte falló a favor de él. 

El 28 de octubre de 1960 iba a salir de la prisión y también sería indemnizado con 10 mil colones por el presidente de la República, José María Lemus.  

Ninguna de las dos cosas ocurrió porque dos días antes el mandatario fue derrocado. 

Fue hasta el 22 de noviembre que don Carlos, por fin, respiró la libertad tras haber cumplido 14 de los 28 años de prisión a los que fue condenado.

“Carlos jamás iba a reconocer que él mató a ese hombre y con razón”

El abogado Ángel Góchez Marín se convirtió fortuitamente en la pieza clave que permitió a don Carlos Edmundo Herrarte salir de prisión, tras ser condenado injustamente por el homicidio de Manuel Ariz.

Más de medio siglo después de aquel suceso, el abogado (de 90 años) recuerda el día que le extendió a Herrarte una carta certificada donde relataba las verdaderas circunstancias en las que murió el hombre.

En 1944 hubo una “efervescencia de jóvenes” que luchaban por las libertades cívicas y eran opositores al militarismo. Estos movimientos contaban con el apoyo de la Junta de Gobierno de Guatemala. 

Góchez Marín cuenta que, a sus 18 años, no tuvo más opción que partir hacia el país vecino, donde muchos patriotas salvadoreños fueron acogidos por distintas familias. 

En noviembre de ese año recibieron la orden de que se reconcentraran porque irían a un campamento de entrenamiento, donde les enseñarían a utilizar armas para después invadir El Salvador. 

Los jóvenes fueron divididos en dos grupos: el de Las Chinamas y el de San Antonio Pajonal, en el último había más de 800 personas. En este grupo coincidieron Góchez Marín y Manuel Ariz, quienes eran dirigidos por el sargento Gonzalo Arias Pérez, quien era hermano de Jorge Gómez, secretario del Partido Comunista en esa época. 

Un mes después, este bando ingresó al El Salvador listo para el combate. 

El 13 de diciembre, cuando estaba anocheciendo, los hombres se atravesaban el río El Molino, en Ahuachapán, cundo fueron atacados con una ametralladora Lewis. 

Pérez les dijo a sus hombres que caminaran pegados al paredón, que dispararan con sus fusiles y se tiraran al suelo. 

En el otro costado, según el nonagenario, solo había cafetales y esos les impedía ver quiénes les disparaban. 

Góchez Marín y Ariz caminaban juntos, “estábamos a 50 centímetros de distancia”. 

Hubo un momento en que se escucharon gritos y las pisadas de los atacantes cuando salieron corriendo. 

“Cuando se quedó tranquilo solo Ariz no se levantó. Cuando le dimos vuelta estaba lleno de sangre y lodo en el pecho. No podíamos hacer nada por él”, cuenta Góchez Marín. 

Los combatientes continuaron el recorrido hasta llegar al centro de Ahuachapán y se tomaron la Guardia Nacional. Hubo un enfrentamiento y después los patriotas se vieron obligado a retirarse y volver a Guatemala. 

Góchez Marín se desvinculó por completo del movimiento, culminó sus estudios y se graduó de abogado. 

Su padre, Ángel Góchez Castro, era amigo íntimo de Roque Molina, juez de lo penal de Santa Ana.  

Un día que Góchez Marín estaba haciendo su práctica de juez acompañado de Roque vieron pasar a Herrarte y el funcionario le dijo al muchacho: “Ahí va Carlos Herrarte, el que mató a Meme Ariz”. “No doctor, eso no es cierto. Ese señor no lo mató, se lo puedo afirmar porque yo estaba a 50 centímetros de él cuando lo mataron”, le contestó el hijo de su amigo. 

Roque fue quien hizo el enlace entre el abogado y Herrarte. 

Así fue como el convicto obtuvo una misiva donde se relataba la verdad. 

Sobre la controversia del decreto de amnistía que debía favorecer al imputado, el abogado dijo: “Carlos jamás iba a reconocer que él mató a ese hombre y con razón. Lástima, desgracia que tuvo que pasar 14 años pagando algo que no debía, debe de ser terrible”.

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