Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Se puede

El país tiene rupturas, averías, moretones y en algunos casos hemorragias que es urgente tancar. Es cierto.

En estos días de cambio de año han venido a mi memoria las famosas palabras de Dürrenmatt cuando dice aquello de “tristes tiempos estos, en los que hay que luchar por lo que es evidente”. 

Las evocaba cuando hojeaba los periódicos en estos últimos tanes del año: nos hemos acostumbrado, como la rana se habitúa al calor ascendente del agua en la olla, a la violencia cotidiana, a la ineptitud de tantos funcionarios públicos, a confundir diálogo con intercambio de insultos, a soportar el tufo de la corrupción, y a sufrir calladamente. 

Sin embargo, si algo quisiera evitar, es sumarme al coro de lamentaciones. Mejor ver para adelante. Me gustaría fijarme más en algunos de los valores que todavía tenemos, y no hablar más de los que carecemos. Quizá nuestra autoestima nacional ha descendido tanto porque estamos rodeados de tantas cosas terribles (y aquí no vale apelar al malhadado asunto de la “percepción”). Además, echarle la culpa de todo al gobierno está bien para un rato, pero luego de un tiempo -–si se es intelectualmente honesto-- no queda más que darse cuenta de que si se sigue eligiendo gente incapaz, los incapaces somos nosotros.
 
Contrario a lo que podría pensarse, no hemos tocado fondo en lo que a participación ciudadana se refiere: la gente siempre puede sacar las castañas del fuego. Allí están el 22N en Argentina, el 6D en Venezuela, el 20D en España y la primavera guatemalteca. En Sur América la gente dijo en las urnas que ya estaba harta de discursos populistas-pseudosocialistas-de-odio-social-Estado-paternalista; en la madre patria las elecciones terminaron con el bipartidismo (qué bien nos vendría algo parecido por aquí), y los vecinos de al lado mostraron cómo con un mínimo de institucionalidad, la gente puede hacer mucho en la lucha contra la corrupción. Acciones populares que desenmascararon políticos no sólo corruptos, sino principalmente cínicos y aprovechados, logros que muestran cómo personas comunes y corrientes se sobrepusieron a uno de los mayores enemigos más terribles de cualquier sociedad: el derrotismo pesimista. 

Otro punto importante: a pesar de los pesares -–y en contra de lo que parecen pensar muchos--, todavía no vivimos en una nación colapsada, institucionalmente destruida, desahuciada, sin representatividad democrática (hay poca, de acuerdo, pero con miras a crecer, no a disminuir). Pensar que todo se ha ido al traste debilita grandemente la cohesión social y permite el crecimiento de proyectos mesiánicos, políticos “iluminados”, apatía social y aislamiento ciudadano.
 
El país tiene rupturas, averías, moretones y en algunos casos hemorragias que es urgente tancar. Es cierto. Como también es verdad que esto obliga a confiar más en las instituciones y en las leyes, en los mecanismos democráticos, que en los políticos o en personas determinadas. Flores que hieden aparecen por igual en campos de izquierda y derecha, de liberales y populistas, de políticos de carrera y de personajes advenedizos.
 
¿Qué nos hace falta para terminar de entender que el poder, el verdadero poder, reside en nosotros, en la gente, y no en quienes ocupan cargos pasajeros en cualquiera de los tres brazos del Estado? ¿Qué hacer para darnos cuenta de que tampoco tienen la última palabra los que manejan los hilos del dinero, la información, o el control de las calles en barrios y colonias? 

Es sumamente importante que realicemos que la confianza ciega en líderes efímeros tiene gran parte de la culpa de que hayamos llegado donde nos encontramos. Hay que despertar de la pesadilla ideológica, resistir los cantos de sirena del populismo, reencontrarnos con la conciencia cívica que permanece agazapada en el corazón de cada salvadoreño, y en la que se atesoran valores como la solidaridad, el trabajo bien hecho, la compasión, el amor patrio y el amor a Dios. Se puede. 
 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare