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La elección del FGR: ¿Cuestión de caudillos?

Las decisiones trascendentales vinculadas a la institucionalidad democrática y aquellas de orden interno y de carácter estratégico en las organizaciones políticas no pueden quedar en manos de las cúpulas partidarias

Con una composición distinta a la que actualmente posee el grupo parlamentario de ARENA la discusión acerca de la designación del Fiscal General de la República (FGR) habría tomado otro rumbo. Probablemente la reelección del  extitular que recién dejó el cargo estaría garantizada y el nombramiento de un nuevo funcionario se habría descartado.  Que varios de los diputados de esa fracción rescaten esta última alternativa le hace bien al país y muestra señales alentadoras acerca de la libertad con la que se tratan los asuntos al interior del principal partido de oposición.
 
Las decisiones trascendentales vinculadas a la institucionalidad democrática y aquellas de orden interno y de carácter estratégico en las organizaciones políticas no pueden quedar en manos de las cúpulas partidarias. De lo contrario continuaremos con el verticalismo de siempre en la que dos o tres dirigentes deciden por el resto de diputados limitándose estos últimos a “levantar la mano”.

La política en el Siglo XXI ya no privilegia a los caudillos cuyas prácticas oscuras han ensombrecido durante décadas el buen funcionamiento del Estado. Ahora los grandes temas nacionales deben dilucidarse con ventanas abiertas, nuevas ideas y fomentando la participación de todos los que integran a la respectiva agrupación parlamentaria. La sociedad demanda de liderazgos que no le teman a las controversias ni a la polémica que generan cuando se atreven a discrepar y a pensar diferente. Siempre que se trate de posturas sensatas, que no contradigan el ideario del instituto político y que estén fundamentadas en sólidos argumentos, irrebatibles por su conformidad a la Constitución, a la ley, a la moral y al orden público, no se deben censurar las desavenencias porque seguramente terminarán prevaleciendo la cordura, la prudencia y el interés general.

Quienes aventajaron a sus compañeros en la pasada elección legislativa, obteniendo un número más elevado de marcas, saben que la población los está observando. El nuevo sistema de votación retiró el velo que cubría la identidad de los diputados en el pasado. Ahora no es posible esconderse tras las banderas de los institutos políticos. Los “distintivos partidarios” ya no aseguran la reelección y más bien ésta última depende de una combinación entre la institucionalización del partido y la buena imagen del candidato. Los que eligieron a los parlamentarios les premiarán si avalan resoluciones que beneficien a la patria y les castigarán, severamente, si se apartan del acuerdo grupal por causas oscuras asociadas a conductas corruptas.

Contraponer juicios y opiniones en  relación al perfil que debe cumplir un funcionario de segundo grado no es ningún pecado. Mucho menos se trata de un indicio de transfuguismo político. La independencia partidaria, un expediente alejado de cualquier cuestionamiento ético y el conocimiento especializado de la materia que le corresponderá aplicar, son los requisitos mínimos que debe reunir quien pretenda asumir la dirección de una entidad que, mal administrada y manipulada políticamente, además de ser un obstáculo para la lucha contra el crimen, puede prestarse al chantaje y a la intimidación de los ciudadanos.

La atención mediática de este acontecimiento político, la presión social en contra de la corrupción y los señalamientos públicos que un periódico electrónico hace sobre el funcionario saliente son motivos suficientes para que los diputados mediten cuidadosamente su dictamen. Alejarse de la aspiración colectiva que clama por más probidad hipoteca el futuro político de cualquiera que se atreva a corromper su voto. También se pone en riesgo quien no formule un razonamiento claro para justificar su inclinación a separarse del pacto final que disponga la bancada.  En definitiva, distanciarse de un fallo mayoritario que determine la necesidad de asistir a una renovada etapa en la Fiscalía General de la República, con un profesional que refresque a la institución encargada de investigar el delito y de representar al Estado, significaría cargar con el peso de la desconfianza ciudadana y deambular por la sociedad con una letra escarlata que le identificaría como miembro honorario del club al que Cristina López, columnista de este periódico, denominó “de las colas pateadas”.


*Columnista de El Diario de Hoy.