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El prodigioso valle de la muerte

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Por Carlos Balaguer |

Más allá de la llanura de Uma los errantes viajeros se adentraban en el estelar Valle de la Muerte. Allá donde no siempre moría el cuerpo en la travesía, pero sí el alma. Las saladas arenas del valle no permitían que hierba alguna creciera sobre el estéril suelo o que hombre alguno siguiera siendo el mismo, después de cruzar el despoblado. En la planicie había huellas de un antiguo océano, que existiera siglos atrás. Según las antiguas tradiciones fue secado por las lluvias de fuego que cayeron desde el Acasha, los cielos iracundos. Ni un hombre, ni una lagartija, ni una flor, lograban sobrevivir en el erial. Ardiente de día y terriblemente frío por la noche, el valle era un inminente peligro para los viajeros, que solían perderse misteriosamente en la desolada región. No obstante, el Valle de la Muerte era el único camino para llegar a las tierras altas de Erón. Después de dos días, Kania —el mismo “Giri Krs”: la sombra del monte) logró alcanzar las orillas del caudaloso Olín —el río del destino— en donde esperó pacientemente que algún barquero llegara a rescatarlo de aquella vasta soledad y le llevara al otro lado de las aguas. Justamente al puerto de Sheva.

Así estuvo largo tiempo, cuando al fin divisó a lo lejos una barca de raído velamen que llegaba hasta el atracadero. La conducía un enigmático viajero, a quien la niebla le cubría el rostro. Kania subió al batel y entregó unas cuantas monedas al hombre, para que le llevara a la otra orilla de Olín. (LIII) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>

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