La huida de Margarita con sus doce familiares hacia a México para escapar de las pandillas

Una mujer residente en Mejicanos sufrió la muerte de un pariente hace meses. El hecho la obligó a huir de las pandillas quienes habían amenazado con matar a toda su familia.

Según dijeron las personas que viajan, la mayoría huyen de El Salvador por la pobreza y la violencia. Foto EDH/ Jessica Orellana

Por Óscar Iraheta / Twitter: @oscar_iraheta

Ene 20, 2020- 05:25

A Margarita las pandillas le asesinaron a un pariente una tarde de julio. Lo veló en la casa donde vivió durante 17 años y dos horas después de enterrarlo, entró a su casa, sacó ropa para los niños, un par de prendas, su poco dinero en efectivo y huyó hacia México con sus doce familiares. Niños, mujeres, ancianos.

Salió con poco, le bastaron dos maletas para guardar todo su patrimonio. Dejó todo con llave, sus negocios de toda la vida, joyas, prendas de valor y electrodomésticos. Huyó con disimulo, para que la pandilla no se percatara, pues tenía mucho miedo.

No se apoyó de la policía, pues asegura que varios de ellos tenían amistades con los pandilleros de la Mara Salvatrucha que domina la populosa colonia situada en Mejicanos, en San Salvador. El día que decidieron irse la policía les pidió que denunciaran pero Margarita no confiaba en ellos.

Esa noche Margarita se refugió en una casa de una residencial privada donde un pariente. Era difícil que los pandilleros la localizaran. Vivió ahí un par de semanas. Antes de irse, se armó de valor y decidió ir junto a dos parientes más, a sacar dos camas, una televisión, la cocina y otros pequeños electrodomésticos.

Antes de huir, Margarita buscó apoyo en universidades, instituciones y el Estado, pero nadie le ayudó, solo la escucharon y nada más.

“Fue muy duro para mi, sólo íbamos con 100 dólares. Dejé todo lo que construí en mi vida junto a mi familia por culpa de las pandillas. Yo los vi crecer a todos los mareros. Eran mis vecinos, pero nunca creí que se iban a hacer delincuentes. Mataron a mi pariente sin tener una razón justificable”, dice Margarita.

Margarita se niega a dar fechas, lugares, nombres propios y otros detalles de lo que vivió, ya que afirma que los pandilleros son inteligentes y tienen una red de comunicación y de inteligencia mejor que la policía. Teme que la pandilla siga matando a los pocos familiares que dejó donde vivía.

Los pandilleros le dispararon a su pariente varias veces por la espalda. No murió en el instante y fue trasladado hacia el hospital donde murió antes de ser atendido por los médicos. Murió en los brazos de sus familiares, algo que fue muy duro para todos.

“Los pandilleros mataron a mi familiar porque tenían envidia, era una persona trabajadora. Cuando me llegó el rumor que los pandilleros le querían hacer daño yo hablé con el cabecilla de la pandilla y me dijo que no había problema, que no le harían daño, pero luego mataron a ese pandillero por rencillas entre la misma mara”, dice la víctima.

Antes que mataran a su pariente, los pandilleros desaparecieron a otro vecino. Su familia nunca lo encontró y ante mucho miedo, decidieron huir hacia Costa Rica para escapar de las pandillas.

Margarita recuerda que un martes en la madrugada hace ocho meses salió en taxi a la terminal de Occidente con todos sus parientes donde abordó un transporte de buses internacional que la llevó hasta la frontera entre Guatemala y México. Fueron dos días duros de camino.

El autobús los dejó en la referida frontera donde permanecieron varios días esperando pasar a México. Dormían en la calle y pedían ayuda a las autoridades.

“Hacía mucho frío, llevamos sábanas gruesas para los niños que eran los que más sufren en toda esta pesadilla. No había comida, pedíamos a las personas, fue algo aterrador”, recuerda la mujer entre lágrimas.

Margarita pasó hacia México a través del río y recuerda que costó mucho porque la corriente del agua estaba muy fuerte. Ya en México, tomaron tres taxis desde la frontera y comenzó la ruta hacia el pueblo de Cacahoatán, en Chiapas, México. En ese pueblo Margarita vivió con toda su familia durante dos meses donde una pariente que les dio albergue.

Después de ese tiempo, se mudaron para Tapachula en busca de trabajo e iniciaron los trámites para obtener la documentación legal en ese país.

“Hemos trabajado de cocinera, mi hermana echando pupusas, los hombres se fueron a trabajar en una recicladora, ganando entre 100 a 150 pesos mexicanos por día, que equivale a 5 u 8 dólares aproximadamente”, declara la víctima.

Margarita no tuvo problemas en los retenes, pero sus familiares que viajaban en los otros dos taxis fueron retenidos por sujetos que vestían camisas deportivas negras. Los salvadoreños pagaron dinero para seguir su camino y unirse más adelante con sus parientes.

Niños sin escuela y con el sueño americano

Ninguno de los niños de Margarita estudia, aún esperan la documentación y un lugar más cómodo y estable para vivir, ya que se han movido a varios lugares.

Asegura que le duele mucho, pues algunos son adolescentes y estaban a punto de graduarse pero tuvieron que huir de El Salvador.

Los salvadoreños se mudaron recientemente a Monterrey, donde esperan tener mejores oportunidades de trabajo y tener más estabilidad económica.

“Dejar mi país fue algo muy doloroso, pero las pandillas nos iban a matar a todos, ellos así actúan. Matan sin piedad. Donde nosotros vivíamos está controlado por ellos desde hace muchos años”, dice la mujer.

Dice que su estadía en México no ha sido mala, sobre todo porque viven tranquilos alejados de las pandillas. Relatan que el auxilio de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), les ha ayudado mucho en alimentación, transporte y otros servicios de primera necesidad.

“Cada mes Acnur nos ayuda económicamente y nos atiende bien, tenemos mucho que agradecerles. Soñamos con llegar a Estados Unidos donde hay más oportunidades de progresar y ganar un poco más de dinero. Porque a El Salvador no queremos regresar nunca en la vida. Si volvemos nos van a matar”, afirma Margarita.

Vivir entre pandilleros, balazos, extorsiones y homicidios

Margarita aprendió a vivir con su familia entre los pandilleros. Supo identificar quienes eran los vigilantes (postes), conoció a los cabecillas y se resignó como muchos vecinos a guardar silencio ante la operatividad de esos grupos delictivos.

La víctima dice que la pandilla en su colonia tenía controlado desde la entrada principal, hasta las zonas verdes y montañosas de la zona. Se comunicaban a través de radios de comunicación o celulares. Aparentemente tenían un control mejor que el de la policía, por lo menos en esa zona.

“Describen las características de los carros que entraban, colores, personas a bordo, a quién visitaban. Toda la información llegaba a los cabecillas que se encontraban en las casas o en las calles. Otros avisan cuantas patrullas entran a qué horas, si -los policías- van a pie, en motos, carros, todo con mucho detalle. Una coordinación total”, detalla la afectada.

Sostiene que son tres grupos de pandilleros, que se dividen para cuidar la colonia. No tienen muchas armas, algunas se las prestan para cometer delitos. Muchos de los nuevos delincuentes son alumnos de las escuelas de la zona que han sido reclutados.

También hay muchos motoristas que son obligados a servirles a los pandilleros con viajes y a cometer otros ilícitos. El que se niega puede ser asesinado o golpeado.

La mujer asegura que hay cementerios clandestinos en algunos lugares de Mejicanos. Personas vecinas que tuvieron problemas con los pandilleros y otras víctimas, las llevaban obligadas de otros lugares.

Margarita asegura que jamás volverá a El Salvador. Sueña con viajar hacia Estados Unidos para darle un futuro mejor a sus hijos.

— * El Diario de Hoy usó nombres ficticios en este reportaje para proteger la seguridad de las víctimas.

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