Diez equipos que no volvieron a la Liga Mayor de Fútbol en El Salvador
Varios equipos de fútbol que jugaron la Liga Mayor de El Salvador no volvieron nunca más por varias razones, hoy recordamos los estereotipos que les envolvían
Diversos equipos de fútbol en El Salvador que supieron hollar el suelo sagrado del balompié nacional partieron hacia el oprobio o el olvido. Hoy desmenuzamos las mitologías y chascarríos que adornaron sus periplos en Primera.
Son variadas las divisas que se extraviaron en los cañadones del ascenso sin retornar a la máxima categoría. Ciertas entidades sobreviven masticando penurias en ligas donde el cascajar se impone, mientras otras yacen arrinconadas únicamente en la memoria popular.
Nos proponemos recordar los pintorescos estigmas de aquellos clubes que firmaron su despedida definitiva de la división de privilegio. A fin de cuentas, el rotundo adiós resultó inapelable para todos ellos.
Chalatenango
Cuadro levantisco y mañero, célebre por el impulso que le propinó en su hora el dirigente Lisandro Pohl. Su apogeo semejó una meseta de manual: rezongón, norteño y abonado a la antesala del éxito.
Irrumpió en el circuito mayor cual inquilino de poca monta hasta alcanzar su cuarto de hora de esplendor siendo subcampeón. Luego la institución derivó en un mamarracho burocrático y hasta renombrándose con descaro.
Acunaba una fanaticada peculiar, repartida entre quienes juraban devoción desde la tele y una tribuna que raras veces colmaba las graderías. Su última gran herencia a la patria futbolera responde al nombre de Leo Menjívar.
Santa Tecla FC
El elenco esmeralda de las colinas. Amparado por la cordillera del Bálsamo y un plumaje verde, bien empeñado en distinguirse del migueleño Dragón.
Durante años vistió los ropajes de una desgraciada Cenicienta, aunque luego se transformó en toda una heroína de historieta.
Padeció una suerte simétrica a la de sus congéneres del Norte, exhibiendo una parcialidad mejor articulada a la hora de alentar a domicilio. Semejante milicia no vacilaba en poner la cara con bravura durante una década gloriosa.
Conquistó cuatro coronas nacionales, bordando la proeza de amargar al coloso Alianza en tres de cinco finales disputadas entre ambos. Un currículo envidiable para un proyecto nacido en una tierra colmada de "fastanecos", albos, aguiluchos y pamperos.
Consumado el descenso por vías deportivas, "cedió" su casa a una franquicia carente de arraigo y calor popular. Sus adeptos cargaban con el apodo de «princesos», estigma cuyos orígenes evitaremos ventilar por elemental recato.
Arcense
La primera divisa purpúrea de los Torneos Cortos oficiaba en una cancha que difícilmente superaría las inspecciones modernas. Aquella coladera en Ciudad Arce cosechó, sin embargo, la simpatía de varios neutrales.
En la retina colectiva brilla John Polo, zaguero colombiano quien defendió esa camiseta durante un bicentenario de temporadas. Aquel mariscal de área resultó más terco para la causa que el célebre Paolo Maldini en las filas rossoneras.
Arcense Transitó fugazmente por Primera, embolsando el aprecio ajeno a fuerza de una inocencia conmovedora. Integraba esa nómina de benjamines condenados al fracaso que prometían batalla campal con candoroso entusiasmo.
«Las pasas», por aquella semejanza con las uvas marchitadas, solían saltar al césped en horarios dignos de un calvario termométrico. El calor del mediodía era su hábitat natural.

San Salvador FC
La escuadra felina pretendía referenciar a la Juventus turinesa merced a su atuendo de franjas, aunque coronó un desenlace casi tan melancólico como el de Chalatenango. Adquirió la plaza de ADET para abrochar su pasaje a la posteridad.
La nómina reclutó a veteranos ilustres, destacando el prócer Jorge «Mágico» González en la estación final de su trayectoria. El cuadro trotó en 2003 una vuelta olímpica frente a un envalentonado Firpo.
En confianza -en cierta ocasión- el periodista Carlos Vides narró con amargura su dolor al acompañar los festejos de la escuadra pantera, acontecimiento que trituró su alma pampera hacia el infinito vacío.
La masa partidaria del San Salvador dirimía la "supremacía" en las boleterías del Cuscatlán frente a un Marte que revivió tras el deceso blanquinegro. Pauperismo metropolitano.
Sonsonate FC
La prosperidad y las desdichas del club cocotero brotaron del mismo manantial, encarnado en la figura de su hacendado Pedro Contreras. Los muchachos del Ana Mercedes Campos procuraban competir de noche para eludir el bochorno solar sonsonateco que no perdona a nadie.
Alternaban una solidez pétrea en retaguardias que sacaban canas verdes a sus seguidores. Eran capaces de erigirse en colosos o despeñarse en el ridículo con pasmosa desenvoltura.
La hinchada bramaba con devoción, mas el alboroto provenía de graderías situadas a una distancia estelar de la alfombra verde. Los alaridos se diluían en la nada antes de rozar las orejas de los rivales.
Expiró sin conocer la gloria de disputar un pleito decisivo por la corona en toda su historia. La noción misma de un choque cumbre resultó una quimera inalcanzable para la causa cocotera.
Pasaquina
Dicha comarca remite a una cancha que fungía como la única distracción en un poblado de magra densidad demográfica. En instancias decisivas, la directiva solía rematar la localía sin pudor en procura de un botín generoso de taquilla.
Los «Burros» conformaron un batallón combativo que transformó la visita a San Sebastián en un suplicio chino. Soportar cuarenta y tres grados a la sombra con humedad asfixiante requería un temple de subalterno que nunca conoció ascenso.
El matorral árido de los alrededores invitaba a cuestionar la conveniencia de criar vacas o jugar al fútbol a la hora de la siega. Carentes de focos para la noche, el duelo vespertino era un mandato vertical.
Agotado el maná político de su mecenas, se extinguió la aventura sin dejar nostalgia alguna en el aficionado común. Difícil profesar cariño a una divisa tan huérfana de mística y empatía.
Jocoro
El itinerario de los fogoneros roza el disparate: un cuadro extinto luego de cosechar dos subcampeonatos en menos de un decenio. Aquellas finales pasaron a la historia por el paupérrimo papel ofrecido ante rivales de prosapia.
Erigido sobre el empeño artesanal de su caudillo, el club cobijó a forajidos hondureños y forasteros de rendimiento muy aceptable. Tuvo la mala sombra de perecer tras salvar la categoría con hidalguía en la cancha.
Cobijo de menesterosos y trotamundos, Jocoro se moldeó entre muchas privaciones y un pragmatismo feroz. Su logística en el estadio rozaba la indigencia, pero el plantel dejaba la piel por las tortillas y frijoles del día a día.
Únicamente sus allegados añoran este proyecto que brotó de la nada para regresar al "Oblivión". La improvisación constituyó su doctrina fundacional hasta que la soga del destino apretó definitivamente.
Santa Clara
Supo operar como cantera improvisada del seleccionado nacional a comienzos de siglo. La visita a la Hacienda constituía un sumergimiento en el fútbol de precario potrero, amortiguado por la estirpe de figuras como Emiliano Pedrozo.
Emulando la vestimenta de Brasilia, disfrutaba retozando en las catacumbas de la tabla con olímpica indiferencia por el protagonismo. Un elenco que anunciaba su descenso desde la primera fecha del calendario.
Nada ocurre si la memoria no guarda registro de sus hazañas: sobrevivió como una comparsa excéntrica que jamás claudicó ante el infortunio. Nadie podía reprocharle falta de sudor ni desapego a su franela.
Las buenas intenciones resultan insuficientes para permanecer en el circuito de privilegio. Por más bucólico que luzca el entorno, la supervivencia exige bastante más que voluntarismo para evitar el despeñadero.
Atlético Marte
La escuadra bandera, los Mustangs azules, el Bombardero... mentar a Marte es evocar a una aristócrata venida a menos que extravió a casi toda su hinchada tras la firma de los Acuerdos de Paz.
Sobrevivió gracias a la contumacia de un antiguo pope de la Fesfut empeñado en preservar el blasón. Finalmente, agotadas las arcas y la paciencia, el dirigente arrojó la toalla.
El veterano hincha marciano rememora la era dorada en que las contribuyentes financiaban forasteros de categoría. De aquellas hornadas brotaron talentos marcados a fuego para el balompié criollo.
Mauricio Cerritos personifica los últimos destellos de una institución incapaz de seducir a las nuevas camadas, y es que la narrativa popular asoció para siempre la divisa azul con la despiadada autocracia.
ADET
El cuadro de los «Venados» compitió varias veces con un plantel autóctono, hazaña celebrada por la tribuna nostálgica. Aquello no obedeció a la indigencia presupuestal sino a una convicción doctrinaria de su fundador.
Un sondeo ya empolvado de confinamiento reveló que ADET encarna el segundo amor de la vasta afición nacional. La Hacienda El Tránsito, la cancha Hans-Usko y el predio de Las Delicias abrigaron el despliegue de esta modesta comarca.
Cargó con el prejuicio de rival propicio para embolsar puntos sin despeinarse y pese a los recurrentes pronósticos funestos, su semillero nutrió con generosidad y reiteración a las potencias de la primera división.
Un mal día don Héctor Palomo Sol se hastió de formar talentos para terceros y bajó la cortina con silencio y dignidad. Aquella gestión ejemplar continúa encendida aún en el pecho de quienes ya peinan algunas o muchas canas.
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