Elevá una piscucha y dejá que octubre te devuelva a la infancia
Reviví tu infancia con los vientos de octubre y las piscuchas. Conocé cómo se elaboran, qué materiales llevan y cuánto cuestan en El Salvador.
Hay recuerdos que regresan apenas sentís el viento en la cara. La carrera para levantar una piscucha, la pita que soltás poquito a poco y aquella emoción de verla sostenerse en el cielo. Si alguna vez terminaste con la mirada hacia arriba, octubre seguramente te despierta algo de esa infancia.
Con los vientos de este mes, dan ganas de repetir la aventura y compartirla con los más pequeños. Para José Ramiro Peinado Toledo, esa alegría comienza entre varitas, amarres y colores. Él lleva, según cuenta, 50 años elaborando piscuchas y convirtiendo materiales sencillos en figuras que invitan a jugar.
Su historia empezó a los siete años, en La Libertad. De niño visitaba a un señor que las fabricaba y, después de comprarle, se quedaba observando cada movimiento. La curiosidad encontró respuesta cuando aquel hombre le dijo: “Andá a conseguirme varitas y te voy a enseñar”.
Primero aprendió a hacer las cuadradas. Practicó con hojas de periódico y después pasó al papel de china. Cuando su maestro falleció, sus compañeros de escuela comenzaron a encargarle piscuchas. Aquel niño estaba dando sus primeros pasos en un oficio que lo acompañaría durante décadas.
Una oportunidad entre los vientos
Años después, viviendo en la colonia Dina, en San Salvador, Ramiro se quedó sin empleo. Agosto estaba por terminar y pensó en la temporada que se acercaba. Decidió fabricar algunas piscuchas y probar suerte con las ventas.
Se fue al Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán y recuerda que las vendió rápidamente. Aquella respuesta lo animó a continuar. Lo que había aprendido jugando comenzaba a convertirse en una manera de ganarse la vida.

Después llegaron las ganas de experimentar. A los modelos sencillos les sumó corazones, diseños circulares y personajes como los Power Rangers, el Hombre Araña y el Capitán América. Quería que los niños reconocieran las figuras y se entusiasmaran.
Sus hijas también participaron. Ramiro las mandaba a correr para comprobar si las piscuchas volaban. Si levantaban y se mantenían arriba, sabía que iban por buen camino. Hoy ellas viven en Estados Unidos, pero esas pruebas siguen entre sus recuerdos del trabajo en familia.
Varitas, plástico y ganas de crear
Si querés conocer qué lleva una piscucha, los materiales básicos son varitas de bambú previamente cortadas y ajustadas para el vuelo, plástico e hilo de zapatero. Para los recortes y las uniones también se utilizan tijeras y pegamento.
Al momento de elevarla, podés utilizar una tómbola para enrollar y soltar la pita. Pero si no tenés una, basta con llevar el hilo enrollado. La diversión también comienza con esos preparativos, mientras imaginás cómo se verá tu piscucha allá arriba.

La elaboración de una sencilla puede tomar alrededor de media hora. Una más decorada requiere toda una mañana o incluso el día, dependiendo de su tamaño. Cada amarre, recorte y combinación de colores suma tiempo al trabajo.
Ramiro revisa que las varitas tengan las condiciones necesarias antes de armar la estructura. Después toca dar forma y colocar el plástico, que compra en bobinas y selecciona en tonos vivos. Según explica, los modelos circulares requieren especial cuidado para distribuir y sujetar las piezas.
Lo chivo también lleva paciencia
Un Capitán América puede ocuparle toda una mañana. Por eso, cuando alguien se fija únicamente en el material, él recuerda que también está pagando por el trabajo. Cada figura reúne práctica y detalles que no siempre se aprecian a primera vista.
Sus precios habituales van de $1 a $10, según el diseño. Los encargos de mayores dimensiones o con características especiales tienen otros costos. También recibe pedidos que envía a distintos departamentos.

A Ramiro le encanta escuchar a los niños cuando ven sus piscuchas y piden una. También le alegran los saludos de antiguos colaboradores que ahora viven fuera del país y recuerdan el tiempo que trabajaron con él.
Entre las escenas que cuenta está la de un padre que llegó con dos niños, compró una piscucha y les anunció que les enseñaría a volarla. Un encuentro que muestra cómo este juego puede reunir a distintas generaciones.
Soltá pita y compartí el recuerdo
También le preocupa el futuro del oficio. Está dispuesto a enseñar y quisiera que más personas aprendieran. Sabe que conservar ese conocimiento requiere práctica y manos dispuestas a intentarlo.
Tal vez estos vientos sean la excusa para empezar. Elegí los colores, acompañá a tus hijos o buscá a quien salía con vos a jugar. Cuando una piscucha levanta vuelo, también puede regresar aquella emoción de cuando eras cipote y una tarde de octubre te parecía suficiente para ser feliz.
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