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Las unidades de transporte siguen disminuyendo

CRÓNICA | Abordar las unidades de transporte público será cada vez más difícil, sobre todo en el esfuerzo diario por llegar a los lugares de trabajo a ganar el pan de cada día

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Resumen del artículo:

CRÓNICA | Abordar las unidades de transporte público será cada vez más difícil, sobre todo en el esfuerzo diario por llegar a los lugares de trabajo a ganar el pan de cada día

Ante el alza en el precio de los combustibles, varias unidades del transporte público han dejado de circular, un anuncio que el gremio realizó hace algunas semanas con la seriedad del caso. Muchas personas ni se inmutaron ya que, a simple vista, la cantidad de líneas (entendidas como el número de unidades, pues las rutas son el recorrido que realizan) era «poca» como para presagiar el impacto que aquella decisión podría llegar a tener.

Sin embargo, otras líneas han ido recortando la cantidad de unidades (buses o microbuses) que circulan por las calles sin ningún aviso previo a los usuarios.

Esta mañana abordé el colectivo como de costumbre, desplazándome de Santa Tecla hacia San Salvador. Cero novedades en la rutina; ni siquiera sopesé que hubiera algo distinto en la jornada hasta que un detalle rompió el patrón.

Algo no andaba bien. Lunes, alta demanda de transporte, un día laboral cualquiera... pero las unidades que circulaban no parecían pasar con la frecuencia habitual. Esperé entre diez y doce minutos una unidad que suele pasar por la parada apenas cada dos o tres. Aquello se sintió eterno, pero el show apenas comenzaba.

Para poder irme en la primera disponible, además del tiempo de espera, me tocó viajar en el primer escalón del microbús, lo que en el caló popular es la definición más precisa de «ir en la puerta»: una aventura que me tomó unas cuatro paradas más antes de lograr ingresar por completo.

Para cuando pude adentrarme totalmente en el colectivo, el espacio de un metro cuadrado cerca de la puerta de acceso albergaba entre cuatro y cinco personas, un par de ellas colgadas hacia afuera para evitar caer cuando el vehículo se pusiera en marcha. Así avanzamos durante buena parte del trayecto.

Comenzaron las clásicas disputas para abrirse paso entre quienes intentaban bajarse o buscaban un poco más de espacio. Codazos, empujones, algunos educados que pedían permiso y otros que se «deslizaban» entre pisotones o abriendo brechas «suavemente» con los hombros y brazos para abrirse camino adentro.

En la colchoneta a la par del conductor iban dos personas, y una de ellas hasta hacía las veces de cobrador improvisado, pues avanzar hasta la palma del motorista era simplemente inviable para todo aquel que abordara la unidad.

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Foto: elsalvador.com/Archivo

Llegó ese momento en el que cada aceleración o freno brusco se convertía en una oportunidad para que los pasajeros chocaran unos sobre otros. También se dio ese instante —y más pronto de lo esperado— en el que cada nuevo usuario pagaba por la ventanilla opuesta al conductor y le pedía subirse por atrás para que no arrancara antes de tiempo y lo dejara abajo.

Todo esto ocurrió antes de salir de Santa Tecla por completo. Eran las 6:30 a.m. y muchas personas se quedaban en las paradas de autobuses preocupadas por no poder trasladarse, sumidas en la incertidumbre: «¿A qué hora pasará la siguiente?» o «¿Será que lograré subirme, con lo llena que va?».

La metáfora de la lata de sardinas se quedaba corta para aquel colectivo. Una vez más me vi pensando en cómo sería trasladarme en Nueva Delhi o Calcuta, aunque nunca haya estado allá (y espero que así sea). E insisto: todo esto sin haber salido aún de Santa Tecla.

Una odisea que ni Homero hubiese imaginado

Llegó también el momento en que el conductor empezó a suplicar que los pasajeros entraran por completo en la unidad, temeroso de una fuerte infracción por parte de los oficiales de tránsito apostados en un par de paradas que bien podían recordar a Manila o Java.

Sin embargo, el ruego resultaba estéril. Al menos dos personas viajaron colgadas durante cuatro kilómetros; la gente gritaba y presionaba el timbre cada vez que alguien bajaba, y el espacio que se liberaba era ocupado en un parpadeo por otros «afortunados» que, más adelante en la ruta, hallaban la forma de subirse... Dios sabrá cómo.

La lucha grecorromana seguía siendo el deporte de supervivencia para los usuarios que iban de pie, aunque más de alguno que viajaba sentado tuvo que aplicar maniobras de emergencia para salir ileso del trayecto.

En las inmediaciones de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe llegó la primera prueba que auguraba un correctivo para el conductor. Sin embargo, al controlador de la línea no le sorprendió ver a aquella multitud hecha un puño dentro de la unidad y solo le exigió dos cosas al motorista: largarse rápido y no llevar pasajeros en la puerta. La policía presente ignoró la situación.

Arrancó tras haber parado un minuto —o minuto y medio, todo un récord en dicho punto— sin lograr que los pasajeros incrustados en el primer escalón ingresaran del todo. El hombre, desesperado, pidió a gritos que se metieran, pero fue inútil.

Cerca de CAPRES había otro control policial, pero el oficial de turno no advirtió que aquel microbús estaba a punto de escupir gente y provocar un accidente. El motorista vociferó algo, aliviado porque ese checkpoint había sido superado de la manera más absurda posible. En el ámbito deportivo a eso le llaman «el mal del comentarista».

«El mal del comentarista» ocurre cuando un analista evalúa de forma definitiva a un jugador o marcador cuando al partido (generalmente de fútbol) le quedan aún varios minutos por delante. En breve, su premisa queda desbaratada por una acción posterior: «Este jugador ha estado impecable hoy», dice, y segundos después marca un gol en propia puerta.

Pues resulta que, tras pasar CAPRES, en los primeros muracos del Estado Mayor ya estaban otros dos policías de tránsito verificando justo aquello que metros atrás se le había pasado a su compañero. Los agentes le hicieron la señal de alto al microbús al verlo a punto de reventar.

Varios pasajeros protestaron por aquella parada no contemplada en la ruta de nadie, y todos nos preparamos para perder diez o quince minutos. Para nuestra sorpresa, el oficial solo intercedió para que subieran todavía más pasajeros y obligó a quienes quedaban «por fuera» a introducirse a como diera lugar. Consiguió lo primero, pero no lo segundo.

Contra todo pronóstico, la unidad avanzó sin multa —ni siquiera verbal— y prosiguió su camino. Al llegar al Parque Bengoa, el conductor le exigió a un pasajero que se bajara antes de resultar lesionado por ir apoyado en un solo pie y sostenido de un solo brazo en el primer escalón. El hombre descendió nada conforme y el microbús continuó su andar.

Mucha más gente sin conseguir ponerse en marcha

En las cercanías de la Plaza del Divino Salvador del Mundo, muchos pensábamos que la situación mejoraría, pues en esa estación suele bajarse una parte importante del pasaje. Y así fue, pero ingresaron varias personas más para dejar al microbús en las mismas condiciones precarias de hacinamiento.

Aquel deporte extremo obligaba a los usuarios a «desbloquear logros»: esquivar o soportar varios codazos más y hacer la fuerza suficiente para no caer sobre la espalda de alguien, una resistencia semejante a la que se requiere para levantar peso muerto en el gimnasio.

Continuaban las paradas con decenas —si no cientos— de personas intentando abordar: unas con éxito y otras cargándose de paciencia para lograr irse y llegar a tiempo a su destino, o al menos simplemente llegar.

Menos mal las condiciones climáticas acompañaban para airear la unidad; huelga explicar el porqué. Cada ráfaga de viento era la oportunidad de respirar un aire un poco más limpio.

Finalmente, la situación logró aliviarse cerca del Fondo Social para la Vivienda: aquel microbús dejó de ser una lata generosa de conservas tras casi doce kilómetros de recorrido. En ese tramo lo que se complicó fue el tráfico, pero el suplicio de ejercitar deportes olímpicos para la supervivencia había cesado; ahora solo restaba armarse de paciencia.

La falta de suficientes unidades de transporte pasará una factura cada vez más alta a los usuarios. Mientras los precios de los combustibles se mantengan en niveles elevados y no existan medidas suficientes para enfrentar la crisis, más personas se verán en dificultades serias para llegar a sus puestos de trabajo.

Y también para llegar a tiempo. Como consecuencia de las llegadas tardías, vendrán los descuentos en sus nóminas. Madrugar más no resolverá nada si faltan unidades en el colectivo; pronto será del todo insostenible trasladarse a los lugares de trabajo si esta situación no se detiene a tiempo.

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