¡Todo listo para el 15! Roni Matías pone el arte de sus manos en cientos de trajes de cachiporristas
Meses de trabajo en equipo, telas, piedras y creatividad están detrás de los trajes de cachiporras que lucirán cientos de niñas el 15 de septiembre.
En junio, cuando todavía faltan tres meses para que las calles se llenen de bandas de paz y desfiles, en el taller de Roni Matías ya comenzó la temporada patriótica. Las medidas de las niñas se acumulan junto a los diseños, las telas y aplicaciones que esperan convertirse en los trajes con los que cientos de cachiporrista saldrán a desfilar el 15 de septiembre.
Cada vestido tiene un proceso distinto. Hay telas que se reservan con meses de anticipación, piedras que se colocan una a una y diseños únicos para que ninguna institución luzca igual a otra. Cuando llegue el 15 de septiembre, detrás de cada traje habrán quedado días de trabajo y horas de confección y decoración.

Por décadas, en El Salvador, se han confeccionado miles de trajes de cachiporristas para que la independencia se celebre sintiéndose alegre y viéndose acorde al festejo de habernos convertido en una república. Y quienes hacen realidad este vestuario son las manos de modistas, costureras y sastres. Quizá la gran mayoría de estos artesanos lo aprendieron de forma empírica, de generación en generación.
Roni Matías Mendoza tiene 27 años y llegó a este oficio casi como una consecuencia natural de una afición que lo acompañó desde niño. Sus padres todavía guardan dibujos que hacía cuando era pequeño, una señal de que la moda ya ocupaba un espacio en su imaginación mucho antes de convertirse en su trabajo.
Comenzó estudiando idiomas, pero a mitad de la carrera decidió cambiarse a moda y además de diplomados, ahora lleva tres años estudiando en la Universidad Francisco Gavidia. Después de la pandemia, entre 2021 y 2022, dejó otros empleos para dedicarse por completo a la confección. Cuando comenzó, el taller era apenas un proyecto familiar.
“Al principio solo éramos mi mamá y yo”, recuerda. Con el crecimiento de los pedidos se fueron incorporando más personas hasta formar un equipo de más de 10 trabajadoras que son parte de su familia y conocidas, entre quienes se encargan de la confección y quienes trabajan en los detalles manuales. También su padre encargado de cuestiones más logísticas.

La historia con las cachiporras comenzó alrededor de 2021, cuando confeccionó los trajes para un grupo de seis niñas. Eran vestidos azules. Después llegaron otros grupos ya que las instructoras comenzaron a recomendar su trabajo y, de una institución, el pedido llevó a otro.
Ahora, durante la temporada, el taller puede trabajar con unas 35 instituciones de diferentes puntos del país. Hay grupos de cinco cachiporras y otros que reúnen a más de 30. En una de las instituciones que atienden, por ejemplo, son alrededor de 70 niñas que modelarán sus vestidos.
Trajes que hacen feliz a niñas de zonas rurales y urbanas
Para muchas niñas, participar como cachiporrista durante las fiestas patrias es una experiencia que esperan durante meses. No importa si forman parte de una institución de la zona urbana o de una comunidad rural, cuando llega el momento de ponerse el traje, maquillarse, peinarse y tomar la batuta, la ilusión es la misma.
Esa emoción también es parte de lo que Roni observa desde su taller. Después de semanas de trabajo, llega uno de los momentos que más disfruta de su oficio: entregar los vestidos y ver cómo cambian las expresiones de las niñas cuando finalmente se los prueban.
“Una de las cosas que te llena es cuando vos ves la reacción de la niña cuando tiene el vestido puesto”, cuenta. Algunas se miran y dicen que se sienten bonitas. Otras comienzan a dar vueltas para ver cómo se mueve la falda o cómo luce el conjunto completo.
Ese sentimiento ayuda a entender por qué las familias deciden invertir en estos vestuarios. Aunque el traje tenga como principal escenario los desfiles de septiembre, para muchas niñas representa también un recuerdo de su infancia y una forma de participar en una tradición que se ha transmitido entre generaciones.
Detrás de esa ilusión también están las familias. Comprar un traje de cachiporrista representa una inversión y, en algunos casos, implica hacer un esfuerzo económico para que las niñas puedan participar con el vestuario que desean. Roni lo sabe y por eso trabaja con diferentes presupuestos, de acuerdo con las posibilidades de cada institución.
Su clientela no se concentra únicamente en San Salvador. El taller también recibe pedidos de instituciones de otros departamentos y de zonas rurales. Matasano, por ejemplo, es una de las instituciones con las que trabaja desde hace tres años.

El sello de Roni Matias: extravagante, único y, quizás, con mucho brillo
“El 15 de septiembre al fin de todo es un carnaval”, dice Roni Matías cuando explica por qué sus diseños tienen tanto brillo, color y elementos que buscan destacar. Para él, los vestuarios tienen que responder a la naturaleza de la celebración y permitir que cada institución pueda reconocerse entre los diferentes grupos que participan en los desfiles.
El brillo, las piedras, los colores y las aplicaciones dejaron de ser únicamente adornos para convertirse en parte de la identidad de cada grupo. Con los años, sus diseños han ido ganando elementos: capas, guantes, piezas convertibles y combinaciones de colores menos habituales en los trajes tradicionales.
“Cuando iniciamos los vestidos no eran tan extravagantes. Sí llevaban brillo, pero no era tan despampanante”, explica. La evolución también ha estado marcada por las propias expectativas de las instituciones. Después de entregar un vestido que genera entusiasmo, dice, aparece el reto de superar el diseño del año anterior.

Por eso, cada temporada implica pensar en algo diferente. Este año, por ejemplo, algunas de las propuestas incluyen vestidos que pueden transformarse hasta tres veces, mientras otros incorporan guantes o detalles que se salen de lo que tradicionalmente se espera de un traje de cachiporra. La intención es que, aun cuando varias instituciones coincidan en un mismo desfile, cada una pueda ser reconocida por su vestuario.
Los colores también cuentan parte de esa historia. El rojo, el azul y el blanco siguen siendo de los más solicitados, pero este año el menta, el lila y los tonos zafiro comenzaron a abrirse espacio entre los pedidos. Son combinaciones que permiten conservar algunos elementos asociados a las fiestas patrias, pero con una propuesta diferente.
No solo el vestido, también las botas y el peinado
El trabajo de Roni no termina cuando el último detalle del vestido queda cosido. Con los años, el taller ha ampliado el servicio para ofrecer a las instituciones prácticamente todo el vestuario que necesitan para el desfile: vestidos, shorts, tocados, sombreros, tiaras, botas y, cuando se solicita, hasta las batutas. Para los grupos de banda también confeccionan piezas como kepis, jumpers, chaquetas y otros elementos del uniforme.
Para completar el conjunto, Roni también coordina los servicios de maquillaje y peinado. En algunas instituciones, su equipo llega el propio 15 de septiembre para preparar a las niñas antes de salir al desfile. Son jornadas que requieren movilizar a varias personas y organizar el trabajo con anticipación para que todas estén listas a tiempo.
Las botas, por su parte, forman parte de una alianza que Roni ha construido con un zapatero. Desde hace aproximadamente tres años trabaja con Don Herbert, quien se encarga de confeccionarlas de acuerdo con las necesidades de cada diseño. La colaboración permite que el calzado mantenga la misma línea del vestuario y que las instituciones puedan recibir un conjunto pensado como una sola propuesta.
Lo que comenzó como un taller en el que solo trabajaban Roni y su mamá se ha convertido en una cadena de producción alrededor de los desfiles. Hay quienes cosen, quienes se encargan de los detalles manuales, quienes maquillan y peinan y colaboradores externos que completan las piezas. Todo converge en una misma fecha: el 15 de septiembre, cuando meses de trabajo dejan de estar dentro del taller y pasan a las calles.
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