Mapa

Especial Mundial 2026 Terremotos Lluvias Hospital Rosales Empleos El Salvador Viviendas El Salvador Centro Histórico

Banner versión desktop Banner versión móvil
La plaza Libertad, en el Centro Histórico de San Salvador, luce rodeada de Terminalia ivorensis, el árbol africano de Don Alberto. /Foto Miguel Lemus

El árbol africano que viajó escondido y hoy da sombra en San Salvador

La Terminalia ivorensis llegó a El Salvador desde África y hoy da sombra en San Salvador. Don Alberto cuenta la historia detrás de este árbol.

Avatar del autor
0:00
Escuchar artículo

La Terminalia ivorensis en El Salvador tiene una historia tan singular como emotiva. Este árbol africano, conocido por algunos como el árbol de Don Alberto, llegó al país desde Costa de Marfil gracias a Alberto Harth Deneke, arquitecto y urbanista salvadoreño que quedó fascinado por su forma escultórica, sus ramas horizontales y su potencial para transformar el paisaje urbano de San Salvador.

Don Alberto señala una Terminalia ivorensis en la plaza Libertad, donde estos árboles ya son parte del paisaje urbano. /Foto Miguel Lemus
Don Alberto señala una Terminalia ivorensis en la plaza Libertad, donde estos árboles ya son parte del paisaje urbano. /Foto Miguel Lemus

La historia tiene algo de aventura, algo de intuición y mucho de memoria urbana. No empezó en un vivero salvadoreño ni en un proyecto formal de paisajismo, sino durante una etapa profesional de Don Alberto en África Occidental, cuando trabajaba con el Banco Mundial. Fue en 1990, según recordó en entrevista, cuando fue nombrado jefe de división de infraestructura de esa región y se encontró con unos árboles que le parecieron extraordinarios.

“Había una colonia residencial con unos árboles hermosos”, contó. La imagen se le quedó grabada por una razón muy concreta: la estructura de sus ramas. “Eran una estructura distintiva como ramas horizontales”, explicó. Para un arquitecto formado también en paisajismo, aquella silueta no era solo vegetación: era forma, proporción, ritmo y presencia.

Descubre la historia de cómo la Terminalia ivorensis, un árbol originario de África, llegó a San Salvador y terminó convirtiéndose en parte del paisaje de la capital. Video: ElSalvador.com / Diana Anzora.

El origen de un amor por las plantas

Antes de aquel viaje, la relación de Don Alberto con el mundo vegetal ya venía de lejos. Durante sus años de estudio en California, mientras se formaba en arquitectura, trabajó en un vivero. Allí empezó a desarrollar una sensibilidad especial por las plantas y los árboles.

Las Terminalia ivorensis ofrecen sombra y frescura a quienes descansan en la plaza Libertad, en el Centro Histórico.
Las Terminalia ivorensis ofrecen sombra y frescura a quienes descansan en la plaza Libertad, en el Centro Histórico. /Foto Miguel Lemus

“Ahí fue donde empecé, me empecé a enamorar de las plantas”, dijo. También recordó que en la universidad recibió dos años de paisajismo y que uno de sus profesores llevaba a los estudiantes a dibujar calles y árboles los sábados. Aquellos ejercicios, que podrían parecer simples prácticas académicas, terminaron afinando su mirada.

Por eso, cuando vio la Terminalia ivorensis en Abiyán, Costa de Marfil, no la observó como un turista distraído. La vio como alguien que entiende que un árbol también puede ordenar un espacio, dar carácter a un lugar y convertirse en una presencia memorable dentro del paisaje.

Su impulso fue inmediato. Cortó una ramita, fue a un vivero y pidió tres arbolitos iguales. “Deme tres de estos arbolitos”, recordó que dijo en una entrevista exclusiva con elsalvador.com. En bolsas plásticas, con apenas unos 50 centímetros, aquellas tres plantas iniciaron un viaje que años después tendría consecuencias visibles en distintos puntos de San Salvador.

En la zona de Millennium Plaza, colonia Escalón, la Terminalia ivorensis aporta sombra y carácter al paisaje urbano.
En la zona de Millennium Plaza, colonia Escalón, la Terminalia ivorensis aporta sombra y carácter al paisaje urbano. /Foto Miguel Lemus

Tres plantas en una maleta

La parte más novelesca de la historia ocurrió antes de llegar a El Salvador. Don Alberto vivía en Washington y sabía que ingresar material vegetal a Estados Unidos estaba restringido. Aun así, decidió intentarlo.

“Yo vivía en Washington, sabiendo que era prohibido entrar material vegetal”, relató. La solución que se le ocurrió fue quitarles toda la tierra a las plantas en la tina del hotel, lavarles las raíces y envolverlas en papel periódico mojado. Luego puso las tres plantas juntas, las metió en una bolsa plástica y escondió esa bolsa dentro de otra con ropa sucia.

El primer momento de tensión fue el paso por Frankfurt. “Mi primer miedo fue Alemania”, contó. La maleta pasó sin problemas. Después vino el segundo punto crítico: Washington. “Mi segundo miedo fue Washington”, recordó, porque pensó que podían multarlo por introducir plantas vivas.

Pero tampoco ahí detectaron las Terminalia ivorensis. Ya en su casa, volvió a sembrarlas en bolsas con tierra y esperó su próximo viaje a El Salvador. Cuando llegó el momento, repitió el mismo procedimiento y finalmente introdujo los tres arbolitos al país. Los sembró en un terreno que tenía en Lomas de Altamira, en San Salvador.

El árbol que comenzó a multiplicarse

Al principio, Don Alberto quería reproducir la especie, pero no encontraba cómo. Intentó hacer acodos y sembrar semillas, sin lograr resultados. Hasta que un día notó algo inesperado: las semillas que caían solas sobre la grama empezaban a germinar.

“De repente descubrí que las semillas, ellas solas germinaban al caer en la grama”, contó. A partir de ese momento comenzó a recogerlas y regalarlas a amigos, parientes y viveristas conocidos. Su intención era compartir un árbol que le parecía especial, no iniciar una transformación silenciosa del paisaje urbano.

Arquitecto y urbanista, Don Alberto convirtió su amor por los árboles en una huella viva dentro del paisaje salvadoreño. /Foto Miguel Lemus

Con el paso del tiempo, la Terminalia ivorensis empezó a circular. Se volvió popular en viveros y jardines. Hoy, según el propio Don Alberto, se encuentra no solo en San Salvador, sino también fuera de la capital. Él lo cuenta con humor: “Si le hubiera cobrado 10 centavos por cada semilla, sería millonario”.

A esa expansión se suma una anécdota que le da a la historia un encanto particular. En los recorridos por el Centro Histórico, al salir de la Iglesia El Rosario hacia la Plaza Libertad, algunos guías han señalado esos árboles como “el árbol de Don Alberto”. Para él, escucharlo ha sido motivo de risa, sorpresa y orgullo.

Una escultura viva en la ciudad

¿Qué tiene la Terminalia ivorensis para llamar tanto la atención? Don Alberto lo resume en su forma. “Yo creo que es la forma, que las ramas son horizontales”, explicó. Esa estructura por capas le da una apariencia ordenada, casi escultórica, especialmente cuando el árbol crece solo y tiene espacio suficiente para desarrollar su copa.

Él mismo le ha puesto un nombre más cercano: “almendrito africano”. Lo asocia con el almendro de mar, porque pertenece a la misma familia, que son árboles de ramas extendidas y hojas reconocibles. “La hoja es igual, solo que pequeña. La almendra es igual, solo que pequeña”, describió.

En la Plaza Libertad, dice, puede apreciarse esa cualidad ornamental. “Es como una escultura porque es bien estructurado y uno reconoce la forma desde lejos”, afirmó. Esa es, quizá, la razón por la que la especie terminó conquistando a viveristas, paisajistas aficionados y personas que querían un árbol diferente para sus espacios.

Sin embargo, su belleza trae una condición: necesita amplitud. No es un árbol para sembrar en cualquier rincón ni para tratar como una planta decorativa de escala pequeña. La Terminalia ivorensis puede ser espléndida, pero requiere espacio para crecer con equilibrio.

El árbol correcto en el lugar correcto

En la entrevista, Don Alberto insistió en una idea esencial para cualquier persona que quiera sembrar árboles: no basta con elegir una especie bonita; hay que saber si el lugar es adecuado. Citó un dicho en inglés que aprendió entre amantes de los árboles: “The right tree in the right place”, es decir, el árbol correcto en el lugar correcto.

Esta Terminalia ivorensis tiene más de 20 años y crece en un amplio jardín cerca del Lago de Coatepeque.
Esta Terminalia ivorensis tiene más de 20 años y crece en un amplio jardín, en casa de la artista Negra Álvarez, cerca del Lago de Coatepeque. / Foto cortesía

Su reflexión nace de lo que ha visto en San Salvador. Aunque se siente orgulloso de que la Terminalia ivorensis se haya multiplicado, también reconoce que muchos ejemplares han sido sembrados en sitios inapropiados. “Me siento orgulloso por una parte, pero triste porque no lo han sembrado en el lugar indicado, en varios de los casos”, dijo.

Mencionó como ejemplos los arriates pequeños, donde las raíces no tienen suficiente espacio. Según explicó, las raíces pueden extenderse varios metros y, si el árbol se planta muy cerca de aceras, cordones o construcciones, puede causar problemas. Para él, el error ha sido tratar de acomodar un árbol de gran presencia en espacios que no fueron pensados para recibirlo.

Por eso, su consejo es sembrarlo solo, en áreas amplias, donde pueda crecer sin competir con edificios, aceras o infraestructura urbana. En jardines grandes, fincas, parques o espacios abiertos, la Terminalia ivorensis puede lucirse como lo que es: una pieza viva de arquitectura natural.

Una huella verde que permanece

Los tres primeros árboles que Don Alberto sembró en Lomas de Altamira ya no existen. Contó que vendió la casa hace dos años y que la nueva propietaria los cortó para ampliar una terraza. La noticia deja una nota de nostalgia, pero no borra la historia. Aquellas primeras plantas ya habían dejado descendencia.

Hoy, cada vez que alguien reconoce una Terminalia ivorensis en San Salvador, también puede estar viendo el rastro de aquella decisión tomada en África. Un gesto personal, casi íntimo, terminó encontrando lugar en la memoria visual de la ciudad.

A Harth Deneke le emociona especialmente cuando en los tours del Centro Histórico alguien menciona el árbol de Don Alberto. “Lo que me emociona es cuando uno va a un tour de la Plaza de la Libertad y le dicen el árbol de Don Alberto. Y ese Alberto está aquí”, dijo.

La Terminalia ivorensis llegó a El Salvador como una pequeña aventura de viajero. Más de tres décadas después, aquel árbol africano ya no es solo una rareza botánica: forma parte del paisaje que muchos salvadoreños ven todos los días, aunque no siempre conozcan su nombre ni su origen.

Bajo su sombra también crece una historia de curiosidad, memoria y arraigo. La historia de Don Alberto, un arquitecto que vio belleza en un árbol lejano, decidió traerlo al país y, sin imaginarlo, sembró una huella verde que todavía se expande en El Salvador.