Salvadoreño
se escaparía de la horca en
Belice
Ya no le importa estar al
lado de la mugre y el hacinamiento de su celda.
Lo que interesa y le hace feliz ahora es que el
fantasma de la muerte, que ronda sus
sueños desde 1993, está a punto de
partir
Edward
Gutiérrez
El Diario de
Hoy
El
rostro de Nicolás Antonio Guevara no luce
tan triste como en la visita que un periodista
de EL DIARIO DE HOY le hizo en octubre de
1997.
En aquella ocasión se
le veía deprimido por no poder borrar de
su mente la sombra de una cuerda torturando su
cuello.
El salvadoreño
originario de San Sebastián, San Vicente,
había sido condenado a muerte por
ahorcamiento desde el 16 de diciembre de
1993.
Un tribunal beliceño
lo encontró culpable del asesinato, en
1992, de un ciudadano de esta
nación.
Desde entonces y hasta la
fecha, todas las apelaciones e intentos por
anular la sentencia fueron
desfavorables.
El fantasma de la muerte lo
ha perseguido todas las noches, pero esta
continua y desesperante pesadilla estaría
a punto de esfumarse para siempre.
Camino a la
prisión
Es domingo 6 de junio,
día de visita en Hattieville, el penal de
máxima seguridad, ubicado al sur de
Ciudad de Belice.
"Nada de cámaras,
grabadora, papel o lápiz, pues al salir
lo volveremos a registrar, y si le encontramos
algún papel, informaremos de esto a la
embajada salvadoreña", me
advirtió, en español con acento
mexicano, un oficial del penal.
No tenía un permiso
oficial, así que acepté las
condiciones, y una custodio alta y de tez oscura
me condujo hacia la sección de reos
condenados, donde está
Guevara.
"Hey, you, please give me
some money ("Dame algo de dinero")", gritaban
algunos reclusos que se amontonaban hacia los
barrotes. Otros se limitaban a observarme
fijamente con el ceño fruncido, como
queriendo infundirme pavor. Algo de ello
lograron.
"Gabacho, Gabacho, tienes
visita", dijo el carcelero que hablaba
español con acento caribeño.
"Tiene sólo 20 minutos,
¿oká?".
Estaba esperándome
sentado en un banco, tras los fuertes hierros
que apenas nos permitieron estrechar las
manos.
Se veía feliz y
presentí que algo bueno le estaba
sucediendo. Ahí estaba yo para escuchar
las novedades. Un fuerte olor a desinfectante se
filtraba por las rendijas de la celda. "Es que
hoy es día de visita y debe oler bien",
me dijo irónico al observarme
toser.
Por una navidad
diferente
Como ya sabía su
historia y de todos los fracasos judiciales en
Belice y Londres por revocar su
ejecución, le pregunté,
quizás inhumanamente, por la fecha
fatal.
Respiró profundo y me
dijo que tal fecha no existe aún y que
tal vez nunca existirá.
Guevara fue informado por
parte de sus abogados que el próximo mes
habrá una audiencia especial, donde se
podría dejar sin efecto la pena de muerte
a la cual fue sentenciado el 16 de diciembre
1992.
Las leyes de Belice
establecen que si al transcurrir cinco
años de la fecha de la sentencia no se ha
ejecutado al condenado, no se le pude llevar a
la horca.
"Mi caso lo vio la Corte
Británica en apelación, y mi
abogado de derechos humanos me ha dicho que tras
la sentencia pasan 5 años, y si la Corte
no resuelve automáticamente, tengo
derecho a otra pena que no sea la de
muerte".
Este abogado es Simeón
Sampson, quien trabaja en la Comisión de
Derechos Humanos de Belice. El jurista ha
informado a las autoridades consulares de El
Salvador, en este país, que existen
grandes posibilidades de que la condena a muerte
sea cambiada por una condena a
prisión.
La suciedad y el hacinamiento
de la celda parece no importarle ya a
Guevara.
Asegura que se sentirá
dichoso de seguir en prisión, aunque sea
"el resto de mi vida". Han pasado ya cinco
navidades de angustia, pidiéndole a Dios
la oportunidad de seguir viviendo, pues asegura
que no es un asesino como se dice.
Concluyen los 20 minutos de
visita y lo dejo con la esperanza de no tener
que volver a Belice para informar de su
ejecución.