Lo que nos
dejó la Copa
Esta versión de la
Copa América será recordada como
la más destemplada del milenio.
Arrancó con el cúmulo de
expectativas que produce todo evento cumbre,
pero con el correr de las fechas fue dejando un
reguero de desiluciones. Al final, fue
más una explosión de sorpresas que
una muestra de fútbol
grande.
Roberto
Aguila
El Diario de
Hoy
Hay
que comenzar por admitir que esta Copa
América -como todo evento que junta lo
más granado del fútbol de una
región- fue otra vez el escaparate
abierto para la promoción de algunos
genios ignorados que llamaron la atención
y llenaron la gula de los descubridores de
talentos.
Pero más allá
de estos llamativos perfiles individuales, el
fútbol en serio, el que se basa en
conceptos asociados para producir
jerarquía en el funcionamiento colectivo,
pasó desapercibido. Salvo México
que, aunque con intermitencias, tuvo pasajes de
engranaje de equipo para desarrollar su idea
táctica, o Uruguay que juntó la
voluntad con la técnica para plasmar un
trabajo disciplinado que lo condujo a disimilar
su novatez y falta de oficio, el resto fue un
compendio de esfuerzos personales.
En este rubro también
entró Brasil, cuadro que no logró
rescatar su imagen de equipo asociado y
siguió recostando su potencial en el
incuestionable genio de sus individualidades.
Wanderley Luxemburgo, su técnico actual,
liberó a sus hombres de la rigidez del
libreto táctico, pero aun con eso Brasil
no consiguió armonizar una idea
futbolística y tuvo que inventar sobre la
marcha.
Los ensayos de colocar en el
medio campo a Beto por Flavio Conceicao, o a
Alex por Emerson, por ejemplo, no revisten en el
elenco brasileño un cambio radical de
funcionamiento, por más que Luxemburgo
intente una transformación profunda en
cuanto a afirmar el arranque ofensivo. De
ahí que Brasil volvió a ser
principio y fin del esfuerzo individual y la
preocupación insoslayable del rival.
Porque si se obstruye la gravitación de
Rivaldo, entonces se destapa Ze Roberto; si se
sujeta el ida y vuelta de Roberto Carlos, se
despega Emerson o Cafú. Como quien dice,
contra Brasil no hay nada qué hacer
aunque el scratch esté muy lejos del
desarrollo de un fútbol
trascendental.
Las
decepciones
Por tradición e
historia, Argentina fue la más grande
decepción de la Copa. Respaldado por la
base de los mejores jugadores del doble
campeón Boca Juniors, su funcionamiento
tuvo los mismos altibajos del cuadro xeneize,
como es la reiterada tendencia de Riquelme o de
Barros Schelotto de buscar la ubicación
de Palermo como único argumento para
llegar al gol.
Para colmo, la
explotación de las jugadas a balón
parado como solución ofensiva, esta vez
se le negaron con creces. Tres penales errados
ante Colombia no solamente le trajeron la
vergüenza de la derrota, sino que lo
pusieron en el camino de Brasil para ser borrada
de la Copa.
Pero más allá
del traspiés frente a Colombia -que de no
haberse producido probablemente le hubiera
abierto la puerta hacia la final al jugar contra
rivales distintos y menos fuertes-, la verdad
argentina queda enganchada en la falta de ideas
para manejar los partidos. Frente a Brasil, para
citar un caso, al margen de no dejar en la red
del rival su exhuberante dominio desplegado en
el primer tiempo, tampoco supo capitalizar la
ventaja del 1-0 inicial.
La otra decepción fue
Perú, un equipo amparado en la
posesión de la pelota al influjo de su
riqueza técnica pero totalmente incapaz
de sostener ventaja alguna. Sus altibajos fueron
tan relevantes que ni siquiera le dieron vuelo
para liquidar a México en ese 2-0 que le
daba toda la confianza del mundo para liquidar
el partido. En ese camino también estuvo
Paraguay, un dueño de casa que se
tragó la disciplina táctica y el
ardor uruguayo.
Acaso Colombia escape al
concepto de decepción. Porque fue un
equipo que edificó una idea de juego de
mucha solvencia y dejó un sello de
contundencia alrededor de un funcionamiento
encarador y decidido, aun cuando sufrió
una renovación casi total. Por su lado
Ecuador, Venezuela, Bolivia y el invitado
Japón, no pasaron de ser comparsas sin
dinamismo y condenados al fracaso. Chile, aun
cuando fue cuarto, también fue
decepción porque no mostró
progresos.