Lunes 19 de julio


Lo que nos dejó la Copa

Esta versión de la Copa América será recordada como la más destemplada del milenio. Arrancó con el cúmulo de expectativas que produce todo evento cumbre, pero con el correr de las fechas fue dejando un reguero de desiluciones. Al final, fue más una explosión de sorpresas que una muestra de fútbol grande.

Roberto Aguila

El Diario de Hoy

Hay que comenzar por admitir que esta Copa América -como todo evento que junta lo más granado del fútbol de una región- fue otra vez el escaparate abierto para la promoción de algunos genios ignorados que llamaron la atención y llenaron la gula de los descubridores de talentos.

Pero más allá de estos llamativos perfiles individuales, el fútbol en serio, el que se basa en conceptos asociados para producir jerarquía en el funcionamiento colectivo, pasó desapercibido. Salvo México que, aunque con intermitencias, tuvo pasajes de engranaje de equipo para desarrollar su idea táctica, o Uruguay que juntó la voluntad con la técnica para plasmar un trabajo disciplinado que lo condujo a disimilar su novatez y falta de oficio, el resto fue un compendio de esfuerzos personales.

En este rubro también entró Brasil, cuadro que no logró rescatar su imagen de equipo asociado y siguió recostando su potencial en el incuestionable genio de sus individualidades. Wanderley Luxemburgo, su técnico actual, liberó a sus hombres de la rigidez del libreto táctico, pero aun con eso Brasil no consiguió armonizar una idea futbolística y tuvo que inventar sobre la marcha.

Los ensayos de colocar en el medio campo a Beto por Flavio Conceicao, o a Alex por Emerson, por ejemplo, no revisten en el elenco brasileño un cambio radical de funcionamiento, por más que Luxemburgo intente una transformación profunda en cuanto a afirmar el arranque ofensivo. De ahí que Brasil volvió a ser principio y fin del esfuerzo individual y la preocupación insoslayable del rival. Porque si se obstruye la gravitación de Rivaldo, entonces se destapa Ze Roberto; si se sujeta el ida y vuelta de Roberto Carlos, se despega Emerson o Cafú. Como quien dice, contra Brasil no hay nada qué hacer aunque el scratch esté muy lejos del desarrollo de un fútbol trascendental.

Las decepciones

Por tradición e historia, Argentina fue la más grande decepción de la Copa. Respaldado por la base de los mejores jugadores del doble campeón Boca Juniors, su funcionamiento tuvo los mismos altibajos del cuadro xeneize, como es la reiterada tendencia de Riquelme o de Barros Schelotto de buscar la ubicación de Palermo como único argumento para llegar al gol.

Para colmo, la explotación de las jugadas a balón parado como solución ofensiva, esta vez se le negaron con creces. Tres penales errados ante Colombia no solamente le trajeron la vergüenza de la derrota, sino que lo pusieron en el camino de Brasil para ser borrada de la Copa.

Pero más allá del traspiés frente a Colombia -que de no haberse producido probablemente le hubiera abierto la puerta hacia la final al jugar contra rivales distintos y menos fuertes-, la verdad argentina queda enganchada en la falta de ideas para manejar los partidos. Frente a Brasil, para citar un caso, al margen de no dejar en la red del rival su exhuberante dominio desplegado en el primer tiempo, tampoco supo capitalizar la ventaja del 1-0 inicial.

La otra decepción fue Perú, un equipo amparado en la posesión de la pelota al influjo de su riqueza técnica pero totalmente incapaz de sostener ventaja alguna. Sus altibajos fueron tan relevantes que ni siquiera le dieron vuelo para liquidar a México en ese 2-0 que le daba toda la confianza del mundo para liquidar el partido. En ese camino también estuvo Paraguay, un dueño de casa que se tragó la disciplina táctica y el ardor uruguayo.

Acaso Colombia escape al concepto de decepción. Porque fue un equipo que edificó una idea de juego de mucha solvencia y dejó un sello de contundencia alrededor de un funcionamiento encarador y decidido, aun cuando sufrió una renovación casi total. Por su lado Ecuador, Venezuela, Bolivia y el invitado Japón, no pasaron de ser comparsas sin dinamismo y condenados al fracaso. Chile, aun cuando fue cuarto, también fue decepción porque no mostró progresos.


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