Un loco
primerizo
Combinación de
obligación y morbo, el fotoperiodista
Borman Mármol y un servidor accedimos al
deseo de lanzarnos desde cuatro mil pies de
altura, no sin antes someternos a un severo
entrenamiento, con la colaboración de la
Federación Salvadoreña de
Paracaidismo. Al final de la prueba, no
sólo nuestra fe se vio inusitadamente
fortalecida. También entendimos
porqué estos señores se autoapodan
los locos razonables.
Daniel
Herrera
El Diario de
Hoy
"¿Quién
se va a bajar?", preguntó el instructor,
mientras el avión sobrevolaba el
terruño a cuatro mil pies de altura.
Antes de contestarle, eché una ojeada al
altímetro, que escupía el dato
-unos mil doscientos metros- sin pudor. Luego,
abrí la bocota: "Todos, pero en
paracaídas".
El reloj marcaba poco
más de la 1:00 p.m., pero en cosa de
segundos sentí que el Sol no calentaba, y
que el frío calaba hasta los
tuétanos, sobre todo después que
el maestro de salto - al que sólo
recuerdo como "mi capitán"- y de
Francisco Urbina, nuestro instructor a lo largo
de dos semanas, el primero en saltar
sería yo.
"¿Listo?", me
preguntaron, con el pulgar arriba y los
demás dedos apuñados. "Listo",
contesté, pero mientras me acomodaba para
saltar, sentí que el resto de mi cuerpo
era una negación. Lo último que
recuerdo fue haber musitado "Dios, en tus manos
me encomiendo"...
Día y medio de
entrenamiento
Dos semanas antes, sin
medianamente dibujar en nuestros corazones
cómo sería la experiencia, nos
presentamos a la Federación
Salvadoreña de Paracaídismo
(FESAPADE), en la Base Aérea de Ilopango,
para expresar nuestra intención de hacer
un reportaje sobre el ABC de la disciplina.
Ahí, como si se
tratara de enlistarnos para la legión
extranjera, el instructor Francisco Urbina nos
preguntó si padecíamos de
enfermedades broncopulmonares o
cardíacas, amén de si
teníamos perfecta coordinación
psicomotriz. Luego, llenamos una hoja con
nuestros datos personales, y firmamos otra en la
que exhonerábamos a la FESAPADE de toda
responsabilidad a la Federación en caso
de accidente o muerte...
Luego
de esa inquietante cláusula, el novato ya
está listo para un entrenamiento
básico de 40 horas, al final de las
cuales deberá estar capacitado para pegar
lo más cerca posible de una
circunferencia de tela de un diámetro
cercano a los dos y medio metros, denominado
PIT, o punto de impacto en tierra.
En las primeras sesiones, se
nos habló del PIT y de su "hermanita", la
manga de viento, que sirve para identificar en
qué dirección está el
viento. De color llamativo y una longitud que
oscila entre los dos y los tres metros, se
encuentra siempre a la par del PIT.
Atendiendo a la pareja de
herramientas, el paracaidista no debe tener
mayores problemas para saltar, hacer las
piruetas que se le antoje y aterrizar sin
percances.
Primer
enredo
Claro, lo que nunca te
enseñan es a vencer al miedo primigenio
del aventurero primerizo.
Salté, e
inconscientemente cerré los ojos,
abriéndolos hasta cuando sentí el
halón por la pertura del
paracaídas. Fueron acaso cuatro segundos,
pero ese recuerdo durará seguramente toda
mi vida.
Durante el curso se nos dijo
qué hacer en esas primeras fracciones,
pero sinceramente ni me acordé. El
paracaídas seguía con su proceso
de apertura, que en nuestro caso era el de
línea estática, el mismo que se
utiliza en los saltos de combate.
La línea
estática se engancha en el avión y
en el paracaídas. Cuando el deportista
salta, la línea hala el gancho del
paracaídas, que se abre en un lapso de
cuatro segundos.
El
otro sistema de apertura es el
automático, que se estila en los saltos
de caída libre, arriba de tres mil pies
de altura. En este procedimiento, el
paracaidista es quien hala, a una altura de dos
mil 500 pies, el gancho de su equipo, que se
encuentra cerca del muslo derecho.
En ambas modalidades lo
importante es saber qué hacer en el aire,
lo cual depende de las posiciones que el cuerpo
tome. Una mala postura deviene en barrena, que
es como los expertos denominan al descontrol del
principiante. Lo fundamental es lograr la
posición rana, con la que se alcanza
mayor estabilidad en el aire.
Durante los entrenamientos
también se nos dijo que podíamos
recurrir a otras posiciones, como la cruz
francesa -que se logra abriendo las piernas y
los brazos extendidos a la altura de los
hombros- y la de track horizontal o vertical,
que permite desarrollar una velocidad de 300
millas por hora.
Cuando se tiene el Cerro San
Jacinto a tus pies, y las nubes parecen dulces
de algodón al alcance de tu mano,
aquellos datos no parecen tener la mínima
importancia. Sin embargo, levante la mirada,
acaso esperando saludar a un ángel, y me
di cuenta que había un enredo debajo del
slider, la parte del equipo que permite separar
el conjunto de líneas que despliegan la
cúpula. En teoría, esa
irregularidad era motivo de emergencia, y
debía deshacerme del paracaídas
principal e inmediatamente sacar el de
emergencias.
Me calmé y
traté de pensar. Fugazmente las clases
comenzaron a recorrer mi memoria y se detuvieron
en la respuesta correcta: la cruz francesa.
Comencé a dar vueltas hasta lograr
desenredarme. Dí gracias a Dios cuando ya
todo estaba perfecto.
¿A
salvo?
Mis manos temblaban. El
frío seguía conmigo, pero el miedo
había dado paso a la tensión y a
una calma que no imaginé. El siguiente
paso era desprender los tocles de control para
poder maniobrar el paracaídas.
Los
tocles de control se ocupan para maniobrar
cuando ya se viene en el aire. Se cruza a la
derecha o izquierda, o se frena,
halándolos juntos. Su posición es
justo entre el conjunto de líneas que,
como los rayos de un paraguas, permiten dilatar
la cúpula, en la medida que se va
llenando de aire, y el contenedor, un poco
arriba de la cabeza.
Empero, todavía no
había logrado la máxima
tranquilidad y no podía desprender los
controles con una sola mano. Tuve que recurrir a
las dos para primero soltarlos, y después
las introduje cada una en su control hasta la
altura de las muñecas. Ubiqué la
zona de seguridad y la tranquilidad
comenzó a morar en mí.
Ya con el paracaídas
abierto, la sensación es distinta. Es
como un abrazo celestial, como si algo te
sostuviera con la seguridad de que no te va a
soltar nunca. Pude disfrutar el paisaje, con el
silencio como mi única
compañía.
Maravillosas son tus
obras
Tuve referentes: el cerro de
San Jacinto, el lago de Ilopango, el
volcán de Quezaltepec... Todo aquello
trajo a mi mente la impresión de
qué tan pequeños somos. Demasiado
pequeños.
Después de contemplar
por un momento la naturaleza, volví a
concentrarme en lo que estaba haciendo. Me
percaté que dos paracaídas estaban
por caer, y que el otro estaba a varios metros
de distancia de la zona de seguridad.
Era mi compañero
Borman Mármol, y me imaginé que
había tenido emergencia. Borman tuvo que
soltar su paracaídas principal y sacar el
de reserva.
Sentía mis piernas
dormidas de tanto traerlas juntas y las separaba
para ver si se me despertaban. Mi caída
fue de pie, gracias a que acaté las
indicaciones de Francisco Urbina, que me
dirigía con los banderines de
señal.
Mi primera acción en
tierra fue acostarme y relajarme, pero las
diferentes sensaciones no me hacían
reaccionar ni creer lo que había pasado:
alegría, incredulidad,
satisfacción. Caí en la cuenta que
lo había logrado.
"Por
esto veía el gozo en sus rostros cuando
saltaban del avión o cuando cuentan sus
experiencias... es radical", le dije a
Francisco, mientras él me preguntaba
cómo había estado el vuelo y si
había tenido alguna emergencia.
Aún debíamos
realizar dos saltos, y volvimos a prepararnos
para saltar de nuevo. Llegamos hasta la sede de
la FESAPADE, pero Francisco nos esperó
con algo de desazón para informarnos que
el avión tenía
desperfectos.
"Señores, hasta
aquí llegan los saltos. Estas son
señales: la emergencia de Borman, los
desperfectos del avión, etcétera.
Es mejor entenderlas", dijo. Todos asentimos, no
sin algo de desconsuelo. Aquella
sensación de volar, arriesgando la vida
en unos segundos, para luego caminar sobre el
cielo, es contagiosa y adictiva.
"¿Qué dice, se va a
bajar?".
Utilitario
El paracaidismo de
caída libre sólo se practica en
dos lugares:
1. El Comando de Fuerzas
Especiales (CFE) da instrucciones de
paracaidismo sólo en operaciones
tácticas. Es exclusivo para
militares.
2. La Federación
Salvadoreña de Paracidismo y Aerodeporte.
El objetivo es fomentar el paracaidismo como
práctica deportiva. Las edades para
practicar el paracaidismo son de 16 a 18
años con el consentimiento de los padres
y un permiso notarial, y de 18 años en
adelante.
Los requisitos son
afiliación, dos fotografías
tamaño cédula de frente y una
fotocopia de cédula. La
instrucción y los equipos
(paracaídas, cascos, guante, lentes
gabachas, etc.) corren por cuenta de la
FESAPADE. El tiempo de duración del curso
es de 35 horas. El precio del curso es de
¢2,105 colones, que sirve para el alquiler
del avión.
Modalidades
1. Precisión: esta
modalidad se utiliza en competencias a nivel
mundial. Consiste en realizar un descenso
vertical con el paracaídas sobre un punto
de tres centímetros de diámetro y
tocarlo con el talón. En esta se puede
competir individulamente y por equipos. El jefe
de equipo decide a qué altura
deberán saltar.
2.
Trabajo relativo: también a nivel
mundial. Consiste en formar diversas figuras en
el aire sin abrir el paracaídas. Esta es
por equipos, conformados de dos o más
miembros. En la actualidad se cuenta con un
récord mundial de 300
paracaídistas tomados de las manos, en el
que formó parte un miembro de
FESAPADE.
3. Trabajo relativo de
cúpula: se lleva a cabo con el fin de
formar figuras en el aire con el
paracaídas abierto. En competencias
nacionales o internacionales se realizan,
generalmente, como demostraciones. Algunas
figuras formadas son la escalera, el diamante y
el doble diamante.
4. Estilo libre: es una
competencia individual, cuyo patrón es de
16 segundos de tiempo límite para
realizar un giro de 360 grados a la derecha,
otro a la izquierda, un lup hacia adelante
(vuelta de gato) y un lup hacia
atrás.
5. Tándem: Es un salto
de dos personas en un solo paracaídas. Se
utiliza un paracaídas
especial.