Un dérbi
malogrado
El clásico capitalino no
terminó bien. Cinco expulsiones de Marte
obligaron a suspenderlo a seis minutos del
final.
Roberto
Aguila
Cuando
sobre el '84 se fue expulsado Guillermo
Morán, dejando a Marte con seis hombres e
inhabilitado reglamentariamente para seguir
jugando, consideramos que estábamos
asistiendo a un injusto epílogo para un
clásico que quince minutos antes era un
encuentro aceptable.
Alianza, con la necesidad de ganar para
seguir en lucha tras su clasificación,
había realizado un primer tiempo de mucha
entrega y se había puesto a ganar de
entrada con dos goles de Raúl Falero a
los '2 y '5.
Y revestido de suficiencia
futbolística y de tranquilidad por la
ventaja tempranera, el cuadro albo había
seguido manejando los hilos de su funcionamiento
con la calidad de Alejandro Curbelo, metido
allá en el fondo para darle solvencia a
la zaga y para afirmar la salida.
Esa suficiencia Alianza la había
sabido prolongar a través de Alvaro
Motta, Alexander Pinto y Juan Carlos Serrano
para conectarse con los delanteros y crear un
permanente ataque que si bien no le
permitió sumar más goles, al menos
le sirvió para mantener a Marte tirado
atrás y sin organizar su salida.
La hegemonía alba duró hasta
los treinta minutos iniciales, hasta que el
equipo marciano comenzó a darse cuenta
que tenía recursos para mantener la
pelota para asociarse en el toque y acercarse al
área blanca con mejor sentido de
organización. Entonces el partido
pasó a nivelarse, con un Marte que paso a
paso se aproximaba al descuento.
Segunda etapa azul
Toda la recomposición de sus filas que
el cuadro marciano había insinuado antes
de irse al descanso, se volvió plena
apenas se abrió la segunda etapa. Y fue
tan sustancial la levantada marciana, que al
primer minuto de juego José
Martínez ponía el descuento.
Y a gol del empate, Marte abrió toda
la calidad de sus hombres para adueñarse
de la pelota, usar el toque como arma
fundamental para establecer un dominio total, y
volcarse sobre el arco de Alianza. En esos
instantes la gestión ofensiva de Mario
Pablo Quintanilla, iniciada y resuelta sobre la
banda derecha, era sencillamente imparable.
Lamentablemente Marte se perdió varias
opciones de gol creadas, y todo su
dominió terminó sirviéndole
nada más que para conseguir el empate. Lo
marcó Emiliano Pedrozo, justamente
cabeceando un centro de Quintanilla al '63.
Sin embargo, un error mental de su zaga
tiró al traste todo el gran dominio
marciano, cuando Adonay Martínez
apareció por la izquierda y su zurdazo no
pudo ser tapado por nadie y marcó el 3-2
para Alianza.
Después llegaron las expulsiones para
Atlético Marte que acabaron con el
espectáculo y con el partido. El cuadro
marciano, ya con siete hombres enfrentando a los
once de Alianza, aceptó el cuarto gol
albo convertido por Falero. Dos minutos
más tarde, se terminó todo.
Decididamente lamentable.
¿Quién es el culpable?
En el papel, y según las Bases de
Competencia del Apertura 2000, Marte
perderá tres puntos, de los 15 que
tenía, por no haber terminado el juego
debido a la expulsión de cinco de sus
jugadores.
Algunos apuntan el dedo hacia los mismos
jugadores, acusándolos de falta de
profesionalismo para manejarse en circunstancias
adversas. Otros señalan al
árbitro, Edgar Ramírez, como
responsable directo del relajo, por no usar
tácticas disuasivas con los jugadores
para parar el juego fuerte y usar las tarjetas
rojas como recurso extremo.
De alguna manera la razón asiste a
unos y otros. Sólo que en este caso hay
que considerar algunos atenuantes para los
jugadores. Por ejemplo, toda expulsión
drástica genera actitudes negativas en
hombres acalorados que, con razón o sin
ella, propugnan porque se les haga justicia.
La reacción de Mario Pablo
Quintanilla, cuando tiró la pelota
furioso por la expulsión de su
compañero Carlos Orellana, entra en esas
reacciones -"normales", diríamos- propias
de un hombre que se siente dañado.
La expulsión de José
Martínez, que le tiró un codazo a
un rival, sí nos parece censurable,
porque fue una reacción inapropiada
cuando se jugaba con cierta normalidad. La
quinta expulsión, la de Guillermo
Morán, fue algo antojadizo.
En cuanto a Edgar Ramírez, el
árbitro, lo suyo no es otra cosa que la
herencia ingrata de una formación
prpfesional tendiente a corregir todo a pura
tarjeta, sin agotar las recursos para meterse de
lleno en el espectáculo y sacar un
partido limpio. Habrá que ver su informe
para saber qué criterio utilizó
para expulsar a Morán, ya que
aparentemente lo echó por
acumulación de tarjetas amarillas cuando
no estaba amonestado.