Viernes 24 de noviembre 2000


Un dérbi malogrado

El clásico capitalino no terminó bien. Cinco expulsiones de Marte obligaron a suspenderlo a seis minutos del final.

Roberto Aguila

Cuando sobre el '84 se fue expulsado Guillermo Morán, dejando a Marte con seis hombres e inhabilitado reglamentariamente para seguir jugando, consideramos que estábamos asistiendo a un injusto epílogo para un clásico que quince minutos antes era un encuentro aceptable.

Alianza, con la necesidad de ganar para seguir en lucha tras su clasificación, había realizado un primer tiempo de mucha entrega y se había puesto a ganar de entrada con dos goles de Raúl Falero a los '2 y '5.

Y revestido de suficiencia futbolística y de tranquilidad por la ventaja tempranera, el cuadro albo había seguido manejando los hilos de su funcionamiento con la calidad de Alejandro Curbelo, metido allá en el fondo para darle solvencia a la zaga y para afirmar la salida.

Esa suficiencia Alianza la había sabido prolongar a través de Alvaro Motta, Alexander Pinto y Juan Carlos Serrano para conectarse con los delanteros y crear un permanente ataque que si bien no le permitió sumar más goles, al menos le sirvió para mantener a Marte tirado atrás y sin organizar su salida.

La hegemonía alba duró hasta los treinta minutos iniciales, hasta que el equipo marciano comenzó a darse cuenta que tenía recursos para mantener la pelota para asociarse en el toque y acercarse al área blanca con mejor sentido de organización. Entonces el partido pasó a nivelarse, con un Marte que paso a paso se aproximaba al descuento.

Segunda etapa azul

Toda la recomposición de sus filas que el cuadro marciano había insinuado antes de irse al descanso, se volvió plena apenas se abrió la segunda etapa. Y fue tan sustancial la levantada marciana, que al primer minuto de juego José Martínez ponía el descuento.

Y a gol del empate, Marte abrió toda la calidad de sus hombres para adueñarse de la pelota, usar el toque como arma fundamental para establecer un dominio total, y volcarse sobre el arco de Alianza. En esos instantes la gestión ofensiva de Mario Pablo Quintanilla, iniciada y resuelta sobre la banda derecha, era sencillamente imparable.

Lamentablemente Marte se perdió varias opciones de gol creadas, y todo su dominió terminó sirviéndole nada más que para conseguir el empate. Lo marcó Emiliano Pedrozo, justamente cabeceando un centro de Quintanilla al '63.

Sin embargo, un error mental de su zaga tiró al traste todo el gran dominio marciano, cuando Adonay Martínez apareció por la izquierda y su zurdazo no pudo ser tapado por nadie y marcó el 3-2 para Alianza.

Después llegaron las expulsiones para Atlético Marte que acabaron con el espectáculo y con el partido. El cuadro marciano, ya con siete hombres enfrentando a los once de Alianza, aceptó el cuarto gol albo convertido por Falero. Dos minutos más tarde, se terminó todo. Decididamente lamentable.

¿Quién es el culpable?

En el papel, y según las Bases de Competencia del Apertura 2000, Marte perderá tres puntos, de los 15 que tenía, por no haber terminado el juego debido a la expulsión de cinco de sus jugadores.

Algunos apuntan el dedo hacia los mismos jugadores, acusándolos de falta de profesionalismo para manejarse en circunstancias adversas. Otros señalan al árbitro, Edgar Ramírez, como responsable directo del relajo, por no usar tácticas disuasivas con los jugadores para parar el juego fuerte y usar las tarjetas rojas como recurso extremo.

De alguna manera la razón asiste a unos y otros. Sólo que en este caso hay que considerar algunos atenuantes para los jugadores. Por ejemplo, toda expulsión drástica genera actitudes negativas en hombres acalorados que, con razón o sin ella, propugnan porque se les haga justicia.

La reacción de Mario Pablo Quintanilla, cuando tiró la pelota furioso por la expulsión de su compañero Carlos Orellana, entra en esas reacciones -"normales", diríamos- propias de un hombre que se siente dañado.

La expulsión de José Martínez, que le tiró un codazo a un rival, sí nos parece censurable, porque fue una reacción inapropiada cuando se jugaba con cierta normalidad. La quinta expulsión, la de Guillermo Morán, fue algo antojadizo.

En cuanto a Edgar Ramírez, el árbitro, lo suyo no es otra cosa que la herencia ingrata de una formación prpfesional tendiente a corregir todo a pura tarjeta, sin agotar las recursos para meterse de lleno en el espectáculo y sacar un partido limpio. Habrá que ver su informe para saber qué criterio utilizó para expulsar a Morán, ya que aparentemente lo echó por acumulación de tarjetas amarillas cuando no estaba amonestado.


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