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COREA-JAPÓN 2002

 

El respeto a la identidad

Los jugadores brasileños tardaron en meterse en el corazón de la “torcida” en este Mundial, pero cuando sacaron ese fútbol que los caracteriza, cuando respetaron su identidad, esa misma hinchada ahora los idolatra

EL PAIS
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Alrededor de Ronaldo ha habido una noticia cada día en el Mundial, pero ninguna llenaba la portada. Foto EDH / AP

Los brasileños tardaron en dejarse cautivar por su selección. Pero ahora, todo es fiesta: pese a todo, mucho se salvó del viejo y hermoso fútbol de siempre. Hay confianza frente al juego mecánico y gris de los alemanes.

La verdad es que, para Brasil, el Mundial del 2002 empezó en la madrugada brasileña del viernes 21 de junio, cuando la canarinha dio la vuelta al partido y derrotó a Inglaterra por dos goles a uno.

Hasta entonces, lo que hubo fue más bien la búsqueda afligida de algo aparentemente intangible (quizá una táctica o un conjunto) para los jugadores, y una prueba de nervios para 170 millones de brasileños.

Los tres partidos de la primera fase confirmaron, en buena medida, los temores nacionales: la selección se resumía a una defensa bizarra, un mediocampo inexistente, tres atacantes de brillo único, dos laterales de inmensa habilidad, y un entrenador digno del peor calificativo que por aquí se les dedica: “burro”.

Luego vino Bélgica. Una vez más, el equipo no convenció a nadie, y eso que Brasil iba por su cuarta victoria. Hubo algunas jugadas excepcionales, desde luego. Pero eso es poco para un público que no admite otra cosa que un promedio de 60 minutos excepcionales por partido, dejando los 30 restantes para distracciones y normalidades.
Ya contra Inglaterra, la cosa cambió. A los 20 minutos del primer tiempo, solo había un equipo en el campo, y ese equipo era Brasil. Los brasileños volvieron a sentir el vértigo de nervios a flor de piel con el gol anotado por los británicos, para luego estallar en emoción y júbilo por lo que Rivaldo, Ronaldinho Gaucho y Ronaldo ensayaban en la cancha. Por primera vez en este Mundial el país se reconoció en su selección.

El espíritu nacional, en todo caso, cambió y mucho, después de aquella victoria. Volvió el optimismo, aunque concentrado casi exclusivamente en Roberto Carlos, Cafú, Gilberto Silva y en las tres “R” mágicas: Ronaldinho Gaucho, Rivaldo —finalmente aceptado como astro en la selección— y en el recuperadísimo Ronaldo, fenomenal otra vez.

Solamente a partir de la derrota de los ingleses el clima de un Mundial llegó a Brasil, con tensión y euforia mezclándose a cada instante. En ninguno de los campeonatos anteriores esa llama única, que moviliza al país, tardó tanto en prender.

Luego de la victoria frente a Turquía -que sorprendió al no dejarse asustar como Inglaterra, intentando un imposible juego de igual para igual con los brasileños- el entusiasmo, bien salpicado de optimismo, cundió por Brasil.

Al mismo Felipón le cambiaron de categoría, aunque no mucho. Sería pedirle demasiado a los dioses del perdón. Ya no es el “burro” de antes. Ahora, se le considera solamente torpe, desastrado, obtusamente impotente a la hora de trazar un esquema táctico mínimamente viable, incapaz de imponer organización y de llevar a la cancha a un verdadero equipo. Pero, digamos, ya se le admite.

En el alma de cada brasileño hay la seguridad de que ganarán el Mundial pese a Felipón. Y sienten que no hay riesgo de que esa victoria contagie al maltrecho fútbol nacional con el “virus felipíticus”, que impone y disemina el juego feo, desconjuntado, desorganizado, opaco.
En vísperas del partido contra Alemania, el país respira expectativa y trata de anticipar renovadas maravillas nacidas de los pies de Ronaldo, de la bravura especial de Cafú y Roberto Carlos, de la serena precisión (aunque carente de brillo) de Gilberto Silva, del talento excepcional de Rivaldo y Ronaldinho Gaucho. Además, está Marcos: por primera vez desde Tafarell, hay en Brasil un arquero que conmueve a la gente.

Desacreditados al comienzo, los hombres de Felipón supieron no dejarse afectar por su cuartelesca disciplina de resultados, y cautivaron a todos cuando empezaron a jugar como siempre se jugó en este país.
Es cierto que Alemania tiene el mejor arquero y una defensa de hierro. Pero su fútbol es horroroso, burocrático, frío, maquinal. Tiene la eficacia de un archivista cumplidor, la alegría de una salchicha, la sensualidad de una patata.

Claro que los alemanes tratarán de desafiar al destino. No importa. Brasil sabe que tiene a sus jugadores, algunos de primerísima línea y chispa única.
Nadie, en este país, está totalmente satisfecho con lo que ve, pero siente que será suficiente. Vieron que la magia del fútbol brasileño ha sobrevivido, que todavía son capaces de improvisar maravillas, y que han sido los mejores una vez más. Se respetó una tradición, una cultura, una identidad.


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