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El falso imperio

Max Weber señalaba que un Estado firme, con alcance y presencia requería como mínimo de cuatro bases: un aparato de seguridad, una burocracia, un sistema de recaudación fiscal y una administración de justicia efectiva.

"Estamos medio despiertos en un falso imperio”, dice Matt Berninger, vocalista de la agrupación estadounidense The National en su conocida canción Fake Empire.
 
Me parece que esa descripción le sienta bien a El Salvador.

Para fines prácticos y visuales, imaginemos que el Estado en términos generales es como una mesa. Sobre ella se pueden colocar, de acuerdo a las necesidades y los tiempos, diferentes opciones de políticas públicas que aspiren a atender diferentes situaciones. Y como en su mesa o la mía, el menú dependerá en gran parte de los recursos disponibles.
 
Esta mesa, sobre la cual se deposita el presente y el futuro de miles de personas, necesita al menos un poco de estabilidad que garantice que lo puesto en ella no sufra estrepitosas caídas y un desperdicio monumental de fondos. Gráficamente hablando, lo que la mesa necesita son unas patas sólidas, firmes y dispuestas de manera tal que se apoyen mutuamente y se distribuyan el peso. 

Asimismo, un Estado precisa pilares básicos que den viabilidad al debate constante sobre qué políticas sientan mejor en un espacio y tiempo particular. ¿Cuáles deberían ser esas bases imprescindibles, fijas, permanentes en el tiempo y capaces de sostener sin ingenuidades torpes las acciones que en El Salvador se plantean?

El economista, sociólogo y laureado padre de la ciencia política moderna, Max Weber, señalaba que un Estado firme, con alcance y presencia requería como mínimo de cuatro bases: un aparato de seguridad, una burocracia (entendida como una estructura de servidores públicos, no como tramitología excesiva), un sistema de recaudación fiscal y una administración de justicia efectiva. 

Habiendo asegurado estos pilares que sostienen la mesa, se puede proceder al siguiente paso: discutir qué se quiere poner en ella, qué tipo de leyes, garantías, derechos o prioridades. Todas estas variables están sujetas a debate y al juego político, pero no serán mucho más que buenas intenciones o programitas de impacto temporal si no descansan sobre las bases ya dichas.

Piense en El Salvador. Recuerde que allá por sexto grado le dijeron que vivía en una República y más o menos le explicaron que eso significaba el “imperio de la ley”. Le hicieron saber que la gran lucha de nuestros países se ha orientado a que quienes gobiernan no lo hagan sin límites. En pocas palabras, que manden leyes y no reyes.

¿Qué tanto descansa este imperio en las bases descritas por Weber? ¿Es El Salvador un Estado firme, con alcance y presencia? Revisemos brevemente pilar por pilar. Uno: ¿Aparato de seguridad con control territorial? A menos que usted sea adicto a la propaganda oficial o le hayan asignado una extensa caravana, sabrá que la criminalidad se ha interpuesto en la vida de millones de salvadoreños y la respuesta de las autoridades suele ser o lenta y extemporánea o excesivamente agresiva y tendiente a radicalizar. Control, en resumen, no hay.

Dos: ¿Burocracia Eficiente? En El Salvador se sigue casi al pie de la letra lo descrito por el liberal mexicano José María Luis Mora al hablar de la “empleomanía”: los puestos del Estado no sirven para brindar soluciones, sino para pagar favores de campaña y repartir el pastel del poder a grupos influyentes del partido de turno. ¿Llegan los más capaces y competentes? No. ¿Aprobamos con contundencia este pilar? Creo que no.

Tres: ¿Recaudación fiscal? Digámoslo con sencillez. El Estado ha considerado meterse con sus ahorros en el sistema de pensiones pues, debido a su desorden, lo recaudado (y lo prestado) ya no alcanza para temas tan básicos como pago de planillas o proveedores. No mucho por acá.

Y cuatro, ¿administración de justicia? La justicia pronta y cumplida no parece ser más que un eslogan por aprender en el primer semestre de derecho. Menos del cinco por ciento de las denuncias en casos de violencia terminan en condena y no hemos sido capaces de penalizar la corrupción sin sesgos, revanchismos o lealtades partidarias. Por estas, y muchas otras razones, este pilar tampoco lo logró.

Entonces, ¿estamos despertando día con día en un falso imperio? De acuerdo a Weber, sí. De no resolver estos puntos, no importa qué tipo de programas se pongan sobre esa mesa de discusión. Con unas bases tan chuecas, los seguiremos viendo caer.
 

*Columnista de El Diario de Hoy.