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Apocalipsis agraria

La reactivación de agro, lo cual brindaría una importante fuente de trabajo e ingresos para los sectores más pobres del país, tiene que ser afrontada con firmeza y valentía históricas

Desde hace mucho, El Salvador dejó de ser autosostenible en términos de producción nacional de alimentos, principalmente debido a la incapacidad crónica de los gobiernos para rescatar el agro. ¿Pero, cuál es la razón que subyace tras la destrucción del agro? Este y los próximos artículos sobre el tema, tratarán de esbozar, para el amable lector, ciertas lecciones de historia de El Salvador respecto a la tragedia del campo que ahora vemos pero que muchos de nosotros, simplemente, no alcanzamos a comprender.

La tragedia del agro salvadoreño no es nueva y se encuentra profundamente anclada en la pasmosa incapacidad de los gobiernos (militares, revolucionarios, así como aquellos elegidos democráticamente), los cuales, en muchas ocasiones pareciera que toman decisiones francamente encaminadas a dañar y destruir el agro, independientemente que El Salvador fuera un país agrícola (a nivel tradicional, industrial y exportador) durante la mayor parte de su vida independiente. 

Las equivocadas decisiones gubernamentales sobre el sector agropecuario nacional, alcanzaron su cénit con la Reforma Agraria, promovida por el gobierno de José Napoleón Duarte, en los años Ochenta, la cual buscaba, entre otras cosas, “quebrarle la espina dorsal” a la oligarquía, según fuera declarado frente a las cámaras -sin ningún tipo de vergüenza- , en la película “Los Archivos Perdidos del Conflicto”, por un alto Funcionario del PDC de esa época.

La realidad es que El Salvador nunca logró recuperarse del daño causado por la Reforma Agraria, la cual destruyó haciendas altamente productivas y redujo a cenizas inversiones agrícolas centenarias, valoradas en millones de dólares. Parece ser que la vorágine de odio y resentimiento social imperantes en los Ochenta, la cual nuestro país no logra superar, privilegió destruir al objeto de su odio (la oligarquía), que pensar en qué era lo mejor para el país en términos de desarrollo humano y social.

La Reforma Agraria fue un engendro concebido por la llamada “Junta Revolucionaria de Gobierno”, encabezada por Ramón Ávalos Navarrete, Cnel. Jaime Abdul Gutiérrez, Ing. José Napoleón Duarte y Dr. José Antonio Morales, en base a un acuerdo entre el Partido Demócrata Cristiano y la Fuerza Armada, contando, por supuesto, con el visto bueno de Estados Unidos. La reforma agraria prometida tenía tres fases: 1. La expropiación de 238 latifundios mayores de 500 hectáreas que ocupaban 218.000 hectáreas (15% de la tierra agrícola). 2. La expropiación de alrededor de 1.750 hectáreas (23% de la tierra cultivable) que incluyen la columna vertebral de la agricultura salvadoreña, con las dos terceras partes de la producción cafetalera. Y 3. El programa: “Tierra para los que la trabajan” (un programa para dar a campesinos medios, arrendatarios y colonos la tierra cedida por el patrón). Esta última fase es una copia del programa diseñado por el profesor Roy Prosterman para pacificar a los guerrilleros del Vietcong, en Vietnam. El Departamento de Estado de los Estados Unidos, impuso su aplicación en El Salvador, sin averiguar si las condiciones en Centroamérica eran similares a las asiáticas.

Pero la misma situación de guerra, la inseguridad en que vivían las familias que tradicionalmente habían manejado la agricultura del país, así como la política claramente hostil hacia el gran capital de raigambre agrícola, generó que, poco a poco, el quehacer agrícola fuera llegando hasta un abandono casi total en el cual se ha mantenido hasta hoy, obligando a las personas que trabajaban el campo (campesinos e indígenas) a buscar nuevas formas de trabajo y de vida que, por lógica al menos, les garantizaran las condiciones mínimas de supervivencia.
El éxodo masivo de trabajadores del campo, acompañados por sus familias, hacia las zonas urbanas era la única alternativa para subsistir. A partir de ahí, los discursos sobre “la defensa de la tierra” y “la reactivación” del agro se convirtieron en los temas favoritos de los políticos del país, sin que nadie se haya atrevido a decir la verdad: para reactivar el agro, habría que derogar las leyes derivadas de la Reforma Agraria, las cuales crearon cooperativas corruptas e incapaces y que, de paso, le pusieron una camisa de fuerza a la inversión con vocación agrícola y a la libre tenencia de la tierra en El Salvador al impedir que las tierras con vocación agrícola, pudieran ser libremente transferidas de manos improductivas a manos productivas. 

Si la destrucción del agro es hija del matrimonio entre políticas populistas y la guerra, la pobreza, la emigración de compatriotas y el surgimiento de las maras, son sus nietas. La reactivación del agro, lo cual brindaría una importante fuente de trabajo e ingresos para los sectores más pobres del país, tiene que ser afrontada con firmeza y valentía históricas, aceptando que la Reforma Agraria fue la causante del desastre que ahora vivimos. Solo así se podría cambiar radicalmente el futuro de El Salvador. El país necesita hechos, para discursos que nos hablen de buenas intenciones, ya tenemos suficientes.

*Abogado, Master en Leyes.
@MaxMojica