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La moda como poder, aspiración e identidad: tres mujeres, tres estilos y un mismo sistema donde cada look define quién sos y hasta dónde podés llegar.

¿El Diablo sigue vistiendo a la moda?

A casi 20 años de su estreno de la película El Diablo viste a la moda, vuelve al centro de la conversación. ¿Qué dice hoy sobre estilo, poder y aspiración en la moda?

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Por Colaboración de Alejandro Handal
Publicado el 16 de abril de 2026


Con el anuncio del próximo estreno de la película El Diablo viste a la moda 2 (The Devil Wears Prada 2), el interés por esta película icónica resurge con fuerza. Moda, estilo y poder vuelven a posicionarse como palabras clave para entender cómo esta historia redefinió la industria desde el cine. Más que entretenimiento, la película se consolidó como un referente cultural que sigue influyendo en la forma en que percibimos el lujo, la ambición y la identidad a través del vestuario.

En el marco de esta nueva entrega, vale la pena regresar al universo que marcó un antes y un después en la representación de la moda en pantalla. No se trata solo de nostalgia, sino de entender cómo este relato logró capturar las dinámicas internas de la industria y traducirlas en un lenguaje visual accesible y aspiracional.

Más que una película, fue una radiografía del sistema fashion donde cada look no solo vestía a los personajes, sino que narraba jerarquías, aspiraciones y transformaciones personales. Hoy, casi dos décadas después, sigue siendo relevante analizar cómo esos códigos continúan vigentes en la construcción de identidad, poder y deseo.

El vestuario como narrativa de poder

Desde su estreno, el vestuario liderado por Patricia Field se consolidó como un archivo visual del lujo y la industria editorial. Cada elección estética respondía a una intención clara: posicionar a los personajes dentro de una estructura jerárquica donde la moda funciona como lenguaje.

Miranda Priestly impone poder con cada look: siluetas estructuradas, pieles y accesorios precisos que validan su autoridad dentro del sistema moda.
Miranda Priestly impone poder con cada look: siluetas estructuradas, pieles y accesorios precisos que validan su autoridad dentro del sistema moda. /Foto Instagram plano_cinema

El personaje de Miranda Priestly, interpretado por Meryl Streep, es uno de los ejercicios más contundentes de poder a través del styling. Su armario, dominado por firmas como Prada, Chanel y Hermès, refleja una estética de estilo de poder con enfoque editorial: siluetas estructuradas, abrigos impecables y accesorios elegidos con precisión.

Los bolsos tipo Birkin en tonos neutros funcionan como símbolos silenciosos de estatus, mientras la joyería minimalista refuerza una imagen de control absoluto. Es una moda que no sigue tendencias, sino que las valida, proyectando autoridad sin necesidad de exceso.

La transformación aspiracional de Andy

En contraste, la evolución de Andy Sachs, interpretada por Anne Hathaway, encarna el glam corporativo aspiracional que definió el 2006. Su transición de de ajena a parte del círculo se construye a través de piezas clave de Chanel, Dolce & Gabbana y Calvin Klein.

El uso del superposición de prendas, las botas altas, los cinturones anchos y los gabardinas refleja un momento donde el styling se convierte en herramienta narrativa de ascenso social. Cada cambio en su forma de vestir marca un paso más hacia la integración en un sistema que, al mismo tiempo, la transforma.

Andy Sachs transforma su estilo: de básica y funcional a pulida y aspiracional, mostrando cómo la moda redefine identidad y pertenencia.
Andy Sachs transforma su estilo: de básica y funcional a pulida y aspiracional, mostrando cómo la moda redefine identidad y pertenencia./ Fotos Instagram moonpromised

Este recorrido conecta con una idea que sigue vigente: la moda como vehículo de pertenencia. La mezcla de mezcla de lujo y moda accesible, tan característica de la época, marcaba el pulso de una industria que empezaba a abrirse sin perder su carácter aspiracional.

Estética editorial y códigos de pertenencia

Emily Charlton, interpretada por Emily Blunt, introduce una estética más agresiva y editorial. Siluetas ajustadas, superposición de prendas y accesorios protagonistas construyen una imagen donde cada outfit reafirma su lugar dentro del sistema.

Firmas como Fendi y Jean Paul Gaultier refuerzan este lenguaje visual cargado de intención. En su caso, la moda no solo comunica estatus, sino también disciplina y pertenencia a un entorno altamente competitivo.

La película también captura el maximalismo pulido de los años 2000, donde más es más, pero con criterio editorial. Gafas oversize, materiales como cuero y satén, denim intervenido y accesorios de gran escala reflejan una estética influenciada por la cultura de celebridad y el auge de las revistas como principales validadores de tendencia.

Del lujo aspiracional al consumo masivo

Un elemento clave es el rol de los accesorios como símbolos de estatus. Más allá de complementar un look, funcionan como códigos visibles de poder y acceso dentro de la industria.

La narrativa dialoga directamente con la realidad. La figura de Miranda Priestly, inspirada en Anna Wintour, convierte a la película en un híbrido entre ficción y documento cultural, mostrando cómo opera el poder dentro del sistema editorial.

Todo este universo convive con el inicio del fenómeno masstige, donde los códigos de pasarela comienzan a traducirse rápidamente al consumo masivo. Esta tensión entre original y copia, entre élite y acceso, resulta fundamental para entender no solo la moda de 2006, sino también las dinámicas actuales.

Hoy, esa lógica se amplifica con redes sociales y fast fashion, pero la base conceptual sigue siendo la misma: el deseo de pertenecer y proyectar una identidad a través de lo que vestís.

Una vigencia que trasciende tendencias

A las puertas de una secuela, revisitar The Devil Wears Prada no es simplemente mirar hacia atrás. Es una oportunidad para analizar cómo sus códigos siguen influyendo en la manera en que entendemos la moda hoy.

Sus looks permanecen relevantes porque no respondían únicamente a tendencias pasajeras, sino a estructuras profundas de poder, aspiración y pertenencia. En ese sentido, la película continúa funcionando como una guía visual y conceptual para interpretar la industria.

Para vos, que consumís moda desde El Salvador o desde cualquier parte del mundo, este regreso también invita a cuestionar cómo construís tu propio estilo. ¿Es una expresión auténtica o una respuesta a códigos ya establecidos?

La moda, como bien lo demuestra esta historia, nunca es solo ropa. Es narrativa, estrategia y, sobre todo, identidad.

Colaboración de: Alejandro Handal, diseñador y catedrático salvadoreño.

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