Edward Guevara, el artesano que convierte los farolitos de Ataco en arte
Conocé la historia de Edward Guevara, el artesano de Ataco que transforma madera y papel en farolitos llenos de creatividad, tradición y color cada septiembre.
Una luna de dos metros de altura, estructuras que giran, estrellas, cruces, esferas y miles de farolitos tradicionales. En Concepción de Ataco, Ahuachapán, la madera, el papel de colores y la creatividad se mezclan dentro de un taller familiar donde una de las tradiciones más reconocidas de la zona sigue pasando de generación en generación.
Edward Guevara trabaja junto a sus dos hermanos en un taller de carpintería y artesanías que nació como legado de sus padres. Entre muebles y otros trabajos en madera, cuando se acerca la temporada de los farolitos buena parte de sus jornadas se concentra en fabricar estas piezas que luego iluminan calles, negocios y procesiones.
Y aunque el farol tradicional continúa siendo el protagonista, aquí también hay espacio para experimentar.
De un farol tradicional a una luna de dos metros
Uno de los encargos más complicados que recuerda Guevara comenzó con una petición poco común: fabricar una enorme luna.
El reto terminó convirtiéndose en una estructura de aproximadamente dos metros de altura. Pero no se quedaron únicamente con la forma.

A Edward se le ocurrió hacerla girar y colocar faroles en el arco y dentro de la estructura para darle volumen.
“Era en tres dimensiones”, recordó al explicar el trabajo que implicó desarrollar aquella pieza.
También han elaborado un sol y una esfera de alrededor de un metro acompañada por un anillo que simulaba llamas, con movimiento y luces.
Son trabajos que se alejan del farolito que probablemente conocés desde pequeño, pero que para esta familia demuestran hasta dónde puede llegar la creatividad trabajando con madera.
Guevara tiene una forma particular de explicar esa relación con el material: considera que la madera puede adaptarse a quien la trabaja, siempre que se conozcan sus posibilidades.
Hasta 4,000 faroles en una temporada
Detrás de cada farolito que ves encendido en septiembre existe una preparación que comienza varios meses antes.
En el taller familiar no esperan a que llegue la celebración para comenzar.
Después de Semana Santa empiezan a buscar la madera que utilizarán durante la temporada. Edward explica que hacerlo con anticipación también les permite conseguir mejores precios y dejar que el material se seque antes de trabajarlo.
La fabricación comienza entre mayo y junio y aumenta conforme se acerca septiembre.
¿El resultado?
Durante los últimos años han producido un promedio de entre 3,500 y 4,000 farolitos por temporada, principalmente en los tamaños tradicional y pequeño.

Además, hacen piezas personalizadas de 50 centímetros, un metro o incluso tamaños mayores, dependiendo de lo que solicite cada cliente.
El tamaño pequeño nació precisamente por una necesidad de quienes participan en procesiones. Para hacerlo más práctico, incorporaron un palito que permite cargarlo mientras se camina y un cordel para colgarlo después en casa.
Colores inspirados en la Ruta de las Flores
Verde, rojo, amarillo, rosado y otros tonos cubren las estructuras de madera.
La selección tampoco es completamente al azar.
Edward relaciona esos colores con el entorno de la Ruta de las Flores y con la naturaleza que rodea Ataco. Además, cuando la luz atraviesa el papel, los tonos sobresalen y hacen que el farol se vea todavía más alegre.
Algunos clientes incluso llegan con combinaciones específicas o solicitan un color diferente para cada lado.
La familia busca adaptarse a esas peticiones, aunque ciertos colores de papel no siempre están disponibles.
Una tradición que también está cambiando
Para Edward Guevara, fabricar faroles no se resume a elaborar un objeto decorativo.
Él recuerda que durante años era común ver faroles colgados frente a las viviendas de Ataco. Incluso en la fachada de su propia casa todavía permanecen clavos de hace décadas donde su familia acostumbraba colocarlos.
Hoy observa un cambio.
Según explica, los faroles se concentran principalmente en negocios y espacios del centro, mientras que cada vez menos familias los colocan frente a sus casas.
También señala la sustitución de la vela tradicional por luces eléctricas como una transformación de la celebración.

Para él, la vela mantiene un simbolismo especial dentro de la tradición y de la devoción vinculada a la Virgen Niña.
Un conocimiento que esperan heredar
El trabajo tampoco termina cuando se vende el último farol.
Guevara comparte parte de lo que sabe con jóvenes y estudiantes que llegan al taller con proyectos escolares o con curiosidad por aprender carpintería.
Ahí pueden conocer cómo se usa un serrucho, un martillo y otras herramientas básicas.
La idea es sencilla: que esos conocimientos no desaparezcan.
Él mismo aprendió observando y trabajando, y ahora espera que nuevas generaciones dentro y fuera de su familia continúen acercándose a la carpintería.
Mientras eso sucede, cada temporada el taller vuelve a llenarse de madera, papel de colores y pedidos.
Algunos serán pequeños y tradicionales. Otros podrían convertirse en estrellas, lunas gigantes o figuras que todavía nadie les ha pedido.
Porque en este rincón de Ataco, un farolito puede comenzar con cuatro piezas de madera, pero terminar convertido en una obra que mantiene encendida una historia familiar.
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