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Una invitación a desvestir y revestir a unas estadistas de antaño

“Después de que se desvanece la oscuridad, nuestros nietos podrían caminar hacia atrás y entrar al resplandor del pasado”. Francesco Petrarca, 1341

Por Katherine Miller, Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA | Oct 31, 2021- 05:55

Representación de la matanza de San Bartolomé según François Dubois (Museo Cantonal de Bellas Artes de Lausana). Foto: Wikipedia

El arte dramático es la esencia en la práctica de la diplomacia, como nos enseña el maestro Nicoló Maquiavelo. En primera instancia, se requiere de la sabiduría y astucia del zorro y no solamente del gran esfuerzo físico del león, aunque ambos son, dialécticamente, intercalados. Pero, durante su vida, el amigo Nicoló fue conocido más como dramaturgo y poeta que como el duro pensador de la real politique. En su obra dramática maestra, la mascarada Mandrágora (estrenada durante la estación del Carnaval en Italia en el año 1526), muestra las ironías del poder ostensible de un esposo anciano usando la fuerza bruta, frente a la inteligencia y astucia de su joven esposa.

Utilizando, como muchos de los poetas del Renacimiento, la metáfora de la planta con el nombre mandrágola —que tiene raíces en forma de dos piernas con las ramas levantadas en forma humana y que grita terriblemente con voz humana cuando es sacada de la tierra (según la leyenda)—, Maquiavelo teje la trama de una obra en la que la esposa joven confecciona un plan para poder acostarse con un amante joven y quedar embarazada. Su esposo, quien la ha torturado aplicando piedras calientes sobre su vientre por creer que es estéril —cuando en realidad él es viejo e impotente—, es alimentado con una rusa (bebida), en la que la mandrágora (como droga) ofrece la posibilidad de hacer fértil a quien la toma —pero que mata al primer hombre que tiene relaciones sexuales con la mujer (quien a su vez ha tomado la droga que tiene también poderes afrodisíacos)— y lograr un embarazo. Pero el truco es, que dicen que el segundo hombre que tiene relaciones con ella produce el embarazo. Así, la esposa tiene el beneficio de una noche con un amante joven (quien, además, es médico) y enseguida se acuesta con el anciano esposo, para que él crea que el embarazo es suyo. Además, sigue vigente la posibilidad de continuar la relación con el joven médico, cuando la esposa joven convence a su viejo esposo de que el médico necesita una llave de la casa para poder entrar en la noche en caso de una emergencia. ¡Y así Maquiavelo cocina el enredo delicioso y alegre para el Carnaval de 1526 en Florencia!

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Paralelo a la mascarada de Maquiavelo, en el norte de Europa han comenzado —inmediatamente después de que Martín Lutero pegó sus 95 tésis en la puerta de la capilla de la Universidad Wittenberg en 1517— hostilidades que mataron a muchos más pobladores que la Primera Guerra Mundial. Acá escogemos a dos estadistas, en los siguientes países: Francia y los Países Bajos. Vamos a ver cómo es de beneficioso “revestir” la historia con un poco de objetividad —no solamente para los nietos de Petrarca, si no para nuestros propios nietos—.

Incendio del Ayuntamiento de Amberes (Antwerpen) en 1576 durante el saqueo de las tropas españolas, elaborado por Franz Hogenberg. Foto: Wikipedia

Durante las guerras de religión, se vislumbra a dos mujeres que han quedado en las sombras, en dos sentidos. La primera de ellas es Caterina dei’ Medici, reina regente de la nación de Francia, y Margherita di Parma, gobernante de los Países Bajos por España. Estas estadistas, a las luces de la documentación del período, fueron catalogadas, manchadas y ennegrecidas con la misma brocha de misoginia y un sutil anticatolicismo, que caracteriza a algunos de los historiadores e imprentas con beneficios financiados por los poderes victoriosos angloamericanos, después de la Segunda Guerra Mundial, historiadores que eran sutilmente prejuiciados a favor del protestantismo. Entonces, hay que seguir el proceso en que estas dos estadistas son “desvestidas” y “revestidas”, en materia de estas políticas de prejuicios: lo de ser anticatólicos, y lo de despreciar sutilmente con marginarlas —o sea tergiversar sus papeles históricos durante este período del siglo XVI—. Catarina dei’ Medici, además, fue condenada por la población francesa en general por ser una odiosa italiana en una Francia racista del siglo XVI.

Caterina dei’ Medici

Comencemos con Caterina dei’ Medici, quien fungió como reina regente durante las más sangrientas guerras entre católicos y hugonotes (protestantes calvinistas inmigrantes en Francia).

Ella es acusada, exageradamente, de asesinatos nefastos con anillos de veneno, de ordenar la masacre del Día de San Bartolomé y de montar conspiraciones e intrigas. De todos estos actos maléficos, entre muchos otros, la investigación histórica reciente y más objetiva la ha absuelto. Para no ser propagandística y acusatoria, ni multiplicar ejemplos de estos revestimientos, se recomienda a los lectores leer las biografías más recientes de Caterina. Un solo comentario al respecto sería que la reina regente organizó, en París, la boda de Marguerite de Valois y Henry IV de Navarra como una manera de reconciliar y acercar a los beligerantes de los dos lados, católicos y hugonotes. Líderes de ambos lados fueron invitados. Pero unos extremistas fanáticos exaltados de la Liga Católica, actuaron por su cuenta, sin el conocimiento de Caterina, e intentaron asesinar a Coligny, líder de los hugonotes, cuando este llegó a Paris para asistir a la boda en la catedral de París. Este intento de asesinato desató, sin la aprobación de Caterina, la masacre del Día de San Bartolomé, en el año 1572. (Anteriormente, el hecho de dejar esta masacre a la puerta de Caterina era una aseveración histórica sin evidencias, solo por medio de insinuaciones, sin documentación adecuada, de su culpabilidad).

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iógrafos e historiadores tradicionales del tipo angloamericano (protestantes), después de la Segunda Guerra Mundial, aseveraron actos malignos sin evidencias contra ella por ser una mujer de mucho poder en gobernar a Francia, ser italiana, y ser una poderosa líder católica en los tiempos de la Reforma, Contrarreforma y Concilio de Trento (1545-1563).

Caterina no era una simple diplomática poderosa, sino una anfitriona de las artes humanistas de Italia, iniciando unas políticas de “magnificencia” aún en medio de las guerras civiles y religiosas. Fue ella quien, por primera vez, trajo las compañías de actores cómicos de la commedia dell´arte italiana que tanto influenciaron al teatro francés siglos después, y, en especial, a Moliere y la Comédie Francaise.

La reina Caterina fue una líder política casi sin par, por sus habilidades de negociación y conciliación. Fue, por lo menos, una estadista a la alturas de la reina Eleanor de Aquitania del imperio angevino y de la reina Elizabeth I de Inglaterra.

Caterina dei’ Medici, por Francois Clouet. Foto: Wikipedia

Margherite di Parma

En un segundo ejemplo, consideramos a la gobernadora de los Países Bajos (dominado por España imperial y católica) a Margherite di Parma, hija natural del emperador del Imperio Sagrado Romano, Carlos V, y una dama flamenca.

Margherite, cuyo reinado como gobernadora coincidió con los primeros años de la reina de Elizabeth I de Inglaterra, representó la España de Felipe II, durante los crueles años de los levantamientos de los holandeses calvinistas (protestantes). El emperador Carlos legitimó a su hija española-flamenca a la edad de cinco años, cuando él logró negociar un matrimonio para su hija, como peón en el juego político de ajedrez entre España e Italia, afianzándola con Alessandro de Medici, duque de Florencia, y sobrino del papa Clemente VIII, en 1536. Pero Alessandro fue asesinado en 1537, y Margherite, cuando era una viuda de 15 años, se casó con Ottavio Farnese, duque de Parma, nieto del papa Paul III, en un matrimonio negociado entre el padre de la niña, Carlos V, y el papa Paul III mismo. Así, ella llegó a ser Margherite di Parma.
Cuando irrumpió la revuelta calvinista en los Países Bajos contra el país más católico, España, bajo el reinado del hijo de Carlos V, Felipe II, el rey Felipe nombró a Margherite como gobernadora de los holandeses revoltosos en 1548 y 1567. Margherite, humanista plena desde su crianza en Italia, amaba la retórica, la poesía, la música y las bibliotecas, las cuales ella conformó, llenándolas con libros, manuscritos y música flamenca, italiana y francesa, que eran tan prestigiosos en la Europa de aquellos tiempos. Son Josquín des Prez, Johannes Ockeghem, Guillaume Du Fay, entre otros.

Margherite, católica, no es usualmente mencionada, o es mencionada perentoriamente. Pero era una estadista que tuvo que lidiar con los calvinistas y el ejército español, la Inquisición impuesta por Felipe de España y los horrores cometidos por el duque de Alba, enviado por Felipe para “ayudar” a Marguerite.

Retrato de Margherite di Parma, por Antonio Moro. Foto: Wikipedia

Ella siempre, según la documentación, intentaba aplacar las hostilidades con el uso de la negociación y la diplomacia. Pero Felipe, a espaldas de Margherite, otorgó más poder y autoridad al duque de Alba, que él ejerció, después de la Furia Iconoclasta, en montar los Concilios de Sangre y la Furia del Ejército Español en Amberes; el duque impuso crueldades insostenibles sobre las poblaciones calvinistas holandesas. Cuando Marguerite se enteró que Felipe había eliminado su poder de diplomacia y lo había remplazado por la brutalidad del duque de Alba, ella empacó sus maletas y se fue a Italia donde fue nombrada gobernadora del Abruzzo.

Margherite representa a una estadista erudita y conciliadora, según su correspondencia con el rey de España (disponible en Internet, igual que en la única biografía por Charles Steen de 2008, que está a venta por un valor de $200). Steen documenta que fue una gobernadora poderosa que intentó conciliar a los dos lados. Fue, según las investigaciones más recientes, una mujer española-flamenca, estadista de las primeras, quien, en última instancia, quedó a la sombra histórica del duque de Alba.

La revuelta religiosa en los Países Bajos es usualmente caracterizada, por los historiadores angloamericanos, en términos comerciales y protestantes como The Dutch Revolt, el triunfo del espíritu empresarial de los calvinistas y maravilla del mundo comercial atlántico. Las entrañas de la historia revelan que el lado católico ofreció una riqueza humanista en la persona de Margherite di Parma, una mujer fuerte y capaz en el manejo del gobierno, que fue empalidecida por la comparación con la brutalidad de la Furia Española y los Concilios de Sangre del duque de Alba.

El gobierno humanista de Margherite di Parma, quien intentó aplacar la furia española de la monarquía y las revueltas iconoclastas de los calvinistas, y conciliar a los dos lados en continuos intentos de alcanzar una paz entre los dos lados en la guerra religiosa, casi desvanece en las páginas de la historia. Una sola biografía, un link de su correspondencia y la recuperación de manuscritos de las artes liberales y la música renacentista neerlandesa pide mayor consideración del legado de Margherite di Parma.

Al final de tanto, en el panorama de las guerras religiosas, estas mujeres jugaron sus papeles dramáticos en la obra de teatro del poder y jugaron sus vidas en las guerras religiosas que eran más sangrientas que la Primera Guerra Mundial. Pero sus gestiones han sido manchadas con prejuicios religiosos y misoginistas. Hay que desvestir las biografías para revestirlas con objetividad.

Si unas verdades sobre la mujer en la política y sobre estas estadistas se pueden encontrar en la mascarada Mandrágora de Maquiavelo, es, a la misma vez, una lástima que los políticos de hoy imiten al viejo mayordomo, Bosola, en la tragedia de la duquesa de Malfi cuando se queja : “Ay, estos tiempos miserables, cuando la única recompensa para hacer el bien es hacerlo”. FIN.

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