Aunque usted no lo crea: la revolución tecnológica de la Edad Media

Una sorpresa descubierta por la investigación histórica reciente es la amplitud de la tecnología transmitida desde el Oriente hacia el Occidente. Docenas de invenciones —de mayor y menor importancia— fueron introducidas a Europa desde China y la India, muchas veces fueron transmitidas también desde el Norte de África Islámico y el Medio Oriente. La tecnología viajaba con los mercaderes, en sus rutas comerciales, por tierra y por mar; se movió con los nómadas, con los ejércitos y con las poblaciones en sus migraciones; fue traída por los embajadores, por los eruditos visitantes y por artesanos que viajaban desde un país a otro. Frances y Joseph Gies. Cathedral, Forge and Waterwheel. Technology and Invention in the Middle Ages (Nueva York, 1995).

Por Katherine Miller. Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA. | Sep 11, 2021- 14:40

Molino de agua medieval en Francia. Foto: Shutterstock

La marea alta del desarrollo de la tecnología en la Edad Media en Europa Occidental es, tal vez, algo que no habíamos imaginado. Pero, aunque usted no lo crea, es algo iridiscente como un arcoíris en un bosque donde habíamos pensado encontrar nada más que la oscuridad.

Originalmente, la erudición e inventos de la India, de otras partes del Oriente Medio y Lejano y de Asia Central llegaron a Venecia por medio de Constantinopla y la Ruta de la Seda. Pero también los europeos de estos siglos tempranos aportaron documentación de lo que se estaba desarrollando tecnológicamente en Europa Occidental. Por ejemplo, la Regla Benedictina ordenó que cada monasterio en Europa debería tener un molino de agua, tecnología indispensable para la vida humana. La Regla declaró que “El monasterio deberá, si fuera posible, ser de una construcción que contenga todos los asuntos necesarios para la vida, el trabajo y la oración, tales como el agua, un molino, un jardín y las varias artesanías. Estos deberán existir adentro del monasterio”. Una bendición adicional a lo que aportaron los molinos de agua era de que los inventos y préstamos de los usos del poder del agua y del viento trajeron la posibilidad de la desaparición de la inevitable necesidad de la esclavitud en masa para trabajos de construcción. Tan importante era el poder controlado por el agua que las construcciones de los diques en los Países Bajos llevaron a los holandeses hacia la historia de la ingeniería hidráulica que no tenía ningún semejante en el mundo de ese entonces, al igual que los puentes, los canales y las represas grandes y pequeñas construidas para utilizar el poder del agua. Encima de todo, el molino de viento en su forma vertical europea enganchó el poder del viento.

La captación del agua y del viento en los siglos tempranos conformaban algunas de las primeras tecnologías. Iluminan un camino donde no se esperaba encontrar nada más que sombras y tinieblas. Pero el mundo de inventos y préstamos de tecnología es mucho más amplio y profundo. Si no estamos conscientes de eso o que este aspecto del mundo medieval no formó parte completa de nuestra educación no es sorprendente. No es, necesariamente, culpa nuestra. Muchos escritores y eruditos han participado en una confabulación de ofuscaciones y arbitrariedades que han confundido hasta la educación universitaria durante siglos, dejándonos a nosotros hoy en la ignorancia de lo que recientemente investigadores han señalado. No es una conspiración, pero sí hay prejuicios entremedios.

Es que los pensadores de la Ilustración, en su arrogancia, consideraron que las épocas previas a su existencia eran “mundos como la oscuridad de la noche” y que en ellos la historia del hombre había parado. Entre ellos, para escoger un solo ejemplo, se encuentra Edward Gibbon, quien en su obra de tendencia anticatólica y proanglicana, The Decline and Fall of the Roman Empire (publicado en 1776), describió a la sociedad medieval como “el triunfo del barbarismo y la religión”. Y como Gibbon ha sido una “vaca sagrada” en el mundo protestante, y el mundo protestante dominó mucha de la consciencia e investigación financiadas por EE.UU. y el Reino Unido durante el auge victoriosa, poderosa y económicamente fuerte Alianza angloamericana después de la Segunda Guerra Mundial, pocos cuestionaron que Gibbon era un “clásico” intocable de la verdad indeleble.

Y Gibbon es solo un ejemplo. La premisa obvia de donde se parte este argumento ahora es que durante la Edad Media había una sola iglesia hasta el siglo XVI. Y no se puede entender ni apreciar este gran mundo católico que duró mil años sin estudiar la doctrina y ambiente creados por esta iglesia, comenzando con S. Agustín, S. Beda, S. Benedicto de Nursia y demás padres de la Iglesia. Gibbon alegó que eran mil años de oscuridad e ignorancia. Poco a poco los matices, casi imperceptibles, a veces subsumidos en premisas asumidas que escondieron prejuicios protestantes apartaron y marginalizaron los avances tecnológicos del mundo católico europeo. Hasta la década de 1930, estas premisas fueron retadas por unos eruditos católicos, por investigadores e historiadores no prejuiciados contra el mundo católico. Estos comenzaron a abrir la puerta a este fabuloso mundo medieval tan rico en erudición y relaciones con otras culturas y religiones, invenciones e ideas filosóficas del mundo Islámico, especialmente de España y Sicilia con sus pensamientos, productos de la convivencia de cristianos con judíos, árabes y musulmanes.

Marc Bloch y Henri Pirenne informaron que comenzando el siglo VI, cuando habían muerto la mayoría de las ciudades de la Europa continental, el historiador griego y senador romano Casiodoro (c. 490-c. 585) aportó cartas mencionando el nivel de tecnología de sus tiempos. Casiodoro escribió en sus cartas diplomáticas elogios con gran entusiasmo sobre las invenciones en el monasterio que él había fundado, el Vivarium, en el norte de la península itálica, cerca de Lombardía, que proporciona una idea del nivel tecnológico de su época. Escribió de “las lámparas ingeniosamente construidas, de los relojes de agua, los relojes de sol (sundials), los molinos empujados con la ingeniería de los ríos, de los sistemas de irrigación. Del papel (papiro) confeccionado en Egipto, Casiodoro declaró que era hecho de “las entrañas nevosas de una yerba verde que mantiene la cosecha dulce de la mente y la restaura al lector cuando desea consultarlo”. El arte de la mecánica, comentó Casiodoro, era un “arte de maravillas y “casi el socio de la naturaleza, abriendo sus secretos, cambiando sus manifestaciones, jugando con los milagros” Letters of Casiodorus (London, 1886).

La historiografía de la tecnología medieval reportada a principios del siglo XX incluyó pensadores como Henry Adams, quien publicó en 1907 The Education of Henry Adams, donde en el capítulo XXV, con el título “The Virgin and the Dynamo”, Adams, después de una examinación de las actitudes medievales hacia la tecnología en la cultura medieval, hizo una comparación de la turbina eléctrica con otro símbolo de enorme importancia: la de la Virgen María en la cultura medieval. Adams concluyó que la influencia de la Virgen María manejaba mucho más poder real en las vidas diarias de las poblaciones de ese entonces que la influencia de la tecnología del “dynamo”, la turbina que cambió la energía en la electricidad. Siguieron con esta exploración intelectual unos muy prestigiosos y apreciados Marc Bloch, Michael Postan, Henri Pirenne, Georges Duby, Jacques Le Goff y Fernand Braudel. En las décadas después de la década de 1930: Giles Constable y eventualmente gente como Lynn White, Frances y Joseph Gies, Carlo Cipolla, Eamon Duffy, Peter Francopan, Joseph Needham y otros. Vale la pena repetir lo que dijo Lynn White, director del Centro para los Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA, en su obra histórica, que “El héroe de la Edad Media Temprana es el campesino, aunque eso no se puede descubrir con leer a Edward Gibbon” (White. The Transformation of the Roman World: Gibbon’s Problem After Two Centuries; Berkeley, 1966).

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Ahora, en nuestros días, si se escoge cuidadosamente entre las investigaciones e historias publicadas sobre tecnología en la Edad Media, se puede comenzar a apreciar, a otro nivel, la cultura medieval que condujo a los descubrimientos e inventos tecnológicos de la Edad Media. Por ejemplo, con la sed de conocer cómo funcionaron el mundo y el tiempo, la luz y el mundo natural, aparecen en la pantalla gente como el monje de la comunidad Benedictina de la Catedral de la ciudad romano-británico de Bath: Adelardo de Bath. En el siglo XII, este erudito monástico caminaba a pie desde Inglaterra a Bagdad con el objetivo de estudiar allí en las madrasas del gran movimiento de traducción del Islam, donde estaban traduciendo a los griegos como Aristóteles al árabe para poder utilizar sus conocimientos en la construcción del gran imperio del Islam después de la primera jihad en el siglo VII. Adelardo y muchos más, como William of Moerbeke de Flandes, se quedaron años y años en el mundo del Islam (en la Península Ibérica y en el Levante, aprendiendo el idioma árabe) para así traducir del árabe al latín muchas obras científicas de astrología, astronomía, filosofía y matemáticas desde sus versiones griegas hasta árabe y después, enseguida, al latín para que estuvieran disponibles para los europeos, quienes no tenían acceso al griego ni a las obras científicas y filosóficas de los griegos (con la excepción de unos pobres manuscritos de la Timaeus de Platón, que eran incompletas y mal traducidas).

Con Adelardo of Bath, William of Moerbeke y con los que se involucraron en este trabajo de aprender árabe para traducir las obras griegas (conseguidas en Constantinopla) al latín desde las traducciones islámicas en siriaco o árabe, se encuentra la convergencia de tres mundos intelectuales: la erudición de las escuelas catedralicias francesas del Renacimiento del siglo XII; la cultura griega de Sicilia y el Sur de la Península Itálica, conquistadas por los Normandos (léanse, Vikingos de Escandinavia, o sea del norte). Las islámicas escuelas de teología y ciencia del Oriente en las madrasas del Medio Oriente y en la España musulmana trabajaron duramente para traducir desde el griego al árabe los conocimientos tecnológicos necesarios para manejar y desarrollar su nuevo imperio después del primer jihad del siglo VII.

Muchos de los conocimientos geográficos de los árabes, tan útiles en los viajes comerciales y las exploraciones en el Occidente, fueron importados a Europa por medio de escuelas en Bagdad, Toledo y Palermo, entre otras alrededor de la cuenca del mar Mediterráneo; los conquistadores normandos de Sicilia (s. XII) heredaron, toleraron y promovieron una población de musulmanes, judíos y cristianos quienes mantenían contactos con el mundo islámico del Medio Oriente y de Asia central con intereses marcados en la información científica y las invenciones tecnológicas en uso.

Así es que en su trabajo los pensadores monásticos de la Edad Media en Europa Occidental no solamente ingeniaron e inventaron fenómenos tecnológicos inesperados, basados en lo que habían aprendido en Asia, en el Oriente y en la Ibérica islámica; también prestaron del Oriente y Medio Oriente -de la China, la India, de Asia Central y del Islam— lo que los titanes griegos robaron de los dioses: el fuego y la luz de la ciencia y tecnología que avanzaron y humanizaron a las civilizaciones posteriores.

Es que había, indudablemente, un renacimiento científico en el siglo XII, traído de estas traducciones dobles, a veces triples, desde griego al árabe hasta latín, que incluía una traducción en castellano, del vernáculo de España, donde el centro quedaba en Toledo. El Arzobispo Ramón de Toledo estableció un colegio específicamente para poner los conocimientos científicos de los árabes disponibles a Europa. Eruditos de todos países llegaron a Toledo apurados a conocer la ciencia y filosofía árabe y griega. Este colegio fue liderado por un traductor aún más prolífico que Adelardo: la figura de Gerardo de Cremona, quien tradujo 78 obras largas e importantes.

Entre los siglos IX y XV los europeos de estos siglos adaptaron y modificaron los préstamos hasta que la civilización europea estaba casi a la altura de las civilizaciones del Oriente. Veamos qué hicieron y en qué consistía su tecnología.

Dios y el geómetro, Ilustración manuscrita. Foto: Wikimedia Commons

El descubrimiento o adopción del arado pesado de hierro, jalado por un caballo con arnés que no apretó su garganta porque pasó el peso a los hombros del animal, constituyó una verdadera revolución. Los campesinos del continente agregaron también otras tecnologías, como la rotación de cosechas en la agricultura, junto con la rueda de agua y su molino y otra maquinaria, haciendo de ellos lo que dijo Lynn White: los héroes de la Edad Media. Además, consideramos la arquitectura bien conocida de la tecnología medieval: los castillos y catedrales, los numerales hindúes-arábicos, la contaduría de doble entrada, a veces triples, incluyendo una columna para un socio no de esta tierra: Dios, porque Dios y los diezmos jugaron un papel en la salvación de las almas de los mercaderes y banqueros para que ellos pudieran evitar el pecado de usura. Parte de la tecnología avanzada que llevó a la civilización europea —parte de los préstamos culturales— era el alto horno (blast furnace), el compás y el astrolabio, la revolución en la confección de vidrio con los lentes convexos que inevitablemente llevó a la invención (en Italia en 1121) de los anteojos, armas de fuego, el reloj mecánico en una torre más alta donde se encontraba la campana de la iglesia, varias clases de velas por los nuevos barcos, el papel, la imprenta. Todo eso y más nos da una idea del estatus de la tecnología en el cristiandad medieval.

Encontramos, entre las primeras tecnologías industrializadas del mundo medieval los textiles: el algodón de la India, la seda de la China (y más tarde de Lyons) y en el norte, la lana de las ovejas de Inglaterra y España. Todos requerían los conocimientos y prácticas de cómo tejer mecánicamente. En Sicilia e Italia del Sur, los europeos heredaron de los árabes sistemas textileros completos e intactos. Otras industrias se concentraron en varias ciudades: vidrio fino en Venecia, ollas y cacerolas de metal en Flandes; armas y armadura en Nuremberg y Milano, además de estribos y sillas para andar en caballo.

Los relojes mecánicos, junto con el nuevo concepto del tiempo como amo de la humanidad, junto con las tecnologías de telares mecanizados, produjeron nuevas formas y procesos de la organización del trabajo y la producción, incluso la concentración de trabajadores en un espacio centralizado, que eran las primeras fábricas. Antes de Marx y Engels, el historiador John Leland (1506-1552) cuenta de un empresario quien instaló su fábrica en una abadía en que “cada esquina de los vastos edificios estaba llena de telares”. Hizo lo mismo en un monasterio para la producción de tela. La creatividad era igual como la de hoy.

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Y ahora, con resonancias de lo que está pasando hoy, los desastres del siglo XIV llegaron en tres formas: primero, las bancarrotas de varias de las grandes casas comerciales italianas incluyendo las bancas; segundo, una serie de guerras, especialmente la Guerra de los 100 Años; y tercero, una sucesión de años de hambruna a causa de los cambios climáticos, por ejemplo de años como 1315-1317. Así como ahora, estos desastres fueron seguidos por generación tras generación de la visitación de terribles pandemias. En 1348, la Peste Negra.

Las poblaciones europeas fueron devastadas. Familias enteras murieron; aldeas quedaron extinguidas, ciudades quedaron despobladas.

Vale la pena -para nuestras propias esperanzas, sanidad mental y emocional— tomar nota de la resiliencia con que Europa sobrevivió y recuperó. Es tan notable cómo la calamidad en sí, recordar que la agricultura y el comercio fueron retomados; las propiedades fueron redistribuidas entre los sobrevivientes y los matrimonios de los más jóvenes, levantaron la población que se ocupó en nuevas formas de producción dentro y fuera de sus casas.

En resumen, el desastre de la pandemia en el siglo XIV al igual que hoy interrumpió la vida económica solamente momentáneamente y no se podía percibir en el progreso tecnológico. La cultura y arte, la tecnología y la ciencia floreció nuevamente. Después de la pandemia del siglo XIV, las mejoras continuaron, por ejemplo, en la industria de los textiles, la construcción, metalurgia, la navegación y en tantas otras artes.

Podemos tomar nota muy en serio de un asunto en esta situación histórica tan parecida a la nuestra hoy: el gran lubricante en la recuperación y en la revolución comercial en el siglo XIV era el aporcionamiento de créditos ilimitados (parecido a los “stimulus checks” para reactivar la economía en EE.UU.) para recuperar el crecimiento de las economías (Roberto López en La Revolución Comercial; Cambridge, 1976).
Para la gente medieval, la tecnología marcó la entrada en la antesala a la industrialización. ¿Las secuelas de la pandemia serían algo parecidas para nosotros en el siglo XXI?

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