Los más pequeños pusieron color, ternura y alegría al desfile del 15 de septiembre
Familias salvadoreñas vivieron el desfile entre bandas, cachiporras, niños uniformados, trajes de torogoz y mucho azul y blanco.
El desfile del 15 de septiembre no solo se vivió al ritmo de tambores, trompetas y cachiporras. A un costado de la ruta también había otro espectáculo: niños vestidos de policías y militares, pequeños torogoces caminando entre la multitud, banderas azul y blanco por todos lados y familias que, pese al fuerte sol, se quedaron hasta el final para celebrar la Independencia.
Desde el Salvador del Mundo hasta el parque Cuscatlán, el ambiente tuvo de todo. Había quienes llegaron desde temprano para conseguir un buen lugar, quienes cargaban sillas, sombrillas y botellas con agua, y también quienes improvisaron un espacio desde donde los niños pudieran ver mejor el paso de las diferentes delegaciones.
La mañana avanzó con calor, música y mucha expectativa.
Cada vez que se acercaba una banda, los teléfonos salían casi automáticamente. Padres y madres grababan, los más pequeños estiraban el cuello para no perderse nada y, en algunos puntos, los aplausos acompañaban las coreografías de las cachiporras.
Pero entre toda esa energía también hubo detalles que terminaron robándose las miradas.
Los niños también hicieron su propio desfile
Sin estar necesariamente dentro de una delegación, muchos pequeños parecían haberse preparado para la ocasión como si fueran parte del recorrido.
Algunos llegaron vestidos de militares y policías, con pequeños uniformes que despertaban sonrisas entre quienes estaban cerca. Caminaban de la mano de sus padres, posaban para fotografías y miraban con atención cada vez que pasaban agentes o miembros de las distintas instituciones participantes.
Otros apostaron por algo mucho más salvadoreño.
No faltaron los trajes inspirados en el torogoz, ave nacional de El Salvador. Entre el público se podían ver niños con atuendos llenos de color, en tonos verdes, azules y anaranjados, que destacaban en medio de la multitud.

También aparecieron sombreros, vestidos, camisetas, lazos, cintas y diferentes accesorios alusivos a las fiestas patrias.
Era difícil avanzar algunos metros sin encontrar una bandera.
Las había grandes, pequeñas, sostenidas por adultos, agitadas por niños o simplemente colocadas como parte de un atuendo. El azul y blanco se repetía en cada esquina y se mezclaba con los colores de los uniformes escolares y las presentaciones.
Una celebración en familia
Más allá de los espectáculos formales, la jornada tuvo una cara muy familiar.
Había niños sobre los hombros de sus papás para poder ver mejor, abuelos acompañando a sus nietos y grupos completos que se acomodaron en las aceras para esperar el paso de las bandas.
En algunos momentos, la espera era larga, pero siempre había algo que observar.
Mientras una delegación terminaba su recorrido y otra se acercaba, las familias aprovechaban para tomar agua, buscar algo de sombra o fotografiar a los pequeños con sus trajes patrios.

El calor no dio tregua.
El sol pegó fuerte durante buena parte del desfile y las sombrillas comenzaron a multiplicarse entre el público. Quienes encontraron un árbol o algún punto con sombra lo aprovecharon, pero otros simplemente se quedaron donde estaban para no perder el lugar que habían conseguido.
Aun así, pocos parecían tener prisa por irse.
Cada nueva presentación renovaba el ánimo y hacía que la atención regresara a la calle.
Música, cachiporras y color
Las bandas pusieron buena parte del sonido de la jornada.
Tambores, trompetas y diferentes instrumentos marcaron el paso de los estudiantes, mientras las cachiporras aportaron movimiento con sus coreografías y vestuarios.
El público seguía cada presentación con atención. Para muchos niños, era quizá la primera vez que veían tan de cerca un desfile de esta magnitud.
Algunos imitaban los movimientos de las bandas. Otros agitaban sus banderas mientras avanzaban las delegaciones.

Y estaban también quienes parecían fascinados por los uniformes.
Por eso los niños vestidos de policías y militares encajaban perfectamente en aquella escena. Sus atuendos eran parte del juego, pero también una forma de sentirse involucrados en todo lo que sucedía frente a ellos.
Lo mismo ocurría con los pequeños vestidos de torogoz o con quienes llevaban elementos típicos y alusivos a la fecha.
Cada familia encontró su propia forma de celebrar.
Hasta el último show
Con el paso de las horas, el cansancio comenzó a sentirse.
Los más pequeños buscaban dónde sentarse, algunos adultos se abanican con lo que tenían a mano y otros aprovechaban cualquier pausa para descansar un poco.
Pero el público se mantuvo.
A lo largo de la ruta, muchas familias permanecieron hasta las últimas presentaciones, aun cuando el sol ya había hecho de las suyas.
Ese quizá fue uno de los detalles más llamativos de la jornada: no importaba tanto el calor como las ganas de ver qué venía después.
Una banda más, otra coreografía, un nuevo grupo de estudiantes o algún detalle inesperado bastaban para mantener la atención.
Así, el desfile del 15 de septiembre terminó dejando mucho más que las tradicionales imágenes de bandas y cachiporras.
También dejó escenas pequeñas.
Un niño vestido de policía agarrado de la mano de su mamá. Otro convertido por unas horas en torogoz. Una niña ondeando una bandera casi de su mismo tamaño. Familias buscando sombra sin abandonar su lugar. Padres levantando a sus hijos para que pudieran mirar por encima de la multitud.
Postales sencillas que, entre tanto azul y blanco, también contaron la celebración.
Porque este 15 de septiembre el desfile no ocurrió únicamente sobre la calle.
También se vivió en las aceras, entre las familias y, sobre todo, en la emoción de los niños que encontraron su propia forma de formar parte de la fiesta.
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