"Me enseñó a saludar", la historia de madre e hija fundadoras del Mercado Central de San Salvador
En el marco del Día de la Madre, ambas recuerdan cómo iniciaron vendiendo entre planchas de concreto, sobrevivieron al terremoto de 1986 y construyeron una vida marcada por el esfuerzo, la fe y los consejos de mamá.
Por
Leidy Puente
Publicado el 09 de mayo de 2026
Marta Martínez y su hija Vilma llevan 51 años trabajando en el Mercado Central de San Salvador, donde llegaron en 1975 tras ser trasladadas desde los alrededores de la iglesia El Calvario. En el marco del Día de la Madre, ambas recuerdan cómo construyeron su vida entre ventas, terremotos y largas jornadas de trabajo. Vilma asegura que la mayor enseñanza de su madre fue “saludar aunque no la saludaran”, consejo que, dice, las ayudó a mantenerse durante más de cinco décadas en el mercado. Actualmente siguen atendiendo el puesto familiar en el edificio 2.
Hace más de cinco décadas, Marta Martínez llegó al recién inaugurado Mercado Central de San Salvador con una pequeña venta, algunos plásticos y la esperanza de sacar adelante a su familia. Hoy, con 89 años, continúa atendiendo el mismo negocio junto a su hija Vilma, quien prácticamente creció entre pasillos, clientes y puestos del mercado.
El 5 de abril de 1975 marcó un hito para el corazón de la capital, ese día se inauguró oficialmente el Mercado Central. La apertura implicó el traslado de todas las vendedoras ambulantes que antes ocupaban la primera avenida sur y los alrededores de la iglesia El Calvario.
Estas mujeres fueron organizadas en puestos dentro del nuevo mercado, un proceso que incluyó música, procesiones religiosas y coordinación de la Policía Nacional y la Guardia Nacional para garantizar un traslado ordenado.

“Entramos un 5 de abril de 1975”, recordó Vilma, mientras acomoda mercadería en el puesto 395 del edificio 2, donde madre e hija continúan vendiendo ropa, artículos para bebé, toallas y manteles.
Antes de llegar al mercado, vendían en la quinta avenida sur, detrás de la iglesia El Calvario. En aquel entonces, las instalaciones eran planchas de concreto con bancos también de cemento. Cada comerciante debía organizar su propio puesto y adaptar su mercadería al nuevo espacio.
“Trajimos una ventecita, pusimos plásticos y ahí colocamos la venta”, recordó Vilma. Con el paso de los años, el negocio creció y se convirtió en el lugar donde la familia construyó su historia.

Vilma asegura que gran parte de lo que aprendió en la vida fue gracias a los consejos de su madre. “Dios me prestó una buena madre. Amorosa, cariñosa y trabajadora”, expresó.
Una enseñanza que todavía guarda con especial cariño y que, según dice, las ha ayudado a mantenerse durante más de cinco décadas en el mercado es:
“Ella siempre me decía: ‘Tenés que saludar a toda la gente, aunque ellas no te saluden’. Y gracias a eso hemos sobrevivido 51 años aquí”.

Orgullo y satisfacción
Marta, ahora, escucha a su hija con orgullo mientras observa el movimiento de clientes en el mercado, un lugar que ambas consideran prácticamente su segundo hogar.
“Aquí llegamos a apreciar a la gente como familia. A la casa solo vamos a dormir”, comentó Vilma.
En más de medio siglo de trabajo, han vivido momentos difíciles que permanecen frescos en su memoria, como el terremoto del 10 de octubre de 1986, que afectó gravemente San Salvador. “Aquí nos agarró el terremoto y pensamos que ya no íbamos a vender. Pero Dios nos bendijo grandemente y seguimos adelante”, recordó Vilma.

A pesar de los años y de los cambios en el comercio, madre e hija continúan trabajando todos los días en el mismo puesto. “Entramos cantidad de gente, pero muchas se fueron y otras han fallecido. Ya somos pocas las que quedamos”, mencionó.
Tradición familiar
Hoy, la tradición familiar sigue con la siguiente generación, la hija de Vilma ya está aprendiendo a manejar el negocio para que la venta de ropa y artículos del hogar continúe en el Mercado Central.

Ahora, en el marco del Día de la Madre, Vilma se siente agradecida por compartir la vida y el negocio junto a Marta, quien en diciembre cumplirá 90 años.
“Hasta aquí Dios no nos ha dejado”, dijo con una sonrisa.
Mientras tanto, ambas siguen atendiendo como lo han hecho desde 1975, saludando a cada cliente y manteniendo vivo el legado de una madre que convirtió el trabajo, la humildad y el respeto hacia los demás en la mayor herencia para su hija y nieta.

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