Alejandro Cuéllar, la ruta emprendedora del chef que ganó tres Tenedores Rojos
El chef salvadoreño habló en “Sin Agenda” sobre cómo construyó Kemuri y Ocelot, dos restaurantes premiados que hoy emplean a 63 personas.
Alejandro Cuéllar no solo fue el gran ganador de la séptima Gala de la Gastronomía: también es el rostro de una ruta emprendedora en la cocina salvadoreña. Tras recibir tres Tenedores Rojos por Chef del Año, Restaurante Casual con Kemuri y Restaurante Revelación con Ocelot, el chef conversó en el podcast “Sin Agenda” de elsalvador.com sobre liderazgo, disciplina, equipo y los retos de convertir una idea gastronómica en negocios con proyección.
Alejandro Cuéllar no solo fue el gran ganador de la séptima Gala de la Gastronomía: también es el rostro de una ruta emprendedora dentro de la cocina salvadoreña. Tras recibir tres Tenedores Rojos por Chef del Año, Restaurante Casual con Kemuri y Restaurante Revelación con Ocelot, el chef conversó en el podcast “Sin Agenda” de elsalvador.com sobre liderazgo, disciplina, equipo y los retos de convertir una idea gastronómica en negocios con proyección.
Su historia conecta con una generación de emprendedores gastronómicos que está apostando por conceptos propios, marcas con identidad y equipos capaces de sostener experiencias memorables. En el caso de Cuéllar, esa ruta ya se traduce en dos restaurantes premiados y una operación que, entre Kemuri, Ocelot y el área administrativa, reúne a unas 63 personas.
“La verdad es que lo fui a celebrar con mi equipo. Creo que ellos se lo merecen más”, contó al recordar qué hizo después de la noche de premios. Para el chef, los reconocimientos no se entienden como un logro individual, sino como el resultado de muchas manos trabajando al mismo ritmo. “El premio no es de uno, sino que el premio es de todo el equipo”, afirmó.
Junto a su socio Eduardo, Cuéllar ha buscado construir una cultura empresarial basada en disciplina, confianza y crecimiento. “Nosotros con mi socio Eduardo tratamos de darle esa cultura de disciplina, esa cultura de poder soñar también”, explicó durante la entrevista.
Una ruta que empezó antes del restaurante
Antes de convertirse en chef y emprendedor, Alejandro Cuéllar creció en una casa donde comer bien era parte de la vida cotidiana. Contó que viene de una familia a la que le gustaba el pescado y recordó que su mamá tuvo un negocio de banquetes, una experiencia que marcó su relación con la cocina.
“Creo que mi mentora es mi madre”, dijo al hablar de esos almuerzos, cenas y momentos familiares que despertaron su curiosidad por los sabores. También mencionó a su papá, aficionado a la pesca deportiva, como una influencia importante en su gusto por el marisco fresco. “Para mí el ceviche de mi papá es el mejor ceviche”, expresó.

Aunque la gastronomía siempre le interesó, su camino profesional también pasó por otras áreas. Cuéllar es mercadólogo y licenciado en Marketing Turístico, una formación que hoy dialoga con su faceta de empresario gastronómico. Sin embargo, la cocina terminó imponiéndose como vocación.
Estudió gastronomía en El Salvador y defendió la formación como base para cualquier cocinero, pero fue claro al diferenciar un título académico del liderazgo real dentro de una cocina. “Las academias son la base de un cocinero”, explicó. Para él, llamarse chef implica más que graduarse: requiere administrar, operar y liderar un restaurante.
“Yo siempre estoy a favor de los líderes más que de los jefes”, dijo al describir la cultura que intenta transmitir en sus empresas. Esa visión atraviesa su manera de manejar equipos, tomar decisiones y enfrentar los momentos difíciles del emprendimiento.
Kemuri, de una casa escondida a una marca reconocida
Uno de los capítulos más importantes de su ruta emprendedora es Kemuri, el restaurante que este año recibió el Tenedor Rojo como Restaurante Casual. Antes de instalarse en San Benito, el concepto nació en una casa de la colonia Utila, en Santa Tecla, donde comenzaron a realizar pop-ups.

“Era como un secret location del restaurante”, recordó. Ese formato escondido despertó curiosidad entre los comensales y ayudó a construir una comunidad alrededor de la propuesta. La gente quería saber qué pasaba en ese lugar, dónde estaba y cómo era la comida.
Con el tiempo, Kemuri dio el salto hacia San Benito. Cuéllar define su cocina como una propuesta con bastante influencia asiática y una línea Nikkei, es decir, japonesa-peruana. “Ese es mi fuerte, es lo que más amo cocinar”, afirmó.
Entre los platos que mencionó durante la entrevista están la tostada de atún, el Kimidori ceviche, preparado con pescado, pulpo y leche de tigre con ají amarillo, y el lomito Kemuri, uno de los platos insignia del restaurante.
Pero el crecimiento también tuvo momentos complejos. Cuéllar recordó que uno de los retos más fuertes fue cuando tuvieron que cambiar de local porque no les renovaron el contrato. La marca ya estaba posicionada en San Benito y la pregunta era cómo moverse sin perder ubicación ni conexión con los clientes.
“Fue un golpe duro”, admitió. La solución llegó al encontrar una casa cercana, prácticamente a la par del local anterior. Para él, esa experiencia dejó una lección de madurez: cuando una puerta se cierra, toca trabajar rápido, adaptarse y seguir.
Ocelot y la expansión del negocio
El tercer Tenedor Rojo de la noche llegó con Ocelot, reconocido como Restaurante Revelación. Para Cuéllar, este proyecto representa una nueva aventura empresarial y creativa. Al momento de la entrevista, el restaurante tenía apenas tres meses y medio de haber abierto.

Ocelot propone una cocina inspirada en el norte de México, con carnes, mariscos, aguachiles y tostadas. El chef explicó que la apuesta está en respetar el producto y ofrecer una experiencia mexicana con énfasis en calidad.
“Estamos trayendo aquí a El Salvador una propuesta gastronómica de México”, comentó. El premio a Restaurante Revelación confirma que la expansión de su portafolio gastronómico ha logrado conectar rápido con el público y con la industria.

En su relato, Cuéllar habla con frecuencia de soñar, declarar metas y trabajar para cumplirlas. “Me gusta declarar las cosas que yo voy a hacer antes”, dijo al recordar cómo imaginó abrir un restaurante asiático y luego uno mexicano.
Disciplina, procesos y liderazgo
Más allá del brillo de los premios, el chef insistió en que la gastronomía exige orden. Para él, una cocina no se sostiene solo con creatividad ni con platos visualmente atractivos. Requiere procesos, limpieza, responsabilidad y entrenamiento constante.
“No es solo hacer las cosas bonitas o ponerle una florcita”, señaló al hablar del trabajo real que ocurre detrás de una experiencia en restaurante. También fue enfático al decir que “cocina sin procesos no es una cocina ordenada”.
Cuéllar afirmó que se involucra directamente en el entrenamiento de sus colaboradores y que nada sale sin su aval. También habló de la importancia de corregir, aprender y mantenerse humilde dentro de una industria donde el ego puede aparecer con facilidad.
“Lo que a mí como chef, como profesional y como cocinero, más que todo me hizo crecer fue la humildad”, expresó. Por eso, a los jóvenes cocineros les insiste en no confundir fama con carrera ni creatividad con desorden.
Lo que viene para 2026
Después de ganar tres Tenedores Rojos, Alejandro Cuéllar ya piensa en expansión. En “Sin Agenda” adelantó que para 2026 prepara dos nuevos proyectos en San Benito. El primero será un concepto de hamburguesas, previsto para abrir en un plazo de mes y medio a dos meses. El segundo será un restaurante más grande, ubicado en un rooftop, con cocina internacional de autor y proyectado para septiembre.
Aunque todavía no reveló todos los detalles, dejó claro que ambos proyectos llevarán su sello. Su ruta emprendedora, que pasó de pop-ups en una casa escondida a restaurantes premiados, entra ahora en una nueva etapa de crecimiento.
La historia de Cuéllar habla de gastronomía, pero también de empresa, empleo y visión. Detrás de los tres Tenedores Rojos hay una marca en expansión, un equipo amplio, un socio clave, aprendizajes difíciles y una idea que se repite en toda la entrevista: soñar sirve, pero solo cuando se trabaja todos los días para que las cosas pasen.
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