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Elizza Ramírez, fundadora y CEO de ESLAB, convirtió su interés por la belleza en un emprendimiento especializado en cosmética coreana en El Salvador.

Elizza Ramírez, la emprendedora que apostó por la cosmética coreana

La fundadora de ESLAB convirtió su interés por la belleza en un emprendimiento de K-Beauty que hoy une cosmética coreana, formación y visión de negocio.

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Resumen del artículo:

Elizza Ramírez, fundadora y CEO de ESLAB, convirtió su interés por la belleza en un emprendimiento especializado en cosmética coreana en El Salvador. Su camino comenzó mientras trabajaba, era docente y criaba a su hijo pequeño, impulsada por el deseo de construir algo propio. Tras enfrentar acné hormonal, descubrió el skincare coreano y decidió incorporarlo a su negocio, aun cuando pocos consumidores lo conocían. Con formación, viajes a Corea y una apuesta constante por educar al público, hizo crecer ESLAB. Hoy, con cuatro puntos de venta y 11 colaboradores, resume su trayectoria en resiliencia: “Yo soy una emprendedora de corazón”.

En una entrevista exclusiva para elsalvador.com, Elizza Ramírez, fundadora y CEO de ESLAB, cuenta cómo una inquietud personal por el maquillaje terminó abriéndole camino en el mundo de la cosmética coreana en El Salvador. Su historia comenzó entre un trabajo estable, la maternidad y el deseo de construir algo propio, hasta convertir ese impulso en un emprendimiento especializado en K-Beauty.

“Yo siempre supe que quería algo más”, recuerda.

Ese deseo apareció mucho antes de ESLAB. Vendió collares entre sus compañeros, intentó comercializar productos por catálogo, exploró la posibilidad de crear ropa con una marca propia e incluso probó con jabones. Emprender, en cierta forma, siempre estuvo presente.

Uno de esos intentos fallidos terminó empujándola hacia su verdadero proyecto. Quería comenzar a vender productos de una revista por catálogo, pero nunca recibió respuesta.

De una necesidad personal nació una idea que, con esfuerzo y perseverancia, se convirtió en un negocio. Esta es la historia de Elisa Ramírez y el camino que la llevó a emprender.

“Dije: ‘Voy a hacer mi propio negocio porque no me contestan’. Quizás si me hubieran contestado hubiera tomado otro camino. Afortunadamente nunca me respondieron”, relata entre risas.

Una necesidad que encontró una oportunidad

Hace más de una década, YouTube era una de las principales ventanas hacia las tendencias internacionales de belleza. Elizza seguía a creadoras de contenido de Estados Unidos que mostraban maquillajes y productos difíciles de encontrar en El Salvador.

Primero decidió pedir algunos para ella. Después apareció la pregunta que encendió la idea de negocio: si ella quería esos productos, ¿habría más personas buscándolos?

En septiembre de 2015 hizo un pequeño pedido de maquillaje de marcas que entonces tenían mucha popularidad en internet. Comenzó a vender en redes sociales y a entregar en centros comerciales como Metrocentro y MetroSur durante sus momentos libres.

El panorama era muy distinto al actual. Elizza era licenciada en Comunicaciones, trabajaba en la Universidad Tecnológica de El Salvador, había sido docente de periodismo y, además, tenía un hijo de apenas un año.

La historia de Elizza Ramírez también está marcada por la constancia: pasó de vender maquillaje en sus ratos libres a dirigir una empresa con presencia física y digital.
La historia de Elizza Ramírez también está marcada por la constancia: pasó de vender maquillaje en sus ratos libres a dirigir una empresa con presencia física y digital. / Foto elsalvador.com Jessica Orellana

Aquella primera mercadería se vendió rápidamente.

“Tengo que volver a pedir, tengo que volver a pedir”, recuerda sobre aquellos días en los que el emprendimiento comenzaba a exigir cada vez más tiempo.

Hasta que llegó una lección fundamental: para crecer debía dejar de intentar hacerlo todo.

“Uno como empresario, como emprendedor, tiene que saber cuándo es ese momento en que para poder crecer necesitás ayuda. No lo podés hacer solo”.

El nombre que guarda a su abuela

ESLAB también conserva una historia familiar.

El proyecto originalmente se llamó Elizza Store. El nombre nació después del fallecimiento de su abuela, una mujer a quien describe como prácticamente su mamá y que la llamaba cariñosamente “Eli” o “Elisa”.

Cuando buscaba cómo bautizar aquel pequeño negocio, decidió convertir ese recuerdo en un homenaje.

“En honor a ella le voy a poner Elizza, Elizza Store, la tienda de Elizza”.

Aunque la empresa evolucionó y hoy se presenta como ESLAB, abreviatura vinculada a Elizza Skin Lab, quiso mantener aquella raíz.

Detrás de una marca que creció también quedó guardado un pedacito de su historia personal.

El skincare coreano llegó por una experiencia propia

La transformación del negocio hacia la cosmética coreana tampoco surgió únicamente de identificar una tendencia.

Después de convertirse en mamá, Elizza experimentó un episodio de acné hormonal. Buscar alternativas se convirtió en una necesidad personal y, otra vez, internet le abrió una puerta.

Encontró a una creadora de contenido colombiana que relataba su experiencia con cosméticos coreanos. Buscó algunos de esos productos, comenzó a utilizarlos y quedó fascinada.

“Yo soy una emprendedora de corazón”, afirma Elizza, quien ha construido su camino entre aprendizaje, resiliencia y una apuesta sostenida por el K-Beauty.
“Yo soy una emprendedora de corazón”, afirma Elizza, quien ha construido su camino entre aprendizaje, resiliencia y una apuesta sostenida por el K-Beauty. / Foto elsalvador.com Jessica Orellana

“Fue un amor a primera aplicación”, resume.

El interés rápidamente se convirtió en investigación. Compró libros, siguió a especialistas, estudió ingredientes y se interesó cada vez más por la filosofía del K-Beauty.

Luego apareció nuevamente su instinto emprendedor.

“Yo dije: ‘Esto lo tengo que tener para mis clientes’”.

Comenzó a incorporar skincare, aunque inicialmente la respuesta fue tímida. El maquillaje dominaba las preferencias: labiales, paletas y lanzamientos virales atraían todas las miradas.

Elizza, sin embargo, siguió apostando.

Con el tiempo identificó un cambio en los consumidores y comenzó a darle mayor protagonismo al cuidado de la piel. También impulsó talleres educativos y decidió profesionalizar sus conocimientos con formación en cosmética y dermofarmacia.

Sus viajes a Corea han reforzado esa búsqueda. De allí ha regresado con aprendizaje, nuevas ideas y tecnologías que posteriormente ha incorporado al negocio.

Lo que no aparece en la fotografía del éxito

Actualmente ESLAB tiene cuatro puntos de venta, comercio electrónico, envíos nacionales y un equipo de 11 personas.

Pero cuando Elizza habla de emprendimiento, evita romantizar el camino.

“Uno ve la parte bonita de las tiendas, del gran crecimiento que hemos experimentado, pero detrás de eso hay mucho sacrificio, tiempo, lágrimas y decisiones que a veces salen mal”.

Es una realidad que considera importante contar porque detrás de cada nueva sucursal, lanzamiento o producto hay problemas que resolver.

“Ser gerente, director o CEO de una empresa es resolver problemas. Todos los días hay problemas y todos los días hay que resolverlos y seguir adelante”.

Por eso, cuando mira hacia atrás, su mayor reconocimiento no está dirigido a una tienda o una cifra.

“Le agradezco a esa Elizza de hace 11 años no haber abandonado esa idea”.

Emprender también se volvió una historia familiar

Su hijo, aquel bebé de un año que estaba presente cuando empezó todo, hoy tiene 12. Ha crecido junto al negocio y ya participa de una manera particular: ayuda colocando los stickers de los productos y recibe un salario por hacerlo.

Para Elizza es una pequeña escena que resume cómo empresa y familia han avanzado juntas.

Cuando imagina su vida dentro de una década, tampoco se aferra al cargo de CEO. Incluso piensa que ESLAB podría estar dirigido por otras personas.

Pero hay algo que sí permanece.

“Me veo siempre emprendiendo. Yo soy una emprendedora de corazón”.

Su historia demuestra que emprender no siempre empieza con un gran plan. A veces surge de una necesidad, de una curiosidad, de un intento que no funcionó o de una idea en la que otros todavía no creen.

Lo decisivo, en el caso de Elizza, fue seguir.