El legado de Inés Gutiérrez, 80 años entre flores que ahora siguen en manos de su hija
Inés Gutiérrez, de 95 años, dedicó su vida a las flores y dejó un legado familiar que hoy continúa su hija en el Mercado San Miguelito de San Salvador.
La historia de Inés Gutiérrez con las flores comenzó mucho antes de que ella imaginara convertirse en madre, abuela y referente de una generación de floristas. Tenía apenas 15 años cuando empezó a acompañar a su madre, Emilia Gutiérrez, en el mercado Emporium.
Ahí aprendió los nombres de las flores, las temporadas, los colores que más buscaban las novias y los arreglos que se vendían mejor para funerales o cumpleaños. Hoy tiene 95 años. Ya no trabaja. La pandemia terminó por convencer a sus hijos —sobre todo a Francisco, el menor— de que debía quedarse en casa.
Pero basta verla caminar entre los pasillos del nuevo San Miguelito para entender que sigue perteneciendo a ese mundo de rosas, crisantemos y gladiolas. Las vendedoras todavía la saludan por su nombre. Algunas se acercan a abrazarla.
Ella sonríe, se acomoda con calma y observa los puestos como quien vuelve a visitar una parte intacta de su memoria y se dirige hacía el puesto de flores que ahora lleva su hija, Teresa Espinoza, quien está resguardando su legado.
A las cinco de la mañana, Inés Gutiérrez viuda de Espinoza ya iba camino al antiguo mercado Emporium, y luego al Mercado San Miguelito. Durante décadas, esa fue su rutina: abrir temprano su puesto de flores, atender clientes y pasar la mayor parte del día entre arreglos naturales, conversaciones con otras vendedoras y el movimiento constante del mercado.
Así construyó no solo un oficio, sino también una vida marcada por el trabajo, la maternidad y una tradición familiar que, además, es tan importante para celebrar el día de las madres. Este oficio es de gran demanda en dicha festividad y ella lo aprendió desde pequeña.

"Mi abuela la tenía a la par y le enseñaba”, cuenta Francisco Espinoza, periodista y el menor de sus hijos. “En aquel tiempo las mamás hacían que sus hijas les ayudaran con los negocios y así comenzó ella”. Se casó joven, cerca de los 20 años, y tuvo ocho hijos. Cuatro murieron siendo pequeños, golpeados por las enfermedades de la época.
Ese duelo quedó en su vida, pero ella siguió adelante. Ahora, en su vejez y retiro, la acompañan tres: dos hijas y un hijo, quienes cuidan de ella para que esta etapa de su vida sea tranquila, llevadera y feliz. #Come tranquila, oye radio, mira televisión y descansa”, cuentan.
Una vida entera entre las flores
Inés todavía recuerda las flores salvadoreñas y las que llegaban desde Guatemala. Recuerda al comerciante extranjero que las importaba cuando el Emporium estaba lleno de vida. Recuerda los meses buenos, las temporadas altas y las fechas donde apenas alcanzaban las manos para atender clientes.
También recuerda las fiestas. En junio, durante la celebración del Corazón de Jesús, el mercado se llenaba de marimba. Esa música todavía le ilumina el rostro. “A mí me gustaba bailar”, dice entre risas. “Me gusta toda clase de música”.
Teresa, su hija, la escucha hablar y sonríe. Sabe que la memoria de su madre también es la memoria del mercado. Muchas de las mujeres que todavía venden flores crecieron viéndola trabajar. Algunas eran niñas cuando Inés ya acomodaba rosas al amanecer.
“Esto viene de generación”, explica Teresa mientras acomoda ramos naturales en su local del mercado San Miguelito. “Primero fue mi abuelita, luego mi mamá y ahora sigo yo”.
Aunque pasó años acompañando a Inés en el negocio, Teresa asegura que nunca imaginó terminar dedicándose a las flores. “Nunca pensé estar aquí, pero si así lo quiso Dios, aquí estoy”, afirma. “Y esto no es nada malo. Es algo bonito, un arte”.
Y aunque el negocio ha cambiado por los retos económicos, la familia sigue sosteniendo el legado. En mayo, cuando la flor sube de precio por el Día de la Madre, el trabajo se intensifica.

Aun así, Teresa continúa abriendo cada mañana, acomodando arreglos y atendiendo clientes, como lo hicieron antes su madre y su abuela.
Inés ya no corta tallos ni arma grandes arreglos para las ocasiones especiales que se celebran en San Salvador. Sus manos, marcadas por la diabetes y los años, ya no tienen la misma fuerza. Pero todavía conserva intacta la pasión por las flores.
“Cuando me muera, llévenme de flores”, les dice a sus hijos medio en broma y medio en serio, aunque sus hijos saben que probablemente habla desde el corazón.
Porque si algo ha definido la vida de Inés Gutiérrez viuda de Espinoza no ha sido únicamente el trabajo, ni los mercados, ni siquiera las décadas detrás de un puesto de flores. Ha sido la capacidad de convertir el amor en herencia.
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