El ritual ancestral con el que Cacaopera renueva la fe en el río
En Cacaopera, Morazán, una tradición centenaria reúne fe católica y herencia indígena en la lavada ritual de la ropa de las imágenes religiosas.
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elsalvador.com
Publicado el 07 de febrero de 2026
La lavada de la ropa de las imágenes religiosas en Cacaopera, Morazán, es una tradición ancestral que cada febrero reúne a la comunidad en un ritual donde se mezclan la fe católica y la herencia indígena kakawira. La jornada inicia en la iglesia, continúa con una peregrinación al río Torola y culmina con la limpieza de las prendas en el agua, acompañada de rezos, música y cantos. Más que un acto religioso, el rito refuerza la identidad cultural, la memoria colectiva y los lazos comunitarios de este pueblo del oriente salvadoreño.
Cada febrero, el municipio de Cacaopera, en Morazán, revive una de las tradiciones culturales y religiosas más singulares de El Salvador: la lavada de la ropa de las imágenes religiosas, un ritual comunitario que une fe católica, memoria indígena y profundo respeto por la naturaleza. No se trata solo de limpiar prendas, sino de renovar símbolos, agradecer favores y reafirmar la identidad de un pueblo que conserva viva su herencia kakawira.
Desde las primeras horas del día, la comunidad comienza a reunirse en la iglesia local. El ambiente es distinto al de cualquier otra celebración religiosa: hay solemnidad, pero también cercanía. Familias enteras participan del inicio del rito, conscientes de que están repitiendo un gesto transmitido por generaciones. Para muchos, es un recuerdo de infancia; para otros, una manera de volver al pueblo, aunque sea por un día.
La jornada inicia con una misa en la que se presentan las imágenes veneradas por la comunidad. Entre ellas destacan la virgen del Tránsito, patrona del municipio, la virgen de la Exaltación de la Cruz, San José, Jesús Nazareno y otras advocaciones marianas. Sus vestimentas son retiradas cuidadosamente y colocadas en tanates (bultos de ropa), como señal de respeto y responsabilidad colectiva.

Antes de salir de la iglesia, se realiza una ceremonia marcada por el incienso y los rezos. Un anciano del pueblo, reconocido por su conocimiento de las tradiciones, dirige palabras que evocan los cuatro puntos cardinales. En ese momento, la liturgia católica se entrelaza con elementos ancestrales, reflejando el sincretismo que caracteriza la espiritualidad de Cacaopera.
Un camino que une fe y territorio
Tras la ceremonia inicial, el pueblo emprende una peregrinación hacia el río Torola, específicamente al sitio conocido como Los Encuentros, donde este se une con el río Chiquito. El trayecto se convierte en parte esencial del ritual. No es solo un desplazamiento físico, sino un acto simbólico que reafirma el vínculo entre la comunidad y su entorno natural.
Durante el recorrido, la música tradicional acompaña a los caminantes. Violines, guitarras y requintos marcan el paso, mientras los cohetes anuncian el avance del grupo. Las conversaciones se mezclan con los rezos, y el camino se llena de recuerdos compartidos. Para muchos asistentes, caminar juntos es tan importante como el destino.
El paisaje refuerza el carácter espiritual del momento. El polvo del camino, el calor del sol y la vegetación que rodea el río forman parte de una escena que se repite año con año, pero que nunca pierde su carga emotiva. En ese trayecto, el tiempo parece avanzar más lento.
Al llegar al río, el ambiente se transforma. El sonido del agua domina el espacio y marca el inicio de uno de los momentos más significativos del ritual. La naturaleza deja de ser escenario para convertirse en protagonista.
El agua como espacio sagrado
En la orilla del río, las mujeres del pueblo realizan la lavada de las prendas. Con agua clara y jabón, cada pieza es sumergida cuidadosamente en el cauce. No hay movimientos apresurados ni gestos mecánicos. Cada acción está cargada de respeto, como si el río recibiera una ofrenda.
El agua tiene un significado central en esta tradición. Para la comunidad, representa vida, purificación y continuidad. Mientras las prendas se lavan y luego se tienden al sol para secarse, se elevan cantos y oraciones que acompañan el momento. La escena combina sencillez y profundidad espiritual.

El sacerdote dirige un rosario que marca el cierre del rito en el río. Este acto refuerza el carácter religioso de la jornada, sin borrar los elementos ancestrales que la atraviesan. Es en este equilibrio donde la tradición encuentra su fuerza y su permanencia.
Una vez concluida la ceremonia, el ambiente se distiende. La comunidad se prepara para compartir alimentos, un gesto que simboliza la unión y la gratitud colectiva.
Memoria viva y encuentro comunitario
El convite comunitario es el cierre natural de la jornada. Las familias comparten comida típica preparada en casa, mientras conversan y recuerdan a quienes ya no están. Este espacio de convivencia es tan importante como el ritual mismo, porque refuerza los lazos sociales y la memoria compartida.
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Para muchos habitantes y visitantes, este momento despierta nostalgia. Evoca tiempos en los que el pueblo era más pequeño y las tradiciones marcaban el ritmo del año. En un contexto de migración y cambios acelerados, la lavada de la ropa de las imágenes funciona como un ancla cultural.
La tradición no se sostiene por documentos ni por promoción externa, sino por la convicción de la comunidad de que este ritual forma parte de su identidad. Cada generación aprende observando y participando, entendiendo que la herencia cultural se cuida viviéndola.
Así, entre ríos e incienso, Cacaopera renueva cada año no solo la ropa de sus santos, sino también la fe, la memoria y el sentido de pertenencia de un pueblo que resiste al olvido.
Tomado de El Diario de Hoy, con reportes de Osmín Monge.
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