Lunes 29 de noviembre


Yesenia: una historia con un final feliz

Los pasillos y habitaciones del Hospital Bloom ofrecen, a menudo, historias llenas de tristeza y pesar. Sin embargo, también las hay de alegría contenida. Rescatarlas es más difícil. La de Rosa y Vittian Yesenia es una de ellas.

Javier Ramón
El Diario de Hoy

Tan sólo unas horas después de la operación de corazón, Yesenia, dulce y despreocupada, toma la pacha de su mamá, Rosa.

No es la misma. Nunca esos ojos habían mostrado tanta satisfacción. Grandes y, con el toque de brillo que corresponde a la inocencia, apartaron para siempre esa mirada triste y famélica que le acompañaba desde hacía meses.

Yesenia despertó gracias a la trenzada habilidad de las manos de dos cirujanos sobre un tierno corazón que, sin embargo, empezaba a dar muestras de cansancio.

Los tres meses de idas y venidas desde San Vicente al Hospital Benjamín Bloom de la otra protagonista de esta historia, Rosa, con el único pensamiento en la cabeza de su niñita, habían merecido la pena: Yesenia, operada de urgencia el pasado viernes 19, empezaba una nueva vida cuando los cirujanos que la atendieron, todavía con las mascarillas sobre el rostro, daban el beneplácito de la operación.

¿Quién es ella?

Vittian Yesenia Cortez Membreño nació el primero de enero de este año en el cantón Llanos de Achichilco, a unos pocos kilómetros de San Vicente.

Junto a su hermano Nicolás Isaías, dos años mayor que ella, y Rosa, comparten una pequeña casa de la que cuidan, pero no son dueños.

La historia de Rosa Cortez, joven madre de 22 años, con muy escasos recursos y una dedicación plena a sus hijos, es el relato anónimo de tantas madres adolescentes que, un buen día tuvieron que renunciar a su juventud para sacar adelante esa otra vida que llevaban dentro.

La salud de Yesenia nunca la dejó dormir tranquila. A los pocos días de haber nacido, a la bebé le detectaron neumonía, una enfermedad que, según las radiografías y las explicaciones de los doctores, estuvo a punto de costarle la vida.

Pero Yesenia siempre tuvo la suerte de su lado. Tiempo después, un bebé con claros síntomas de desnutrición &emdash;le faltaban cinco kilogramos para alcanzar los ocho que le hicieran parecer un bebé de su edad&emdash;, descansaba en la cuna siete de Pediatría III, en el propio Hospital Bloom.

A primera vista, Vittian Yesenia era la imagen física de la desesperanza. Se requería un denodado esfuerzo para entender cómo una cardiopatía congénita &endash;ductus persistente arterial&endash;, una enfermedad de corazón provocada por la unión de la aorta y la arteria pulmonar, hubiera dejado un bebé en una situación tan delicada.

Máxime cuando en los comentarios de Rosa siempre se escuchaba lo mucho que comía Yesenia.

Francisco José Gamero, uno de los cirujanos que la operó, explicó cómo esa unión, normal en el período fetal, provocaba una mayor circulación de sangre a los pulmones y, por tanto, un mayor gasto energético que se traducía, con el paso del tiempo, en una desnutrición severa para la pequeña.

Escasos recursos

Septiembre y octubre fueron meses interminables para la madre de Yesenia.

Pruebas de sangre, chequeos continuos hasta terminar con un ecocardiograma que pudiera aseverar con seguridad la enfermedad de la pequeña y el alcance de la misma.

Rosa, una mujer que escasamente podía pagar el billete de autobús a San Vicente, hacia lo imposible por estar junto a su hijita mientras su madre, vendedora ocasional de fruta en los Llanos de Achichilco, atendía los pasos de Isaías.

Todo salió bien y Yesenia, con el tiempo, tendrá una vida normal entre los niños de Achichilco.

Sin embargo, niños y niñas con distintas cardiopatías congénitas hacen una cola en el Hospital Bloom, que llega hasta el 2001.

Algunos no tendrán la suerte de Yesenia y, por desgracia, no llegaremos a ver el brillo de los ojos.


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