Yesenia:
una historia con un final feliz
Los pasillos y
habitaciones del Hospital Bloom ofrecen, a
menudo, historias llenas de tristeza y pesar.
Sin embargo, también las hay de
alegría contenida. Rescatarlas es
más difícil. La de Rosa y Vittian
Yesenia es una de ellas.
- Javier
Ramón
- El Diario
de Hoy
Tan
sólo unas horas después de la
operación de corazón, Yesenia,
dulce y despreocupada, toma la pacha de su
mamá, Rosa.
No es la misma. Nunca
esos ojos habían mostrado tanta
satisfacción. Grandes y, con el toque de
brillo que corresponde a la inocencia, apartaron
para siempre esa mirada triste y famélica
que le acompañaba desde hacía
meses.
Yesenia despertó
gracias a la trenzada habilidad de las manos de
dos cirujanos sobre un tierno corazón
que, sin embargo, empezaba a dar muestras de
cansancio.
Los tres meses de idas
y venidas desde San Vicente al Hospital
Benjamín Bloom de la otra protagonista de
esta historia, Rosa, con el único
pensamiento en la cabeza de su niñita,
habían merecido la pena: Yesenia, operada
de urgencia el pasado viernes 19, empezaba una
nueva vida cuando los cirujanos que la
atendieron, todavía con las mascarillas
sobre el rostro, daban el beneplácito de
la operación.
¿Quién
es ella?
Vittian Yesenia Cortez
Membreño nació el primero de enero
de este año en el cantón Llanos de
Achichilco, a unos pocos kilómetros de
San Vicente.
Junto a su hermano
Nicolás Isaías, dos años
mayor que ella, y Rosa, comparten una
pequeña casa de la que cuidan, pero no
son dueños.
La historia de Rosa
Cortez, joven madre de 22 años, con muy
escasos recursos y una dedicación plena a
sus hijos, es el relato anónimo de tantas
madres adolescentes que, un buen día
tuvieron que renunciar a su juventud para sacar
adelante esa otra vida que llevaban
dentro.
La salud de Yesenia
nunca la dejó dormir tranquila. A los
pocos días de haber nacido, a la
bebé le detectaron neumonía, una
enfermedad que, según las
radiografías y las explicaciones de los
doctores, estuvo a punto de costarle la
vida.
Pero Yesenia siempre
tuvo la suerte de su lado. Tiempo
después, un bebé con claros
síntomas de desnutrición
&emdash;le faltaban cinco kilogramos para
alcanzar los ocho que le hicieran parecer un
bebé de su edad&emdash;, descansaba en la
cuna siete de Pediatría III, en el propio
Hospital Bloom.
A primera vista,
Vittian Yesenia era la imagen física de
la desesperanza. Se requería un denodado
esfuerzo para entender cómo una
cardiopatía congénita
&endash;ductus persistente arterial&endash;, una
enfermedad de corazón provocada por la
unión de la aorta y la arteria pulmonar,
hubiera dejado un bebé en una
situación tan delicada.
Máxime cuando en
los comentarios de Rosa siempre se escuchaba lo
mucho que comía Yesenia.
Francisco José
Gamero, uno de los cirujanos que la
operó, explicó cómo esa
unión, normal en el período fetal,
provocaba una mayor circulación de sangre
a los pulmones y, por tanto, un mayor gasto
energético que se traducía, con el
paso del tiempo, en una desnutrición
severa para la pequeña.
Escasos
recursos
Septiembre y octubre
fueron meses interminables para la madre de
Yesenia.
Pruebas de sangre,
chequeos continuos hasta terminar con un
ecocardiograma que pudiera aseverar con
seguridad la enfermedad de la pequeña y
el alcance de la misma.
Rosa, una mujer que
escasamente podía pagar el billete de
autobús a San Vicente, hacia lo imposible
por estar junto a su hijita mientras su madre,
vendedora ocasional de fruta en los Llanos de
Achichilco, atendía los pasos de
Isaías.
Todo salió bien
y Yesenia, con el tiempo, tendrá una vida
normal entre los niños de
Achichilco.
Sin embargo,
niños y niñas con distintas
cardiopatías congénitas hacen una
cola en el Hospital Bloom, que llega hasta el
2001.
Algunos no
tendrán la suerte de Yesenia y, por
desgracia, no llegaremos a ver el brillo de los
ojos.