Viernes 19 de noviembre


Una madrugada siniestra

La quema del primer Palacio Nacional encierra aún muchas dudas y enigmas. ¿Fue una casualidad o fue la primera manifestación de impunidad presidencial en El Salvador?

Los policías destacados en la zona relataban que, a eso de las 12:15 de esa madrugada del 20 de noviembre, el fuego había dado inicio en el portón del lado occidental del Palacio, muy cerca del despacho de estampillas postales. En cuestión de seis u ocho minutos, el fuego ya se había extendido por varios lugares del edificio, desde el Archivo General de Gobernación, dando vuelta en la esquina suroeste.

Largas lenguas de fuego se propagaban hacia el poniente a través de las ventanas de las Judicaturas de 1ª, 2ª y 3ª instancias, hacia la Dirección de Licores, la Contaduría Mayor y el Ministerio de Gobernación, situados en el piso alto, junto con la Presidencia de la República, Corte Suprema de Justicia, Archivo Judicial, Archivo Federal de Centro América, Ministerio de Fomento, Instrucción Pública y Beneficencia, Juzgado General de Hacienda y los ministerios de Relaciones Exteriores y Hacienda con sus respectivos anexos.

En la planta baja se localizaban la Tesorería General, Oficina de Circulación de Canjes, Secretaría de la Comandancia, Gobernación Departamental de San Salvador, Oficina de la Propiedad Raíz e Hipotecas, Contaduría Mayor de Cuentas, Congreso Legislativo, Dirección de Correos y el Archivo de la Nación. De todos estos lugares, sólo los directores y empleados de la Tesorería y del Archivo lograron rescatar algunos documentos semiquemados y otros enseres de valor, aunque no pudieron hacer nada por los valiosos óleos de Francisco Wenceslao Cisneros y las esculturas talladas por Pascasio González, que se encontraban en salones adyacentes y del primer nivel.

Ante la falta de agua, que era transportada mano a mano, balde a balde, por largas filas de hombres cultos e incultos aprestados para ayudar, algunas personas propusieron que se derribara hacia adentro los muros de madera del segundo piso, para que los restos ardientes no fueran a salirse de un perímetro determinado y causaran la destrucción de las estructuras adyacentes.

Con lo de la salvaguarda de la Universidad, el héroe fue el doctor Francisco Machón, quien, junto con otros profesores y alumnos, se aprestaron al lado sur del Alma Mater, provistos de frazadas de lana mojadas, gracias a las cuales lograron sacar archivos completos, útiles de laboratorio, enseres, mueblería y más de cuatro mil volúmenes de la Biblioteca Nacional allí instalada.

En medio de la confusión, se dio lugar también al pillaje, por lo que desaparecieron series completas de estampillas postales y de bonos de la Tesorería, al igual que centenares de guías de añil para exportación. Todos esos documentos fueron anulados por el Gobierno, para no dar lugar a la evasión fiscal, a la especulación y al contrabando. Sin embargo, sólo se detuvo a Apolinario Vila, a quien se le acusó formalmente por robar 50 pesos y tres cortes de casimir.

"El Gobierno en la calle, la historia del país borrada", expresaba una frase periodística para reseñar toda aquel amanecer del desastre, del que el presidente, general Francisco Menéndez, se enteraría al regresar, por tren, desde Ahuachapán. Mientras tanto, el fotógrafo alemán Peter Fassold ya se había aprestado a registrar, con sus lentes y bromuros, las ruinas de aquel primer Palacio Nacional de El Salvador.

Sospechas y rumores

Los gendarmes apostados cerca del Palacio siniestrado declararon que para ellos hubo "mano aleve" en el suceso, dado que la puerta frente a la Universidad estaba abierta y el portón occidental fue tumbado hacia adentro, lo que hace suponer violencia. Lo extraño era que nadie &emdash;ni policías ni vecinos&emdash; escuchó ni vio nada, sino hasta que sonaron los despavoridos silbatos de alerta.

En el Archivo Judicial y en la Corte Suprema se quemaron todas las causas criminales en proceso y las pruebas incriminatorias de las mismas, incluidas las de la instrucción más famosa de entonces, sostenida por el Estado contra el ex presidente, doctor Rafael Zaldívar, a quien se le acusaba de haberse apropiado de cerca de dos veces el presupuesto general anual de la Nación, cifra calculada en dos millones y medio de pesos. En su defensa había acudido su pariente y apoderado, el doctor Salvador Gallegos.

En apoyo a la hipótesis de la mano criminal, Calixto Velado, escritor y tesorero, encontró debajo de la mesa de su oficina una mecha de lona, de cuarta y media de longitud, impregnada con gas y alquitrán. Como refuerzo, Manuel Barriere sostuvo que el fuego inició en dos puntos del edificio, que eran la Dirección de Correos y la oficina del caso Zaldívar, situada en la esquina suroeste, cerca del Archivo de Gobernación, donde se almacenaban los legajos incriminatorios contra el ilustrado y despótico ex gobernante. Pese a esto, las autoridades no tenían nada concreto entre manos, sino sólo rumores, sólo pruebas circunstanciales, sólo sospechas de quién y por qué se había iniciado el fuego.

En su informe final a la Asamblea, ofrecido en marzo de 1890, José Larreynaga, el ministro de Gobernación, declaró que "el ánimo se resiste a creer que haya salvadoreño tan malvado que, movido por pasiones personales o de partido, concibiera el negro proyecto de incendiar el Palacio; pero las informaciones seguidas por los tribunales de justicia, a la extensa investigación hecha por el ministerio a mi cargo, la rapidez con que fue reducido a cenizas aquel grande edificio, el cual se vio arder por varios costados a la vez, arrojan fuertes presunciones de que mano aleve y misteriosa consumó tan horrible y espantoso crimen", por el que nadie fue acusado ni encarcelado, cayendo sobre los hechores materiales e intelectuales un negro velo protector, que décadas más tarde recibiría el nombre de impunidad.

De sobra está añadir que el proceso seguido contra Zaldívar, el otrora poderoso protector del joven Rubén Darío durante su primera estancia en suelo salvadoreño, no siguió más y se quedó atrapado en un limbo jurídico, del que no saldría jamás.

Hacia un nuevo Palacio

El 25 de noviembre, el general Menéndez emitió un decreto ejecutivo por el cual gravaba con un peso a cada quintal de café que se exportara, con el fin de obtener recursos para reconstruir el edificio incendiado.

En diciembre, tras escuchar el informe arquitectónico de demolición brindado por los maestros constructores Pascasio González, Onofre Villacorta, Isidro Contreras y Rafael Lara, el Presidente tomó la decisión de que se trasladaran al interior de los muros el Cuartel de Artillería y el de la Brigada de Línea (o Policía Militar), por lo que el lugar fue conocido como el "cuartel quemado" hasta 1905, cuando dieron inicio las obras para la construcción de esa actual joya arquitectónica que es el segundo Palacio Nacional. Pero él ya es parte de otro capítulo de nuestra historia patria.


110 aniversario: El incendio del Palacio Nacional. En el siglo pasado, pocos desastres estremecieron tanto al pueblo salvadoreño como la destrucción del primer Palacio Nacional. ¿Tragedia o atentado?
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