Una madrugada
siniestra
La quema del primer Palacio Nacional
encierra aún muchas dudas y enigmas.
¿Fue una casualidad o fue la primera
manifestación de impunidad presidencial
en El Salvador?
Los policías destacados en la zona
relataban que, a eso de las 12:15 de esa
madrugada del 20 de noviembre, el fuego
había dado inicio en el portón del
lado occidental del Palacio, muy cerca del
despacho de estampillas postales. En
cuestión de seis u ocho minutos, el fuego
ya se había extendido por varios lugares
del edificio, desde el Archivo General de
Gobernación, dando vuelta en la esquina
suroeste.
Largas lenguas de fuego se propagaban hacia
el poniente a través de las ventanas de
las Judicaturas de 1ª, 2ª y 3ª
instancias, hacia la Dirección de
Licores, la Contaduría Mayor y el
Ministerio de Gobernación, situados en el
piso alto, junto con la Presidencia de la
República, Corte Suprema de Justicia,
Archivo Judicial, Archivo Federal de Centro
América, Ministerio de Fomento,
Instrucción Pública y
Beneficencia, Juzgado General de Hacienda y los
ministerios de Relaciones Exteriores y Hacienda
con sus respectivos anexos.
En la planta baja se localizaban la
Tesorería General, Oficina de
Circulación de Canjes, Secretaría
de la Comandancia, Gobernación
Departamental de San Salvador, Oficina de la
Propiedad Raíz e Hipotecas,
Contaduría Mayor de Cuentas, Congreso
Legislativo, Dirección de Correos y el
Archivo de la Nación. De todos estos
lugares, sólo los directores y empleados
de la Tesorería y del Archivo lograron
rescatar algunos documentos semiquemados y otros
enseres de valor, aunque no pudieron hacer nada
por los valiosos óleos de Francisco
Wenceslao Cisneros y las esculturas talladas por
Pascasio González, que se encontraban en
salones adyacentes y del primer nivel.
Ante
la falta de agua, que era transportada mano a
mano, balde a balde, por largas filas de hombres
cultos e incultos aprestados para ayudar,
algunas personas propusieron que se derribara
hacia adentro los muros de madera del segundo
piso, para que los restos ardientes no fueran a
salirse de un perímetro determinado y
causaran la destrucción de las
estructuras adyacentes.
Con lo de la salvaguarda de la Universidad,
el héroe fue el doctor Francisco
Machón, quien, junto con otros profesores
y alumnos, se aprestaron al lado sur del Alma
Mater, provistos de frazadas de lana mojadas,
gracias a las cuales lograron sacar archivos
completos, útiles de laboratorio,
enseres, mueblería y más de cuatro
mil volúmenes de la Biblioteca Nacional
allí instalada.
En medio de la confusión, se dio lugar
también al pillaje, por lo que
desaparecieron series completas de estampillas
postales y de bonos de la Tesorería, al
igual que centenares de guías de
añil para exportación. Todos esos
documentos fueron anulados por el Gobierno, para
no dar lugar a la evasión fiscal, a la
especulación y al contrabando. Sin
embargo, sólo se detuvo a Apolinario
Vila, a quien se le acusó formalmente por
robar 50 pesos y tres cortes de casimir.
"El Gobierno en la calle, la historia del
país borrada", expresaba una frase
periodística para reseñar toda
aquel amanecer del desastre, del que el
presidente, general Francisco Menéndez,
se enteraría al regresar, por tren, desde
Ahuachapán. Mientras tanto, el
fotógrafo alemán Peter Fassold ya
se había aprestado a registrar, con sus
lentes y bromuros, las ruinas de aquel primer
Palacio Nacional de El Salvador.
Sospechas y rumores
Los gendarmes apostados cerca del Palacio
siniestrado declararon que para ellos hubo "mano
aleve" en el suceso, dado que la puerta frente a
la Universidad estaba abierta y el portón
occidental fue tumbado hacia adentro, lo que
hace suponer violencia. Lo extraño era
que nadie &emdash;ni policías ni
vecinos&emdash; escuchó ni vio nada, sino
hasta que sonaron los despavoridos silbatos de
alerta.
En el Archivo Judicial y en la Corte Suprema
se quemaron todas las causas criminales en
proceso y las pruebas incriminatorias de las
mismas, incluidas las de la instrucción
más famosa de entonces, sostenida por el
Estado contra el ex presidente, doctor Rafael
Zaldívar, a quien se le acusaba de
haberse apropiado de cerca de dos veces el
presupuesto general anual de la Nación,
cifra calculada en dos millones y medio de
pesos. En su defensa había acudido su
pariente y apoderado, el doctor Salvador
Gallegos.
En apoyo a la hipótesis de la mano
criminal, Calixto Velado, escritor y tesorero,
encontró debajo de la mesa de su oficina
una mecha de lona, de cuarta y media de
longitud, impregnada con gas y alquitrán.
Como refuerzo, Manuel Barriere sostuvo que el
fuego inició en dos puntos del edificio,
que eran la Dirección de Correos y la
oficina del caso Zaldívar, situada en la
esquina suroeste, cerca del Archivo de
Gobernación, donde se almacenaban los
legajos incriminatorios contra el ilustrado y
despótico ex gobernante. Pese a esto, las
autoridades no tenían nada concreto entre
manos, sino sólo rumores, sólo
pruebas circunstanciales, sólo sospechas
de quién y por qué se había
iniciado el fuego.
En su informe final a la Asamblea, ofrecido
en marzo de 1890, José Larreynaga, el
ministro de Gobernación, declaró
que "el ánimo se resiste a creer que haya
salvadoreño tan malvado que, movido por
pasiones personales o de partido, concibiera el
negro proyecto de incendiar el Palacio; pero las
informaciones seguidas por los tribunales de
justicia, a la extensa investigación
hecha por el ministerio a mi cargo, la rapidez
con que fue reducido a cenizas aquel grande
edificio, el cual se vio arder por varios
costados a la vez, arrojan fuertes presunciones
de que mano aleve y misteriosa consumó
tan horrible y espantoso crimen", por el que
nadie fue acusado ni encarcelado, cayendo sobre
los hechores materiales e intelectuales un negro
velo protector, que décadas más
tarde recibiría el nombre de
impunidad.
De sobra está añadir que el
proceso seguido contra Zaldívar, el
otrora poderoso protector del joven Rubén
Darío durante su primera estancia en
suelo salvadoreño, no siguió
más y se quedó atrapado en un
limbo jurídico, del que no saldría
jamás.
Hacia un nuevo Palacio
El 25 de noviembre, el general
Menéndez emitió un decreto
ejecutivo por el cual gravaba con un peso a cada
quintal de café que se exportara, con el
fin de obtener recursos para reconstruir el
edificio incendiado.
En diciembre, tras escuchar el informe
arquitectónico de demolición
brindado por los maestros constructores Pascasio
González, Onofre Villacorta, Isidro
Contreras y Rafael Lara, el Presidente
tomó la decisión de que se
trasladaran al interior de los muros el Cuartel
de Artillería y el de la Brigada de
Línea (o Policía Militar), por lo
que el lugar fue conocido como el "cuartel
quemado" hasta 1905, cuando dieron inicio las
obras para la construcción de esa actual
joya arquitectónica que es el segundo
Palacio Nacional. Pero él ya es parte de
otro capítulo de nuestra historia patria.
110
aniversario:
El
incendio del Palacio
Nacional.
En el siglo pasado,
pocos desastres estremecieron tanto al pueblo
salvadoreño como la destrucción
del primer Palacio Nacional. ¿Tragedia o
atentado?
Una
madrugada
siniestra.
La quema del primer
Palacio Nacional encierra aún muchas
dudas y enigmas. ¿Fue una casualidad o fue
la primera manifestación de impunidad
presidencial en El Salvador?