El
cerro que llora piedras
Del corazón
del "cerrito" de Quezaltepeque, La Libertad, se
extrae una especie de grava rojiza fina para uso
comercial, ya sea como elemento decorativo o
para la fabricación de bloques de
construcción
- Guadalupe
Hernández
- El Diario
de Hoy
Como
ejemplo de la mano destructora del hombre, basta
observar la explotación que el Cerrito de
Quezaltepeque, en La Libertad, ha tenido por
cerca de 30 años.
El "Cerrito", como se
le conoce popularmente, tiene una altura
aproximada de 35 metros y está a
sólo 2 kilómetros al sur de esa
ciudad.
Una vereda balastosa
conduce hasta el mismo corazón de la
colina, formada por dos grandes
montículos en forma de cono. De
ahí salen y entran los camiones que se
llevan su riqueza mineral.
Heriberto López
Morán, de 35 años, quien visita el
lugar desde pequeño, calcula que a diario
entran unos100 camiones a recoger el mineral
rojizo, que él llama escoria o
cascajo.
Agrega que una
camionada de escoria negra cuesta 40 colones,
pero la roja vale 50 colones.
"Yo vengo a este lugar
desde que tengo uso de razón. Antes no
estaba así, pero cuando descubrieron que
daba esa piedra, comenzaron a sacarla",
dice.
Algunos hombres caminan
hasta lo alto del cerro, para remover la
frágil materia. Son los picadores,
quienes con un lazo en la cintura le ofrecen su
vida al abismo.
Muchos de ellos
perecieron ahí. Durante el terremoto del
10 de octubre de 1986, tres picadores
murieron.
Cuando los picadores
cavan en los inmensos paredones, se producen
avalanchas gigantescas. El "Cerrito" se
estremece, como si fuera una manera de
reclamarle a los hombres por el daño que
le hacen.
La aventura de las
alturas también es un riesgo para los
menores del sector, quienes buscan una manera de
ganarse unos centavos para ayudar a sus
familias.
Éste es el caso
de Juan Ramón Serano, de 11 años,
quien llega todas las mañanas con una
pala sobre su hombro para ofrecer su fuerza de
trabajo.
Si logra que un
camionero lo contrate, gana cinco colones,
cantidad que él considera una gran
fortuna.
Don
César Sánchez, de 76 años,
es de la creencia que el "Cerrito" no tiene fin.
"Por más que le saquen piedra nunca se
llega a lo profundo. Mientras más hondo
se pica, más sale", dice.
Se estima,
además, que las tierras del cerro tienen
una extensión de 100 manzanas.
Una mina de
balasto
La historia del cerro
es un tanto difusa. Sin embargo, en la oficina
de Catastro de la Alcaldía de
Quezaltepeque informaron que a través de
la historia, el cerro ha tenido diferentes
dueños.
La alcaldesa Ana Elena
Pineda de Castro explicó que hoy
día, el cerro es propiedad de tres
empresas, las cuales pagan al día los
impuestos y tienen todos los documentos en
regla.
Es así como una
parte del cerro es propiedad de la empresa
SALTEX, la cual extrae el mineral como materia
prima para la elaboración de ladrillos.
Una segunda parte es
propiedad de la Cooperativa Las Mercedes. Ellos
comenzaron a comercializar la grava desde hace 7
años. El metro cúbico era vendido
a 12 colones, pero dejaron de hacerlo hace un
mes, según afirma José Ricardo
Paz, presidente de la misma.
"Lo que sucede es que
ahora las 'maras' se han apoderado de nuestra
parte, y ellos les venden a los camioneros que
llegan. Nosotros preferimos retirarnos porque ya
tuvimos hasta heridos", dice Paz.
Los miembros de la
directiva prefieren evitar el peligro de
enfrentarse a las "maras", hasta que las
autoridades verifiquen lo que está
pasando.
Paz afirmó que
el Ministerio del Medio Ambiente llegó a
hacer inspecciones, pero no han prohibido la
extracción de la tierra roja.
"Lo único que
dijeron es que se deben sembrar árboles
para evitar la deforestación del lugar",
indicó.
De acuerdo con los
datos de la comuna, la tercera parte del cerro
&emdash;en donde se concentra sólo piedra
negra&emdash; pertenece a don Héctor
Escalante.