Abusaron
del fervor popular
Terror en
exequias del Obispo
El caos comenzó
con el estallido de un mortero. No había
agentes policiales ni soldados en los
alrededores de Catedral porque el gobierno los
había acuartelado. Los únicos
armados eran los agitadores
- Abelardo
Díaz Flores
- Colaborador
EDH
Domingo por la tarde. La
sirena de la ambulancia corta el silencio de las
calles desoladas alrededor de Catedral. A pesar
de las horas transcurridas, no puedo alejar de
mi mente las imágenes de los
niños, metiendo sus caritas por entre los
barrotes de la verja y el rostro de ancianas que
portan grandes escapularios y
candelas.
Ese día
presencié cómo una turbamulta
segó la vida de inocentes... En segundos
se hizo el caos y la marejada mortal pasó
por encima de sus víctimas,
asfixiándolas, frente a la Iglesia
Catedral Metropolitana de San Salvador, de la
multitud quedó sólo una
montaña de zapatos sin
dueño...
En el
atrio
Llegué a catedral
temprano por la mañana, cuando
todavía no había mucha gente, poco
a poco la plaza y las calles se llenaron con
personas de rostros compungidos, niños
retozando, cabezas descubiertas y matronas
cubiertas con mantillas negras y blancas en
señal de duelo y respeto.
No se veían agentes
policiales ni soldados en las calles. El
gobierno, para evitar los previsibles choques
había ordenado un riguroso
acuartelamiento.
Cambié mi sitio en
la calle por un puesto al lado del altar
improvisado en las gradas del templo. Supongo
que esa decisión salvó mi
vida.
Ya en el Atrio, me
ubiqué al lado de una pequeña mesa
donde se hallaban unos con cálices y
algunos ornamentos. El calor arreciaba a medida
que el sol subía. Desde mi atalaya
podía ver a niños encaramados en
la verja de Catedral, los techos desolados del
Palacio Nacional y otros edificios cercanos. Se
respiraba el olor y el bullicio de la multitud
congregada en la plaza mayor.
En este ambiente tenso y
sofocante, las exequias de Monseñor
Romero iniciaron con una misa concelebrada por
el Cardenal Primado de México, el Nuncio
Apostólico, el Consejo Episcopal de El
Salvador y poco más de una docena de
dignatarios eclesiásticos
invitados.
Siembran
terror
Mientras la comunidad
cristiana despedía a su Pastor con fervor
religioso, una manifestación organizada
por la llamada "Coordinadora Revolucionaria de
Masas" (CRM) hizo su aparición a un
costado de Catedral.
El grupo irrumpió a
la zona, coreando consignas izquierdistas,
abriéndose paso violentamente entre la
grey.
De pronto, se
escuchó el estallido de un mortero y
otro.Eran bombas de propaganda que hicieron
explotar los de la Coordinadora. ; el
pánico se apoderó de la multitud
que, comenzó a correr alocadamente,
buscando protección. Unos se alejaban de
la zona de Catedral; otros, más
desesperados creyeron encontrar refugio en el
templo... El alud humano contraminó a los
más cercanos a la verja, casi
asfixiándolos mientras otros suplicaban a
gritos que alguien abriera el
portón...
Mi primera reacción
luego del estallido fue dirigir el lente de mi
cámara hacia la plaza. Mientras la
muchedumbre convulsionaba, se escucharon varios
disparos. Yo trataba de captar a los sujetos que
disparaban a distro y siniestro; también
fotografié a otros que, dentro de
Catedral, andaban armados con pistolas
automáticas y metralletas. Cuando
traté de fotografiar a las
víctimas del aplastamiento pudo
más mi sentimiento solidario con estas
que mi deber de periodista.
Dejé de enfocar la
cámara y me uní a los socorristas
que cargaban lesionados de la calle al interior
del templo. Así pude comprobar que
ninguno estaba herido de bala, aunque sí
iban sangrantes y seriamente golpeados y
fracturados.
¿Francotiradores?
El Cardenal Primado de
México fue uno de los que dijo haber
visto francotiradores de los cuerpos de
seguridad, disparando contra la multitud
indefensa y desarmada. Los vídeos de los
noticiarios televisivos de entonces y mi propia
experiencia afirman lo contrario. No vimos
francotiradores en los techos vacíos,
pero sí milicianos y miembros de las
brigadas de autodefensa izquierdistas, con
comandos armados en la plaza, en el interior del
templo y en las torres de Catedral.
Los que estaban armados se
fueron por el lado del Teatro Nacional. Al salir
me encontré con la plaza vacía de
gente pero todavía con los restos del
desastre: flores, carteles, zapatos... Todo era
desolación hasta que pasó la
ambulancia de la Cruz Verde cuyo conductor, al
verme con cámara, me invitó a
montar y me llevó al Diario.
Veinte años
después, sigo viendo los rostros de
aquellos niños, metiendo sus caritas tras
los barrotes de la verja, y a las señoras
beatas portando fotos de
Monseñor