Viernes 24 de marzo


Abusaron del fervor popular
Terror en exequias del Obispo

El caos comenzó con el estallido de un mortero. No había agentes policiales ni soldados en los alrededores de Catedral porque el gobierno los había acuartelado. Los únicos armados eran los agitadores

Abelardo Díaz Flores
Colaborador EDH

Domingo por la tarde. La sirena de la ambulancia corta el silencio de las calles desoladas alrededor de Catedral. A pesar de las horas transcurridas, no puedo alejar de mi mente las imágenes de los niños, metiendo sus caritas por entre los barrotes de la verja y el rostro de ancianas que portan grandes escapularios y candelas.

Ese día presencié cómo una turbamulta segó la vida de inocentes... En segundos se hizo el caos y la marejada mortal pasó por encima de sus víctimas, asfixiándolas, frente a la Iglesia Catedral Metropolitana de San Salvador, de la multitud quedó sólo una montaña de zapatos sin dueño...

En el atrio

Llegué a catedral temprano por la mañana, cuando todavía no había mucha gente, poco a poco la plaza y las calles se llenaron con personas de rostros compungidos, niños retozando, cabezas descubiertas y matronas cubiertas con mantillas negras y blancas en señal de duelo y respeto.

No se veían agentes policiales ni soldados en las calles. El gobierno, para evitar los previsibles choques había ordenado un riguroso acuartelamiento.

Cambié mi sitio en la calle por un puesto al lado del altar improvisado en las gradas del templo. Supongo que esa decisión salvó mi vida.

Ya en el Atrio, me ubiqué al lado de una pequeña mesa donde se hallaban unos con cálices y algunos ornamentos. El calor arreciaba a medida que el sol subía. Desde mi atalaya podía ver a niños encaramados en la verja de Catedral, los techos desolados del Palacio Nacional y otros edificios cercanos. Se respiraba el olor y el bullicio de la multitud congregada en la plaza mayor.

En este ambiente tenso y sofocante, las exequias de Monseñor Romero iniciaron con una misa concelebrada por el Cardenal Primado de México, el Nuncio Apostólico, el Consejo Episcopal de El Salvador y poco más de una docena de dignatarios eclesiásticos invitados.

Siembran terror

Mientras la comunidad cristiana despedía a su Pastor con fervor religioso, una manifestación organizada por la llamada "Coordinadora Revolucionaria de Masas" (CRM) hizo su aparición a un costado de Catedral.

El grupo irrumpió a la zona, coreando consignas izquierdistas, abriéndose paso violentamente entre la grey.

De pronto, se escuchó el estallido de un mortero y otro.Eran bombas de propaganda que hicieron explotar los de la Coordinadora. ; el pánico se apoderó de la multitud que, comenzó a correr alocadamente, buscando protección. Unos se alejaban de la zona de Catedral; otros, más desesperados creyeron encontrar refugio en el templo... El alud humano contraminó a los más cercanos a la verja, casi asfixiándolos mientras otros suplicaban a gritos que alguien abriera el portón...

Mi primera reacción luego del estallido fue dirigir el lente de mi cámara hacia la plaza. Mientras la muchedumbre convulsionaba, se escucharon varios disparos. Yo trataba de captar a los sujetos que disparaban a distro y siniestro; también fotografié a otros que, dentro de Catedral, andaban armados con pistolas automáticas y metralletas. Cuando traté de fotografiar a las víctimas del aplastamiento pudo más mi sentimiento solidario con estas que mi deber de periodista.

Dejé de enfocar la cámara y me uní a los socorristas que cargaban lesionados de la calle al interior del templo. Así pude comprobar que ninguno estaba herido de bala, aunque sí iban sangrantes y seriamente golpeados y fracturados.

¿Francotiradores?

El Cardenal Primado de México fue uno de los que dijo haber visto francotiradores de los cuerpos de seguridad, disparando contra la multitud indefensa y desarmada. Los vídeos de los noticiarios televisivos de entonces y mi propia experiencia afirman lo contrario. No vimos francotiradores en los techos vacíos, pero sí milicianos y miembros de las brigadas de autodefensa izquierdistas, con comandos armados en la plaza, en el interior del templo y en las torres de Catedral.

Los que estaban armados se fueron por el lado del Teatro Nacional. Al salir me encontré con la plaza vacía de gente pero todavía con los restos del desastre: flores, carteles, zapatos... Todo era desolación hasta que pasó la ambulancia de la Cruz Verde cuyo conductor, al verme con cámara, me invitó a montar y me llevó al Diario.

Veinte años después, sigo viendo los rostros de aquellos niños, metiendo sus caritas tras los barrotes de la verja, y a las señoras beatas portando fotos de Monseñor


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