El
asesinato de Mons. Romero
La muerte de Mons.
Romero fue aprovechada por la izquierda para
exacerbar la indignación popular e un
momento en que dispoutaba bandera con las
reformas que imulsaba la Junta de los
golpistas
El
Diario de Hoy
La noticia se
conoció en la mayor parte de la capital,
mucho antes de que se diera por la radio y la
televisión: "¡Mataron a
monseñor Romero!"
La tarde del 24 de marzo
de 1980, mientras oficiaba una misa, en la
capilla del Hospital La Divina Providencia, a
eso de las... horas, el arzobispo de San
Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero,
fue abatido por el disparo de un
francotirador.
Una bala de alta velocidad
y gran poder de perforación
atravesó el corazón del prelado.
Al estupor de los
presentes, siguió hora a hora, la toma de
conciencia de la gravedad del crimen, a lo largo
del país.
Sin embargo, por encima d
ela dolorosa reacción popular, muy pronto
el hecho fue adquiriendo un tono
propagandístico que aprovecharon partes
interesadas, entre ellas la llamada Coordinadora
Revolucionaria de Masas, una organización
izquierdista, precursora de lo que muy pronto
sería la unificación de las cinco
facciones subversivas que conformaron al FMLN,
en La Habana, ese mismo año.
Desde la Facultad de
Derecho de la Universidad Nacional, los miembros
de la Coordinadora convocaron a periodistas
locales y extranjeros para informar que se
declaraban en "virtual guerra para vengar la
sangre de Mons. Romero."
No se quedó
atrás el el embajador esdtadounidense
Robert White -quien siempre se mostró
afecto al movimiento izquierdista- al declarar
que el asesino era un mercenario anticastrista,
con lo cual arrojaba la primera sombra de
sospecha sobre lo que entonces se dio en llamar
la "ultraderecha".
El democristiano Julio
Samayoa, por entonces ministro de Trabajo,
aseguró en una entrevista montada en las
Naciones Unidas, que el asesinato había
sido cometido por individuos que no desean que
El Salvador se encaminara por caminos de paz ni
que se realice la revolución que (la
Junta de Gobierno) ha emprendido con orden y
respeto mediante actos que cambien las
estructuras de opresión
existentes.
El discurso de Samayoa
aludía a las reformas agraria, bancaria y
del comercio exterior de productos tradicionales
de exportación, que impulsaban los
golpistas, con el propósito de restarle
bandera a la izquierda beligerante.
Los golpistas
partían del supuesto de que estas
reformas impactarían de tal manera la
economía del país, que el
movimiento revolucionario perdería no
sólo fuerza, sino también
razón de ser.
El proceso se planteaba en
aquel momento, como una acelerada competencia
del gobierno de facto contra el avance de la
subversión.
Efecto
Chamorro
La muerte de Mons. Romero
se produce pocos meses después de que en
Nicaragua el asesinato del periodista Pedro
Joaquín Chamorro, había servido
para que la indignación popular se
volcara contra el gobierno de Somoza, presunto
autor del crimen y reforzara las filas del
movimiento sandinista, que de inmediato lo
tomó como bandera.
Para la Coordinadora
Revolucionaria de Masas, el asesinato de Mons.
Romero era una oportunidad dorada para exacerbar
los ánimos de la gente y repetir el
"efecto Chamorro", con el fin de contrarrestar
la creciente simpatía y expectativas que
generaban las reformas patrocinadas por los
golpistas.
La izquierda
aprovechó el impacto del magnicidio que
despertó no sólo la
indignación inmediata de la
población, sino que también atrajo
la condena internacional.
El hecho consolidó
en Estados Unidos y otros países del
mundo a grupos de apoyo al movimiento subversivo
emprendido por la RN, PCS, PRTC, FPL y una
docena más de grupos menores que
constituyeron el Frente de LIberación
Nacional, Farabundo Martí, con el
patrocino de Fidel Castro, en La
Habana.
Quien más se
benefició con la muerte de Mons. Romero
fue la izquierda que, ocupó la imagen del
Arzobispo como bandera.