Viernes 17 de diciembre


Los Pronósticos de Sagitario

Hace 25 años que decapitaron a Gumercindo Estévez frente al cementerio. Lo recuerdo muy bien porque esa tarde de noviembre tenía vientos cruzados y su olor a níspero se me quedó impregnado en la ropa por mucho tiempo. Además, era un sábado, día en que nosotros, los integrantes del equipo Los Primores, le ganamos por primera vez el clásico a los creídos Sábalos de Samuria.

El Diario de Hoy

Justamente veníamos saliendo de la cancha La Calavera -que estaba junto al cementerio y le pusieron así porque un día alguien encontró una calavera en el mero centro del campo-, cuando Gumercindo pasó junto a nosotros. Iba silbando el corrido de Juan Charrasquedo que en ese tiempo estaba de moda, y sólo dejó de silbar para decirnos adiós con un ademán de su mano derecha. Después, todos interpretamos su saludo postrero como una despedida a la vida.

Diez metros adelante, escondido detrás de un palo de tigüilote, estaba el asesino al acecho. Y apenas Gumercindo pasó, alzó su machete centelleante por el sol del ocaso, y le asestó el golpe mortal. Fue un instante imborrable y de tonos rojizos, de silencio mortal y sedimentos de ruina que nos dejó en el alma un rastro de sangre para siempre.

La cabeza de Gumercindo dio cuatro rebotes hacia nosotros salpicando nuestras ropas, hasta que se quedó quieta con un leve palpitar de los sentidos. Entonces pasó del rojo intenso al blanco papaya, para quedarse al final con un tono azul como el uniforme del Atlético Marte.

No dormí durante dos meses. Pero no tanto por la atrocidad del crimen como por la expresión de alarma con que quedó la cara de Gumercindo. Se quedó con los ojos intensamente abiertos y virados hacia la derecha, como respondiendo a la advertencia que le hizo Tencha Salguero desde el tapial de su casa, cuando le gritó ¡cuidado, Gume!, y él giró la cabeza y los ojos buscando la voz. De manera que en esos dos meses de insomnio, no podía cerrar los ojos sin verlo tirado junto a mi cama y espiándome con su mirada de espanto.

Y ahora que me siento frente a la mesa para elaborar mis pronósticos, caigo en la cuenta que la cara que les he visto a Reno Renucci y a Rubén Guevara durante toda la semana, tiene la misma expresión de miedo que le quedó a la de Gumercindo Estévez en aquella tarde fatídica de hace 25 años.

Y no es para menos. Ellos también tienen un rastro de sangre en el alma, ahora que tienen que recomponer a sus equipos para tratar de conseguir un resultado halagüeño. Y, pensando por ellos, hago mías sus zozobras porque veo a los del Municipal Limeño y a los del Aguila con un machete en la mano, al acecho y dispuestos a terminar con la vida de tigrillos y albos.

Y vuelvo a sentir los vientos cruzados y el olor a níspero de aquella tarde. Y me cuelgo del recuerdo de Gumercindo para no ser lapidario con esta gente. Por eso me decidí a dar un pronóstico de consolación: va a ganar FAS 3-0, y Alianza sacará un triunfo de 2-0 en Santa Rosa. ¿Qué tal?


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