Miércoles 15 de diciembre


La mujer fue atada mientras el asesino esperaba a las víctimas
Doméstica incriminó a médico
El testimonio de la doméstica de la familia Cruz fue decisivo para que un jurado de conciencia hallara culpable del doble asesinato a un médico. Éste podría ser condenado a 30 años de cárcel

Mario Martínez

El Diario de Hoy

El mensajero llevaba un ramo de flores en su manos y una tarjeta de dedicatoria: "Para María Isabel Cruz, con cariño; para una buena amiga, de J.C. (tú sabes)". Más tarde, la misma tarjeta se volvería en su contra.

Cualquier mujer se habría sentido halagada con el presente, no así María Isabel, ya que el mensajero se convirtió en su verdugo: los estranguló a ella y a su amigo.

El "romántico" hombre resultó ser el médico Romilio Yúdice Díaz, quien el 11 de diciembre fue hallado culpable de homicidio agravado en María Isabel Cruz y su amigo Sergio Galdino Centeno Franconi.

Somete empleada

Eran las 6:30 de la tarde del 15 de agosto de 1995. El timbre de la casa ubicada en la colonia Santa Teresa, en Santa Tecla, sonó. La doméstica (testigo clave) se asomó a la verja y vio al hombre.

Este vestía una guayabera blanca. "¿Se encuentra María Isabel?", preguntó. "No", respondió la empleada. "¿A qué hora regresa?". "A las 8:30", replicó ella.

Yúdice le dijo entonces que traía un ramos de flores para María Isabel, el cual debía entregar personalmente. La empleada le pidió que regresara más tarde.

El médico insistió: "Mire, la tarjeta es para ella". Entonces la mujer se acercó y trató de leer entre los barrotes.

En ese instante, con rapidez, el sujeto la tomó del pelo y le apuntó con una pistola en la sien derecha, mientras le ordenaba que abriera la puerta, de lo contrario la mataría.

El mejor lugar

Adentro, Yúdice enrolló su brazo izquierdo sobre el cuello de la mujer, mientras que con la otra mano le ponía el arma en la cabeza.

"En qué lugar creés que le cause más sorpresa ver el ramo de flores", preguntó mientras caminaban. La mujer contestó rápido, para no enfurecer más al hombre: "en la sala... allí se sienta a ver televisión", respondió.

"Mejor en la cocina", reflexionó Yúdice. Se dirigieron hacia allí y colocó el ramo sobre el chinero. Después ordenó a la mujer embrocarse en el suelo.

Sacó una cuerda sintética (nylon) y la ató con las manos hacia atrás. Enseguida continuó con los pies.

Terminó y se fue a la sala donde hizo una llamada telefónica que duró unos cinco minutos. La empleada no comprendió la conversación.

Pasó media hora (7:00 p.m.) y sonó el timbre de nuevo. "¿Es María Isabel?", preguntó el asesino. "Sí", respondió la empleada.

"¿Qué no tiene llaves"?, preguntó Yúdice con poco de enfado, quizá porque esperaba darle la "sorpresa" cuando ella entrara.

Llegan los jóvenes

El timbre sonó tres veces más. Yúdice tomó la manta de las tortillas que estaba sobre una mesa y la metió en la boca de la mujer. Y se dirigió a abrir la puerta.

Atada desde la cocina, la empleada escuchó cuando la víctima preguntó sorprendida: "¿doctor, qué le pasa?", y luego, "pero si yo no he hecho nada", como respondiendo a un reclamo.

María Isabel, de nuevo, esta vez suplicante, dijo al médico: "déjelo ir a él". Se refería a Sergio Centeno, quien la había acompañado hasta su casa.

Después de eso vio al hombre regresar a la cocina. Los jóvenes presuntamente ya habían sido sometidos en la sala. "¿Cuál es la llave del portón?", dijo. "Está sobre el chinero", respondió con dificultad desde el suelo la empleada doméstica.

"¿Cuál es?", volvió a preguntar el asesino, mientras se agachaba con las llaves para mostrárselas. Ella le indicó la llave correcta.

"¿Estas segura?, si me has mentido te voy a matar". El médico regresó a la sala.

Después, la empleada escuchó que abrieron el portón y que el auto de María Isabel se alejaba.

Media hora después, se desató y aún con temor avisó a la familia de María Isabel sobre lo ocurrido.


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