La
mujer fue atada mientras el asesino esperaba a
las víctimas
Doméstica
incriminó a médico
- El testimonio de
la doméstica de la familia Cruz fue
decisivo para que un jurado de conciencia
hallara culpable del doble asesinato a un
médico. Éste podría ser
condenado a 30 años de
cárcel
Mario
Martínez
- El Diario
de Hoy
El
mensajero llevaba un ramo de flores en su manos
y una tarjeta de dedicatoria: "Para María
Isabel Cruz, con cariño; para una buena
amiga, de J.C. (tú sabes)". Más
tarde, la misma tarjeta se volvería en su
contra.
Cualquier mujer se
habría sentido halagada con el presente,
no así María Isabel, ya que el
mensajero se convirtió en su verdugo: los
estranguló a ella y a su
amigo.
El "romántico"
hombre resultó ser el médico
Romilio Yúdice Díaz, quien el 11
de diciembre fue hallado culpable de homicidio
agravado en María Isabel Cruz y su amigo
Sergio Galdino Centeno Franconi.
Somete
empleada
Eran las 6:30 de la
tarde del 15 de agosto de 1995. El timbre de la
casa ubicada en la colonia Santa Teresa, en
Santa Tecla, sonó. La doméstica
(testigo clave) se asomó a la verja y vio
al hombre.
Este vestía una
guayabera blanca. "¿Se encuentra
María Isabel?", preguntó. "No",
respondió la empleada. "¿A
qué hora regresa?". "A las 8:30",
replicó ella.
Yúdice le dijo
entonces que traía un ramos de flores
para María Isabel, el cual debía
entregar personalmente. La empleada le
pidió que regresara más
tarde.
El médico
insistió: "Mire, la tarjeta es para
ella". Entonces la mujer se acercó y
trató de leer entre los
barrotes.
En ese instante, con
rapidez, el sujeto la tomó del pelo y le
apuntó con una pistola en la sien
derecha, mientras le ordenaba que abriera la
puerta, de lo contrario la
mataría.
El mejor
lugar
Adentro, Yúdice
enrolló su brazo izquierdo sobre el
cuello de la mujer, mientras que con la otra
mano le ponía el arma en la
cabeza.
"En qué lugar
creés que le cause más sorpresa
ver el ramo de flores", preguntó mientras
caminaban. La mujer contestó
rápido, para no enfurecer más al
hombre: "en la sala... allí se sienta a
ver televisión",
respondió.
"Mejor en la cocina",
reflexionó Yúdice. Se dirigieron
hacia allí y colocó el ramo sobre
el chinero. Después ordenó a la
mujer embrocarse en el suelo.
Sacó una cuerda
sintética (nylon) y la ató con las
manos hacia atrás. Enseguida
continuó con los pies.
Terminó y se fue
a la sala donde hizo una llamada
telefónica que duró unos cinco
minutos. La empleada no comprendió la
conversación.
Pasó media hora
(7:00 p.m.) y sonó el timbre de nuevo.
"¿Es María Isabel?", preguntó
el asesino. "Sí", respondió la
empleada.
"¿Qué no
tiene llaves"?, preguntó Yúdice
con poco de enfado, quizá porque esperaba
darle la "sorpresa" cuando ella entrara.
Llegan los
jóvenes
El timbre sonó
tres veces más. Yúdice tomó
la manta de las tortillas que estaba sobre una
mesa y la metió en la boca de la mujer. Y
se dirigió a abrir la puerta.
Atada desde la cocina,
la empleada escuchó cuando la
víctima preguntó sorprendida:
"¿doctor, qué le pasa?", y luego,
"pero si yo no he hecho nada", como respondiendo
a un reclamo.
María Isabel, de
nuevo, esta vez suplicante, dijo al
médico: "déjelo ir a él".
Se refería a Sergio Centeno, quien la
había acompañado hasta su
casa.
Después de eso
vio al hombre regresar a la cocina. Los
jóvenes presuntamente ya habían
sido sometidos en la sala. "¿Cuál es
la llave del portón?", dijo. "Está
sobre el chinero", respondió con
dificultad desde el suelo la empleada
doméstica.
"¿Cuál
es?", volvió a preguntar el asesino,
mientras se agachaba con las llaves para
mostrárselas. Ella le indicó la
llave correcta.
"¿Estas segura?,
si me has mentido te voy a matar". El
médico regresó a la sala.
Después, la
empleada escuchó que abrieron el
portón y que el auto de María
Isabel se alejaba.
Media hora
después, se desató y aún
con temor avisó a la familia de
María Isabel sobre lo
ocurrido.