Sumidos en precaria
educación
Todo lo que pude imaginar
sobre las escuelas públicas de El
Salvador perdió el valor de
ficción cuando tropecé con la
realidad. La puerta de rejas dejaba entrever por
los barrotes una habitación
tétrica y oscura. Me anticipaba
sólo el principio de lo que vería
más tarde
Mercedes
Beunza
El Diario de
Hoy
Fue
una niña uniformada la que nos vio y,
excitada, avisó rápidamente a la
directora del centro. Ésta se
acercó a recibirnos y, apenas nos dio los
buenos días, preguntó sorprendida:
"¿Sí, qué desean?".
"Queríamos ver la escuela para hacer un
reportaje", contestamos.
Nos dejó pasar a lo
que ella denominaba "sala de dirección":
Dos sillas pegadas a la pared, una mesa vieja
cubierta de papeles pendulaba sobre suelo
montañoso, alguna cucaracha vivificaba
aquel espacio muerto, y una cartulina en la
pared anunciaba algo así como que los
valores humanos convierten al individuo en
persona. Los colores de un dibujo infantil nos
recordaron que aquello era sólo el
"vestíbulo" de una escuela.
Gritos y murmullos nos
adentraban en un nuevo espacio. Los alumnos se
agrupaban en el patio de recreo. No eran grupos
al azar sino que se correspondían con lo
naturalmente humano: círculos mixtos de
niños dejaban su diversión para
mirar y sonreir; los adolescentes, separados en
grupos de varones y hembras, no dejaron de
hablar y murmurar con nuestra llegada, aunque
sí cambió el tono de su
conversación.
Inmersos en el patio,
delimitado por una alambrada metálica,
pronto nos quedamos solos porque los escolares
entraban a las aulas.
La directora, Ana Gloria de
Hernández, nos describió la
situación. Habló de niños y
niñas que se conocen en el primer grado y
que, movidos en un ambiente precoz, mantienen
relaciones más que amistosas cuando
llegan a octavo o noveno grado. Explicó
que el desconocimiento de su propia dignidad,
limita su capacidad de elección y les
hace actuar por impulsos, sin pensar en las
consecuencias.
Resultados como muchachos
infectados de múltiples enfermedades y
niñas embarazadas con doce y trece
años, son realidades que van más
allá del ámbito educacional. "El
inculcar a los alumnos valores éticos es
nuestro principal objetivo porque las obras de
cada uno son autónomas pero no podemos
olvidar que tienen una importante transcendencia
social", afirmó la directora.
Educación sin
libros
Subimos unas escaleras que
terminaban en una pequeña explanada de
piedra, que se convertía en precipicio
para quienes "quisieran" descender sin utilizar
los escalones. Según nos dijo Ana Gloria,
son muchos los alumnos que han tropezado y han
caído al suelo, ocasionándose
lesiones y heridas. Pero más triste que
los accidentes es la carencia de medios para
evitarlos, porque la escuela "Pedro Pablo
Castillo" ni siquiera tiene dinero para proteger
las escaleras con una barandilla.
Pasamos la peligrosa
explanada y , sin darnos cuenta,
estábamos cruzando el umbral de un aula
sin puerta. Respiramos el hedor de cuarenta
personas concentradas en un mismo lugar, sin
dejar de analizar el mal estado de aquello que
llamaban "clase". En una pizarra polvorienta, un
maestro escribía letras sobre sombras de
tiza. Numerosos papeles cubrían un suelo
cuarteado, y los escasos pupitres que
había, eran compartidos por tres o cuatro
niños. Puñados de manos se
apoyaban sobre mesas en las que no había
nada más que un tablero viejo de
madera.
-¿Dónde
están los libros?-, preguntamos
inocentes.
-No tenemos libros,
sólo algunos ejemplares arrugados por la
humedad de la bodega-, contestó la
directora.
Tras ver esa
aglomeración humana bajo un techo con
fisuras, traté de entender cómo
los maestros podían enseñar y,
más aún, cómo los alumnos
eran capaces de aprender en semejantes
condiciones.
Fue Miguel Ángel
Duque, maestro de la escuela, quien nos hizo
partícipes de realidades que escapaban a
nuestra percepción. Desgraciadamente, son
deficiencias que la escuela no podría
suplir aunque tuviera medios, porque la pobreza
no nace en el sistema educacional sino en el
seno de una familia. Un centro escolar no puede
hacer frente a la escasa alimentación de
un niño y a las condiciones que le causan
mala salud física o emocional. "Muchos
alumnos no tienen una vida fácil y en la
escuela encuentran consuelo y distracciones.
Para mí la docencia se ha convertido en
una vocación", dijo el
maestro.
Sus palabras calaron hondo.
Él había sido testigo del abandono
de la escuela por parte de un alumno que no
tenía medios para comprarse la camisa y
el pantalón que lo uniformara. Entre
todos, lograron que este chico pudiera volver a
las clases, sin embargo, no siempre se puede
ayudar a quien lo necesita.
Drogas y
trabajo
Según Miguel
Ángel, "unos dejan los estudios por las
drogas y muchos más porque el tiempo que
invierten en su educación deben emplearlo
en ganar dinero para vivir". Creíamos
haber visto y oído casi todo pero aquella
escuela todavía tenía algo que
decir.
El calor aumentó la
sensación de suciedad al llegar a los
baños. Puertas manchadas con los nombres
de viejos escolares encerraban en su interior un
urinario sin tapadera, cubierto de pedazos de
periódico. La escuela no tiene agua y la
mayor parte de la inmundicia "es recogida cada
día por grupos de escolares porque no
podemos pagar un equipo de limpieza",
explicó la directora y, con una sonrisa,
nos dio muestras de su paciencia. Todavía
esperan la llegada del "bono de calidad", un
fondo estatal que les permitirá resolver
las necesidades primarias de la
institución. Tendrán que esperar a
que en septiembre, según indicó
José Luis Guzmán, director
nacional de Educación, finalice la
entrega de los bonos.
Mientras tanto, el Consejo
Directivo Escolar de la escuela "Pedro Pablo
Castillo" lucha por conservar lo poco que tiene
y librarlo de las manos de las "maras", que
nunca olvidan que también se puede robar
a quien no tiene nada.
No nos hacía falta
saber más. Nos despedimos. En el mismo
sitio, nos esperaba la misma puerta
tétrica y oscura para decirnos
adiós.