Lunes16 de agosto
Sumidos en precaria educación

Todo lo que pude imaginar sobre las escuelas públicas de El Salvador perdió el valor de ficción cuando tropecé con la realidad. La puerta de rejas dejaba entrever por los barrotes una habitación tétrica y oscura. Me anticipaba sólo el principio de lo que vería más tarde

Mercedes Beunza

El Diario de Hoy

Fue una niña uniformada la que nos vio y, excitada, avisó rápidamente a la directora del centro. Ésta se acercó a recibirnos y, apenas nos dio los buenos días, preguntó sorprendida: "¿Sí, qué desean?". "Queríamos ver la escuela para hacer un reportaje", contestamos.

Nos dejó pasar a lo que ella denominaba "sala de dirección": Dos sillas pegadas a la pared, una mesa vieja cubierta de papeles pendulaba sobre suelo montañoso, alguna cucaracha vivificaba aquel espacio muerto, y una cartulina en la pared anunciaba algo así como que los valores humanos convierten al individuo en persona. Los colores de un dibujo infantil nos recordaron que aquello era sólo el "vestíbulo" de una escuela.

Gritos y murmullos nos adentraban en un nuevo espacio. Los alumnos se agrupaban en el patio de recreo. No eran grupos al azar sino que se correspondían con lo naturalmente humano: círculos mixtos de niños dejaban su diversión para mirar y sonreir; los adolescentes, separados en grupos de varones y hembras, no dejaron de hablar y murmurar con nuestra llegada, aunque sí cambió el tono de su conversación.

Inmersos en el patio, delimitado por una alambrada metálica, pronto nos quedamos solos porque los escolares entraban a las aulas.

La directora, Ana Gloria de Hernández, nos describió la situación. Habló de niños y niñas que se conocen en el primer grado y que, movidos en un ambiente precoz, mantienen relaciones más que amistosas cuando llegan a octavo o noveno grado. Explicó que el desconocimiento de su propia dignidad, limita su capacidad de elección y les hace actuar por impulsos, sin pensar en las consecuencias.

Resultados como muchachos infectados de múltiples enfermedades y niñas embarazadas con doce y trece años, son realidades que van más allá del ámbito educacional. "El inculcar a los alumnos valores éticos es nuestro principal objetivo porque las obras de cada uno son autónomas pero no podemos olvidar que tienen una importante transcendencia social", afirmó la directora.

Educación sin libros

Subimos unas escaleras que terminaban en una pequeña explanada de piedra, que se convertía en precipicio para quienes "quisieran" descender sin utilizar los escalones. Según nos dijo Ana Gloria, son muchos los alumnos que han tropezado y han caído al suelo, ocasionándose lesiones y heridas. Pero más triste que los accidentes es la carencia de medios para evitarlos, porque la escuela "Pedro Pablo Castillo" ni siquiera tiene dinero para proteger las escaleras con una barandilla.

Pasamos la peligrosa explanada y , sin darnos cuenta, estábamos cruzando el umbral de un aula sin puerta. Respiramos el hedor de cuarenta personas concentradas en un mismo lugar, sin dejar de analizar el mal estado de aquello que llamaban "clase". En una pizarra polvorienta, un maestro escribía letras sobre sombras de tiza. Numerosos papeles cubrían un suelo cuarteado, y los escasos pupitres que había, eran compartidos por tres o cuatro niños. Puñados de manos se apoyaban sobre mesas en las que no había nada más que un tablero viejo de madera.

-¿Dónde están los libros?-, preguntamos inocentes.

-No tenemos libros, sólo algunos ejemplares arrugados por la humedad de la bodega-, contestó la directora.

Tras ver esa aglomeración humana bajo un techo con fisuras, traté de entender cómo los maestros podían enseñar y, más aún, cómo los alumnos eran capaces de aprender en semejantes condiciones.

Fue Miguel Ángel Duque, maestro de la escuela, quien nos hizo partícipes de realidades que escapaban a nuestra percepción. Desgraciadamente, son deficiencias que la escuela no podría suplir aunque tuviera medios, porque la pobreza no nace en el sistema educacional sino en el seno de una familia. Un centro escolar no puede hacer frente a la escasa alimentación de un niño y a las condiciones que le causan mala salud física o emocional. "Muchos alumnos no tienen una vida fácil y en la escuela encuentran consuelo y distracciones. Para mí la docencia se ha convertido en una vocación", dijo el maestro.

Sus palabras calaron hondo. Él había sido testigo del abandono de la escuela por parte de un alumno que no tenía medios para comprarse la camisa y el pantalón que lo uniformara. Entre todos, lograron que este chico pudiera volver a las clases, sin embargo, no siempre se puede ayudar a quien lo necesita.

Drogas y trabajo

Según Miguel Ángel, "unos dejan los estudios por las drogas y muchos más porque el tiempo que invierten en su educación deben emplearlo en ganar dinero para vivir". Creíamos haber visto y oído casi todo pero aquella escuela todavía tenía algo que decir.

El calor aumentó la sensación de suciedad al llegar a los baños. Puertas manchadas con los nombres de viejos escolares encerraban en su interior un urinario sin tapadera, cubierto de pedazos de periódico. La escuela no tiene agua y la mayor parte de la inmundicia "es recogida cada día por grupos de escolares porque no podemos pagar un equipo de limpieza", explicó la directora y, con una sonrisa, nos dio muestras de su paciencia. Todavía esperan la llegada del "bono de calidad", un fondo estatal que les permitirá resolver las necesidades primarias de la institución. Tendrán que esperar a que en septiembre, según indicó José Luis Guzmán, director nacional de Educación, finalice la entrega de los bonos.

Mientras tanto, el Consejo Directivo Escolar de la escuela "Pedro Pablo Castillo" lucha por conservar lo poco que tiene y librarlo de las manos de las "maras", que nunca olvidan que también se puede robar a quien no tiene nada.

No nos hacía falta saber más. Nos despedimos. En el mismo sitio, nos esperaba la misma puerta tétrica y oscura para decirnos adiós.


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