Genio y
figura...
Jorge González sigue despertando
los mismos comentarios de asombro, a partes
iguales por su genialidad dentro de los
engramillados, y por su filosofía afuera
de ella.
P.
Perea/Diario de Cádiz
Uno de los pocos jugadores cuyos fugaces
destellos de calidad vinieron a aliviar, en
parte, la mediocridad con que se
desarrolló el Mundial de España
1982 defendía la camiseta de la
selección salvadoreña.
Lucía el dorsal número 7, se
llamaba Jorge González, tenía 23
años de edad y en su país se le
conocía como "Mago" González.
Cuando Manuel Irigoyen anunció su
fichaje por el Cádiz, nadie, en aquellos
días, podía sospechar que en este
rincón de la Bahía
dispondríamos del universo de un
futbolista tan elegante como el cisne y tan
díscolo como un cantante de 'rock duro'.
Por ello, es una tragedia para la racionalidad
que ninguno de nosotros lograra ganarse su
voluntad e impedir que el salvadoreño
fuese por la vida como un caballo desbocado por
las praderas del asfalto urbano, perdido en la
oscuridad de la noche...
Jorge era un tipo contradictorio. Por un
lado, tenía una categoría humana
impresionante: generoso, noble,
espléndido, desinteresado, rumboso
-¡cuántos mangantes formaron su
cohorte!-; y, por otra parte, carecía de
voluntad: como profesional era indisciplinado,
desidioso, indolente, perezoso, rebelde... (No
fueron pocas las veces en que le apartaron del
equipo o fue sancionado económicamente,
incluso con multa de medio millón de
pesetas).
"He nacido así y no cambiaré
por nada del mundo". Esta era la respuesta que
tenía preparada para aquellos que le
querían de veras y le advertían
que actuando "así" estaba echando por
tierra su porvenir. Pero para Jorge "el futuro
es (era) hoy", y hacía de su capa un
sayo. Y quienes le abroncaban -Mágico
también tenía sus detractores en
la grada- cuando salía al campo con la
"pájara", eran los primeros en regalarle
"oles" cuando estaba en tarde inspirada.
"¡A mí qué me importa que
se vaya de juerga si después nos deleita
con su arte!", proclamaban los 'magiquistas',
que eran legión. Con Jorge pasaba lo que
con Curro Romero en los toros. Cuando destapaba
el tarro de las esencias había que
rendirse a sus pies. Del cero al infinito. De la
sima a la cima. La Luna y la Tierra. El
día y la noche. Sin términos
medios.
A Mágico se le perdonó todo (o
casi). En el fondo, el cadismo asumió
tener la gran suerte de que fuera como era. De
haber sido un tipo con la cabeza bien amueblada,
el Milán de Berlusconi se lo
habría llevado pagándole hasta el
más exótico de sus caprichos.
"Es que si llega a ser un profesional
responsable, y llega a coincidir en el
Nápoles con Maradona, seguro que el
argentino se habría ofrecido a atarle los
cordones de las botas para tenerle contento",
llegó a decir un cadista defensor a
ultranza del genio salvadoreño.
Para quienes no le vieron jugar, puedo
decirles que a Mágico le sobraba el
talento futbolístico por arrobas;
tenía tantas virtudes que hasta el
mismísimo Maradona, cuando militaba en el
Barça, llegó a decir de él:
"Es el mejor jugador que milita en el
fútbol español. Es de otra
galaxia". Ciertamente. Mágico era de otro
planeta futbolístico. Era único.
Listo y pícaro. Gustaba jugar a
engañar: corría, se paraba y
amagaba; simulaba ir a la derecha cuando
quería ir a la izquierda, y al
revés. En un quiebro rememoraba una
escuela y un estilo que se creían
extinguidos. También tenía el don
de hacer de un balón muerto un gol vivo,
o que un regate suyo se convirtiera en vaselina
para irse a buscar la escuadra contraria a la
que podía esperarla el portero.
Cuando Manuel Irigoyen anunció su
fichaje por el Cádiz, nadie, en aquellos
días, podía sospechar que en este
rincón de la Bahía
dispondríamos del universo de un
futbolista tan elegante como el cisne y tan
díscolo como un cantante de 'rock
duro'.
A Mágico se le perdonó todo (o
casi). En el fondo, el cadismo asumió
tener la gran suerte de que fuera como era. De
haber sido un tipo con la cabeza bien amueblada,
el Milán de Berlusconi se lo
habría llevado pagándole hasta el
más exótico de sus caprichos.
Tenía tantas virtudes que hasta el
mismísimo Maradona, cuando militaba en el
Barça, llegó a decir de él:
"Es el mejor jugador que milita en el
fútbol español. Es de otra
galaxia".